Publicado por Revista Lecturas el May 5, 2016

“Creo en el acto comunicativo. En la voz baja, que es la única voz posible en las dos instancias más importantes: el amor y el luto.” A mi juicio, esta declaración del autor, realizada en una entrevista para el diario El Mercurio, marca el itinerario de Mantra de remos, su último libro. Éste es la confirmación de un estilo y una poética, que ha rechazado de manera programática la voz alta, “de dueña de todo”, los signos de exclamación, la épica y el hermetismo. Sin embargo, la escritura de Carrasco -esa es una de sus gracias- siempre es esquiva y elude todo tipo de clasificación categórica. Por lo mismo, me limitaré a trazar ciertos indicios de lectura, sus fragmentos, los que en su deriva –espero– permitan vislumbrar alguno de los recovecos de este título.

Mantra de remos también puede ser leído como una novela, cuyas partes –los distintos poemas que lo conforman– delinean la relación entre un padre y un hijo, pero también el vínculo entre un(a) documentalista y un escritor, enfrentados al problema de cómo registrar los vestigios o ruinas de “un territorio de sismos y fascismos”. Esto mismo está imbricado con cómo el hablante se relaciona con la tradición literaria y cultural chilena. “Oye este colegio era antes un cine/ pero está prohibido recordarlo/ so pena de castigos y sanciones.// Este colegio era antes un cine/ y en este territorio tenían sentido/ la ficción la metáfora la imagen.” El colegio, como epicentro de una tradición opresiva, se impone sobre otro espacio, ocultando la vida que tiene lugar fuera de ese régimen. Así, estos elementos, en la escritura de Carrasco, no solo representan una realidad conflictiva, sino que también funcionan como recursos para la elaboración misma del poema.

El tono que adopta el libro exuda una suerte de paz (interior), media zen, su conquista y el goce tranquilo que ello supone: “razón por la cual escribir o filmar/ cualquier ítem de la realidad/ es suficiente:// un picnic en la playa o el río por ejemplo/ madre no tenía bañador, se descalzó,/ animal plácido rodeado de cachorros.”. La voz que escuchamos en estos poemas es la de un sujeto que se ha esforzado en madurar sus sentidos, una suerte de esteta, pero crítico ante la forma en que se organiza una sociedad cínica: “estos niños del MIR de pobla también le pidieron a los de los autos/ que se sumaran a una movilización. Los de los autos y ropa linda/ se sintieron atacados, no habían hablado hasta el momento/ hasta que sus padres eran los fundadores del MIR”. La posición de esta escritura refiere tanto a una conciencia estética como social.

Quizás, lo anterior se deba a que la escritura de Carrasco se mueve, como las cámaras de cine, en dos ejes, uno vertical y otro horizontal. En el vertical podemos situar su conciencia de clase, que se funde y confunde con el resentimiento; pero también está la espiritualidad del trekking y la ética del choro: “Solo en el anonimato de las grandes catedrales/ llenas de oficinistas y secretarias/ moribundos suicidas y deudores/ se puede dar un respiro en este trekking/ y, claro, en las alturas./ Gloria a dios en las alturas.” Por otro lado, en el horizontal, está el cine y sus metáforas, la relación con la amante, la escritura y su pulsión atenta a cada detalle: “La idea es que la toma se prolongue fuera de la sala de cine,/ la idea es quedar en estado de afecto a la realidad/ se trata de una brisa marina”. Pero es en su misteriosa intersección donde podemos escuchar la plenitud del mantra de los remos, el roce entre el amor y el luto.