Germán Carrasco

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Hablar en voz baja de los grandes temas

por Javier García

“Desciendo de gente que miraba al suelo y hablaba sola / pero fui parido al ritmo de rock por padres jóvenes”, escribe Germán Carrasco (1971) en su poema El bastón de fresno es de ceniza. “Mi fobia mide lo que mi cuerpo: 1,83 mts. / según los soldados, que me midieron hace mucho; / si no es por mi estrabismo, me dejan adentro / en el ejército tienen debilidad por la altura”, anota en el texto que ahora es parte de la antología Imagen y semejanza, publicada por el sello Lumen.

El ejemplar reúne la producción poética de dos décadas de Carrasco, seis libros, que van desde La insidia del sol sobre las cosas (1998) pasando por Clavados (2003) hasta Mantra de remos (2016).

Destacado poeta de la generación de los 90, que también integran Leonardo Sanhueza, Andrés Anwandter y Kurt Folch, ha recibido premios como el Sor Juana Inés de la Cruz (2000) y el Pablo Neruda (2005). Ahora forma parte del catálogo Lumen, antecedido por autores como Raúl Zurita, Claudio Bertoni, Enrique Lihn y Neruda.

En casi 300 páginas que abarcan 20 años, Carrasco registra como un cronista el barrio de Independencia, la molestia social postdictadura, las huellas de los inmigrantes en calle Maruri, el lautarista Marco Ariel Antonioletti cuando estudiaba en el Liceo Gabriela Mistral, recorridos por Latinoamérica y el diálogo constante con la tradición de la poesía chilena, en versos que unen soltura, experiencia y oficio.

“Estamos frente a la obra consolidada de un poeta que ha mantenido, más que una voz, un discurso, en el mejor sentido de la palabra”, apuntó el crítico Ernesto Rodríguez Serra.

El poeta toma distancia de los elogios, pide un té, mira a su alrededor cuando ya oscurece en Santiago.

¿La experiencia es fundamental para construir sus poemas?

Yo hablo de mi entorno, de imágenes que he visto, ficcionado y relacionado. Mis poemas tienen, si se quiere, contenido y por tanto son legibles, trato de no tener imposturas, de hablar en voz baja de los grandes temas. La espontaneidad es una palabra mayor, uno intenta prepararse para que se dé eso. Casi nunca he sido programático. Sentarse y decir: voy a escribir sobre esto. Escribir en sencillo puede parecer populista y llenarte de culpa, como un culebrón o una película de infidelidad hecha por publicistas; por otro lado escribir explorando y que nadie entienda nada da la misma culpa. Para evitar esas culpas hay que ser fiel a uno mismo, emocionar sin golpes bajos, seducir.

¿Su obra también es una respuesta a la tradición de la poesía chilena?

Quizás en lugar de hablar de poesía chilena se podría agrupar la poesía por otras filiaciones, en otras familias o galerías. Quizás lo generacional y lo geográfico son categorías insuficientes. Cuando hago algún taller, yo evito pasar poesía chilena: la gente se divide, empieza una especie de hinchadas rivales, patotas. Hay algo que se podría llamar poesía chilena: la grandilocuencia, la violencia de clase por ambos lados, la queja, la idea de mártir, o el chistorete grueso si ves lo negativo; de positivo hay mucho. Creo que es funesto dividirse en sub grupos, algo muy de la izquierda chilena, y precisamente a la hora de los puñetes o el peligro, o cuando se puede golear o noquear.

¿Y qué prefiere entonces?

Me interesa más unificar, los trabajos colectivos, la poesía y su relación con los quehaceres de cada uno y los lugares. Tener ingenieros de terreno, de bototos embarrados, médicos, gente de leyes, de cine, de otros quehaceres y disciplinas es lo mejor que le puede pasar a un taller. Me imagino que hay algo de lo que uno admira en lo que escribe, pero de aquí, de allá y de más allá; no creo en romperla. Uno presenta su álbum de láminas o imágenes con tranquilidad, tratando, creo, de emocionar y hacer pensar.

“En el país de las patotas, / el guacho se muere de hambre”, escribe en un poema de hace 15 años. ¿Cómo interpreta esos versos hoy?

Las interpretaciones van por parte del lector. Piensa ahora en el Sename, en la obsesión del manga japonés con la huerfanía, en Nobody knows, la película de Hirokazu Koreeda, en el padre de la patria, en la gente que no tiene ninguna salida, ninguna manera de ver alguna luz y salir del infierno. Escribí pensando eso en los grupos de poder y cómo se protegen, en el cuoteo. Si no perteneces a ningún grupo, es muy difícil sobrevivir, pero vale la pena aguantar. Los partidos políticos, completamente divorciados de la ciudadanía, las minorías, los políticamente correctos y los incorrectos, la academia, todas las patotas que actúan con pactos sicilianos para disputarse el poder simbólico o real y que hacen difícil mantener la independencia.

Este año el Premio Nacional debería recaer en un poeta… En sus poemas cita a Hernán Miranda, ¿Cree que algún día le den el premio?

Cito a Miranda, a Zurita, a Kim Deal, a medio mundo. Cada poema lo escribimos entre todos… Si le preguntas a la gente que escribe hay un acuerdo en que lo debería recibir Elvira Hernández, Tomás Harris o Carlos Cociña, que no sólo son los mejores escritores, sino también los más generosos. Pero agregaría que el premio no habla nada bien de un país donde sus escritores se mueren en estado de calle, como pasó con Alfonso Alcalde, Rolando Cárdenas, Aristóteles España y muchos otros.

(Publicado en La Tercera)

Germán Carrasco Germán Carrasco • 24 mayo, 2017


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Comments

  1. Paola Astorga 12 junio, 2017 - 10:58 pm Reply

    Hola..si fuera posible hacer mención a los nombres de los padres del poeta, si está casado y con quien ,si tiene hijos y hermanos..es para un trabajo de investigación de mi hija..se los agradecería mucho….saludos

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