por Germán Carrasco

Supongo que es de buen tono referirse a los clásicos: no aplicarlos ni parafrasearlos, sino simplemente mencionarlos. Eso gusta en algunas partes. Y algunos datos para detectar al escritor, como decir, por ejemplo: “el ingeniero agrónomo que estudió su secundaria en el Verbo Divino y pertenece al Hogar de Cristo y está casado sin separarse y con no sé cuántos hijos acaba de publicar (lo que menos importa) un libro de poesía o una novela en el que se demoró diez años”. Así muestra la prensa a veces a la gente: identifíquenlo, éste es un mochilero, tiene estos implementos de marca Doite, luce así, éste es su pelo, su atuendo. A los demás los pueden detener por sospecha. Lo triste de esta situación es que los detectives nada salvajes que hacen estos retratos hablados son chicos de clase baja generalmente de la Universidad de Chile que le hacen el trabajo y le enseñan la pega a un staff grande de egresados de privadas que no saben dónde están parados. En países pequeños –la provincia siempre es eurocéntrica- y conservadores, eso mata, se menciona en los diarios el conteo de sílabas y la supuesta erudición, que no es otra cosa que soltar mucho nombre propio para que la gilada diga: uh, cuánto sabe este tipo. Pero para darles en el gusto y ya que estamos acá, hablaremos entonces de clásicos. Hablaremos de Julián Sorel.

Se había criado con hijos de latifundistas en Talca y con todas sus costumbres: sabía de leyes, de vinos y hasta de Polo. Era una mezcla entre un provinciano conservador y el chacal de Nahueltoro que le afloraba con el trago. Era moreno y de pelo mota (mala idea); las hijas e hijos del latifundista, rubios. Es un cliché pero era así. Se trataban como hermanos. Llegó la Reforma Agraria. El papá de Danny Q tomó partido por los futres, según me dijo, lo que lo enemistó con los otros amigos cuyo sueño era un Ford Falcon, hablar de minas, de mecánica, jugar fútbol y cuyos padres estaban felices con la CORA (Corporación de Reforma Agraria). Luego estudió Derecho en Santiago, esa etapa fue puro sufrimiento: provinciano, medio facho, con los modales equivocados y lector de literatura clásica. Una vez vi que firmaba sus posesiones -libros, discos- como Julián Sorel, cosa que, debo reconocer, me causó cierta ternura. Más tarde el poeta Chico Figueroa lo vio en los pasillos del campus Oriente: no paraba de leer, desde la mañana hasta que cerraban la biblioteca clásicos grecolatinos, y los libros que parasitan de esa literatura, comentándola. Se detenía sólo para comer un completo con prisa, parecía un animal, me dijo el chico: un sapo, un cerdo, algo así. Cuando lo veían aparecer o hablaban de él, hacían en broma la música de Tiburón. En ajedrez, era capaz de hacer pasar vergüenza y humillar a cualquiera, cosa que le encantaba, y no era de esos huevones que juegan a gritos y pegándole con las piezas al tablero, jugaba en silencio, con una sonrisa agradable. Sólo al final soltaba el veneno: “para no perjudicarte, te voy a poner un 2,9”, cosas así. Alguna vez jugó con Jaime Guzmán, a quien admiraba como profesor y como persona. Pero tenía amigos de ultraizquierda: un chico muy atractivo físicamente que vivía en La Legua y que andaba (mala idea) con unas bellezas de la oligarquía, y también con europeas de ONGs y organizaciones políticas a las que se cogía y les sacaba plata que se la gastaba en otras chicas y otra gente, ropa cara, copete, etc. La dolce vita por un rato. Cuando una vez vinieron unos suecos a supervisar la casa cultural que tenía en la Legua, organizó en cosa de dos horas su casa, con un VHS y un par de películas, su propia biblioteca a la que enumeró con cinta adhesiva y números con plumón y la hizo pasar como la biblioteca comunal, colgó unos posters, les dijo que los vecinos estaban completamente organizados, entre otras truchadas. Se había gastado todo. Ese atractivo galancete un día amaneció espectacularmente ahorcado, pero no por los aparatos de inteligencia de la dictadura, que mataban a cada rato y celebraban con whisky como confesó uno de ellos riéndose en una entrevista, sino porque ya no podía vivir de esa manera. La dictadura era una cosa fea, como Danny Q con copete, y para mal de males Danny era inteligente; su hermano era un empresario de fibra óptica, un ganador en los años noventa forrado en plata, departamentos caros, autos, lo que quizás subrayaba su condición de loser. Una vez Danny me dijo que su padre no era su padre, que lo había violado cuando niño. Me lo contó en las siguientes circunstancias: habíamos ido a un gimnasio rasca a sacarnos el demonio un poco, luego a beber cerveza lentamente y leer cosas, las elegías de Duino o los Cuatro Cuartetos de Eliot, que son la manera en que un ateo puede acercarse y comprender el tema de la fe, en realidad esos textos eran un suplemento espiritual que inconsciente buscábamos en esos tiempos, así de simple (alguna vez con Zurita hablamos de que quizás la poesía no sea sino una sublimación de un sentimiento religioso). Se nos hizo tarde y no teníamos donde ir, de manera que fuimos a la casa de su padre y madre, pensábamos que jugando ajedrez y sorbiendo mezcal íbamos a pasar piola, pero el ajedrez tiene un siseo de rata, de cuchillo sobre el tablero, y salió ese Sr. que era (o no era) su padre reclamando por el ruido. En realidad no estábamos haciendo ningún ruido. Danny Q volcó el cajón de los cubiertos, que cayeron desordenadamente al piso y escogió el cuchillo más grande, como para faenar cerdos, y luego se abalanzó sobre el Sr. ése, que en ese momento daba lo mismo que fuera su padre o no. El viejo se escudaba con una silla y yo trataba de decirle a Danny que se calmara, con cierto tacto, obvio. En una ocasión me amenazó con una botella rota ni me acuerdo por qué. Desde ese momento corté toda relación con él. Cuando viví en Buenos Aires me pasaba algo parecido durante algún tiempo -ya no- yo tenía cierta tendencia a fascinarme con algunos personajes medio arltianos, medio cogoteriles e infames o simplemente malheridos, era como que inconscientemente yo justificaba sus delitos. En una ocasión, un editor amenazó a un cana (paco) argentino, caradura ¿por qué me jorobás, porque soy negro, hijo de puta? y luego lo arrinconó al cana en una galería vacía, en el centro y lo invadió psicológicamente con su cara de brígido, le habló de peronismo, de sociedad, de clases, de hijos, de guerra, de las Malvinas (le mintió que era ex combatiente), lo intimidó completamente al uniformado desprevenido, iba a decir ignoro cómo salió vivo ese editor, más bien, imagino perfectamente la situación, que nos contó (como gracia) en un café. Otro truchete porteño usaba palos blancos chilenos para postular a fondos culturales en Santiago, viajaba sin un peso, y era capaz de cagarse a cualquiera con plata, minas, lo que fuera. Era culto, tenía una esposa e hijos finlandeses, era sumamente agradable en su charla, pero mejor no enredarse ni hacer negocios ahí. Esos chicos lo habían pasado mal en sus vidas, lo que no justifica la cantidad de truchadas que hacen. Entender al villano. A veces hago una lectura maniquea del Mercader de Venecia y tomo partido por Shylock, que es un prestamista que sólo quiere que le devuelvan la plata de su préstamo. Antonio es un pésimo empresario que sólo cuenta con su nombre y su grupete de amigos playboys que no le trabajan un peso a nadie. Es curioso como coincidirían una lectura neoliberal y una marxista de El Mercader de Venecia que presentaran a Shylock como un viejito austero y trabajador (como el empresario Hites, un self made que vivía en la calle Tte Ponce en Conchalí) y a los otros barsas (Antonio, Bassanio, Graciano) como unos irresponsables cocainómanos de esos que se violan minas menores de edad y manejan copeteados. Pensaba con ingenuidad que los maltratados tienen el derecho a la fechoría.

Habíamos compartido conversaciones y libros con Danny Q, a él le gustaba Evelyn Waugh, Paul Theroux y otros autores de los que no me voy a poner a hacer name dropping como esos currutacos que no tienen nada que decir, sino enumerar nombres propios y que encima en términos formales son desafinados y monótonos: “Pound Dixit, a la manera del maese Pound, poemas de Inessa Armand dedicados a blablablá, homenajes al maestro x, etc.”, “hay que volver a la métrica del siglo de oro” y otra sarta de sandeces. Estoy seguro que todos esos güeones envanecidos por la gilada o por sus PH D’s luego de esas tesis pajeras, terminan leyendo comics (oh, el comic, ese gran formato, literatura dibujada, dicen), viendo dibujos animados cínicos de alguna página gringa o simplemente porno. ¿Es posible que un sujeto con un doctorado no cache por ejemplo un verso de Eliot? ¿Qué no comprenda la frase una rosa es una rosa de Gertrude Stein? Es perfectamente posible. ¿Refugiarse en el siglo de oro, en el helenismo, la ciencia ficción del tipo escapista? Todo eso es posible. Danny Q mismo tenía una idea de pureza, de cultura clásica en las venas, eso era lo que lo cagó en términos literarios. Porque en todo lo demás estaba acorralado. Debería haber escrito de fútbol o box o su provincia o su vida. Lo imagino en provincia cuando nene, jugando, respirando aire puro, subiendo cerros.

Hay elementos pop en Teillier (Hollywood, fútbol, boxeo, etc.), en Parra sin duda, y en la poesía mediocre que se escribió en Dictadura (la antología que hizo la Vicaría de la Solidaridad, por ejemplo, que yo reeditaría: me encanta la mala poesía, y esa muestra de la revista Solidaridad, es además efectivamente un documento). Algunos chicos de hoy incorporan elementos pop, algunos con éxito, otros no. Me parece natural, no me parece una operación literaria audaz, ni siquiera una operación: un poema es para compartir, decía Teillier. Yo creo que se viene un revival de Teillier desde el pop y sin gravedad, como la música acústica que escuchan los jóvenes de hoy (sin tampoco el eurocentrismo provinciano de algunos estudiosos, de algunas aseñoradas precoces), luego de que sus pésimos imitadores y reificadores lo dejaran hecho polvo, sin mencionar el hecho de haberlo mostrado –como a la cantante Cecilia- como objeto de risa en documentales desinformados hechos a la rápida. Lo que quiero decir es que eso ocurría y ocurre en Chile, se ponen tiesas y tiesos y graves al escribir con una impostación y altura ridículas, en circunstancias que habrían sido mucho más felices escribiendo sobre lo que realmente les gustaba: Bowie, las fiestas, la amistad (que de eso, algo hubo en algún momento). Pero no, hablaban como Stella Díaz o Armando Uribe –los endiosaban- “toda esa gente que dice las cosas con franqueza”. En general esos viejos eran simples fósiles aristocratizantes y desdentados que intentaban contaminar el mundo con sus últimos miasmas tuberculosos. La poesía son laminitas de álbum, un puzle, un sudoku, así debe leerse a veces, para que circule, y así se la debe abordar, de lo contrario esto carece de todo sentido. ¿No era eso lo que decían los filósofos franceses hace algunas décadas?

Danny Q. Siempre en un lío, siempre en una escena de violencia con alguna sobra de la oligarquía metida en algún entuerto. Para qué dar apellidos, y sobre todo de gente tan poderosa, este país es un dedal, con quién sabe qué cosa dentro. Danny escribía algo, le faltaba emulsión, estuvo emparejado con una hija de una alemana con un comunista (mala idea) que escribía como si viviera en la generación del 27 española. En la casa de esa chica hacíamos unas fiestas que una vez Danny interrumpió rompiendo los juguetes del hijo de la dueña de casa el reverendo maldito. Era católico, había estudiado y sufrido en la Facultad de Derecho de la Chile como tantos pobres cabros que sufren la más brígida de las discriminaciones. Cuando yo lo conocí, andaba con esa novia poeta y un chico que vivía en Colón o Alcántara a quien le decíamos el rucio: pegamos onda. Había llovido y la cordillera estaba con esa blancura y belleza que puede provocar ciertos estados de demencia si uno anda sensible o sin comer durante mucho tiempo. Estudiábamos, claro, pero íbamos a la casa de ella a cumplir todos los clichés del reviente noventero: mucho sexo, copete, reírse de los que escribían poemas malos, pelar a los patoteros de la Jota, leer poemas en voz alta, escuchar jazz, hip hop, wave, bailar, etc. Por ese tiempo anduvo unas semanas Marco Enríquez Ominami en la Facultad de Filosofía de la Chile, vestido de blanco y haciéndose el lindo con las minas, que no le daban bola, le tenían cierto asco y sospecha. Varios venían de grupos que se la habían jugado sin asco en los ochenta, y aunque estaban todos cansados y no creían en absolutamente nada en términos políticos pero tenían ganas de beber y bailar: Moss, Cobain, Tricky y todos esos suicidas larvarios eran los ejemplos. Hoy la gente se cuida el hígado y escucha Belle and Sebastian, Postal Service, God Help the Girl, cosas más tranqui, música acústica que se parece al antiguo canto nuevo en fin: cigarrillos suaves, Bonsái, Gepe y toda esa cultura sobre la que no me pronuncio porque no entiendo ni está diseñada ni escrita ni planteada para mí. Cansados, pero no por eso iban a aceptar lo que venía adjunto a este joven que hacía lo que quería con el cine, con el país, que pasaba su tiempo en el UNIACC y en la televisión decía que estudiaba filosofía en la Chile, en donde se lo veía tarde, mal y nunca con su tío, el profesor de filosofía Eduardo Carrasco, del Quilapayún. Meo, que ganaba plata a raudales con las campañas publicitarias pro concerta, y luego anti concerta, etc. hay que recordar que mucha gente provenía de grupos radicales, que les habían matado amigos cercanos, que se podía ver a cinco alumnos comiendo de un solo plato a veces, que había hambre, locos que trabajaban de garzones y estudiaban en la facu y dormían en el pasto con un reloj de campana para avisarles las clases, y que en una ocasión, Jorge Guzmán presentó una lectura magistral sobre Gonzalo Rojas en donde hubo un silencio y una concentración como pocas veces he visto, y que cuando Gonzalo Rojas leyó el famoso poema a Miguel, el auditorio entero se puso de pie aplaudiéndolo.

Merodeaba como polilla en los noventa otro hijo de exiliado, también otro hijo de un Quilapayún y sobrino de Eduardo Carrasco (y pensar que tienen mi apellido). Venía de Cuba. Confundía un supermercado con el paraíso, estaba alucinado, sobreexcitado con las bondades del neoliberalismo. Le encantaba todo eso, pero no le gustaba un grupo de escritores, cronistas, poetas y amigos que se juntaban en una picada del centro. Les recordaban Cuba, no le gustaba en realidad la literatura ya que no leía, pero pensaba que ahí se podía coger chicas. Y se dedicó sistemáticamente a hacer mierda lo que algunos llaman la generación del noventa –no existe tal cosa-, metió a chicos conservadores duros al baile: defensores de la métrica, guardianes de la forma, católicos ultrones, etc. Disfrazaba sus pensamientos moralizantes de un amor falso por la literatura islámica, cortaba cualquier intento de desarrollo de diálogo, quería codearse con los grupos de asesorías empresariales, con actrices, y consiguió trabajo fácil ya que tener un padre con ciertas trazas de héroe en la izquierda vale más que cualquier curriculum. Y lo logró: dividió a un grupo de gente interesada en la literatura que se juntaba a compartir fotocopias y cerveza, logró meter a una o dos actrices de TV a una fiesta, se ganó (quién no) un fondo con un proyecto trucho para viajar, un chorreo de poemas desde un avión, sin criterio ni sentido alguno. Chorreo y carnaval, nada quirúrgico, nada eficaz. Show.

En Chile existen los años noventa, pero no la generación del noventa. Escriben todos radicalmente distinto, sus influencias y visiones de mundo son distintas, y lo que es más sintomático: casi nadie se habla con nadie. Se pasaron la amistad por el culo. Luego de los excesos y fiestas y conversaciones, todos decidieron eso. Yo no había tenido comunicación con la ex novia de Danny Q desde que estuve en Alemania con ella, esa fue una noche de charla y amistad. Luego, por sanidad mental y diferencias irreconciliables en cuanto a ciertas cuestiones de escritura, decidimos cortar todo tipo de comunicación. Los años noventa fueron un bajón: la conciencia de ser ganador o perdedor, la decepción -y luego la incertidumbre- política, el reviente ciego. Todo eso estaba concentrado en Danny Q. Una vez en la facultad de derecho hizo la fila para confesarse nada menos que con José Miguel Ibáñez Langlois, pero su plan no era confesarse, el muy ingenuo quería mostrarle sus manuscritos al sacerdote y éste, obviamente, le dijo indignado que esa no era la manera, que había hecho la fila equivocada. Danny siempre estuvo en el lugar equivocado y ahora su ex pareja de esos años rompió nuestro pacto de incomunicación para decirme por mail, mientras yo estoy en Buenos Aires, que no se sabe si por suicidio o intoxicación lo encontraron muerto. Menos mal. Un alivio al fin. Terminó la pesadilla. Descansa, loco.