Germán Carrasco

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El gemido de una figura de mármol

por Germán Carrasco

No sorprende en absoluto que coincidan una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección. En arte o literatura, la mezcla arbitraria de cualquier cosa con cualquier otra con la ayudita de algún dispositivo tecnológico es lo menos sorprendente que puede haber, porque es artificial y antojadiza. Sin embargo a veces en la realidad se da la concurrencia de distintos elementos asombrosos que arman una frase, un verso puntual, una toma sorprendente. En una ocasión iba caminando por Buenos Aires y sentí el alarido de un auto que quemó llantas en una frenada larga. Eso, que pudo haber sido una persecución de narcos o una pelea de cualquier índole, tampoco resulta particularmente inusual en nuestras ciudades. Pero que ese sonido de neumáticos en el piso haya coincidido con el momento exacto en que yo giré la cabeza para mirar una cariátide decó en una postura de éxtasis; la estatua pareció dar un alarido orgásmico que coincidió justo con el sonido de la frenada.

Me cuesta transmitir exactamente lo que vi en una fracción de segundos. La cariátide estaba con el cuello hacia atrás y con la boca hacia arriba, en éxtasis, así la habían esculpido. Si esa cariátide hubiese tenido cuerdas vocales habrían sido exactamente esas llantas y esa frenada.

Una amiga fotógrafa me dice que muchas veces no saca la cámara en los momentos de esas escenas, que prefiere simplemente alimentar la mirada como quien alimenta la piel de sol en una especie de fotosíntesis, ese sol que guardamos en la piel para estos inviernos eternos. Es como si se fuera a arruinar la perfección de la escena con cualquier movimiento de registro que hagamos, como si esas imágenes nos hubiesen sido regaladas a nosotros pero no para ser compartidas sino quizás para recordarnos que estamos vivos, para enseñarnos a ver la realidad o simplemente para quedarse en nuestro disco duro como una especie de combustible que opera profunda, inconscientemente. No sé, para creer y sobrevivir.

Quizás también por eso es tan difícil meter una cámara a una pobla y filmar no su miseria sino simplemente sus modos de vida, y quizás por eso también no se puede acariciar el pelaje a un tigre ni se puede acariciar una tela de araña. Es como si las cosas fascinantes nos cobraran el impuesto del silencio y del desapego. El impuesto a la belleza. Contemplar o estar en el estado de cacería perfecto para captar y transmitir esas imágenes con el mismo movimiento y nitidez que éstas tienen es la tentativa de todo creador. Realizar el registro es secundario.

Por eso a veces el simple hecho de enumerar las obstrucciones es el poema mismo, como el maravilloso Poema no escrito de Auden en donde dice: este poema no hablará de esto, no hablará de esto otro, y al final termina el libro y ése es el poema, una especie de prólogo a otro poema que no existe, que queda fuera de cuadro. Sólo las obstrucciones o mandamientos. Además, está el dilema de ser fiel o infiel a ese regalo que nos da la realidad y que es difícil de capturar, y que una vez capturado, nos llena de culpa por no poder transmitirlo en toda su nitidez. La realidad es un filme o un poema, de eso no cabe duda.

Germán Carrasco Germán Carrasco • 16 abril, 2017


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