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por Roberto Careaga

Poeta ineludible de la generación de los 90, Carrasco llega por partida doble a librerías: la editorial Lumen publica Imagen y semejanza , una antología que recoge lo mejor de 20 años de escritura, y Mantra de remos , un nuevo conjunto de poemas que confirma que la experiencia es la fuente de su poesía.

“Hay que moverse como el caballo en un tablero de ajedrez”, dice de pronto Germán Carrasco (Santiago, 1971). La tarde comienza a caer en la ciudad y él, ante una cerveza, podría estar hablando de una forma de vida: avanzar en diagonal, esquivando las barreras. Pero por más que haya quienes insistan en que Carrasco es tan escurridizo como un boxeador en el ring, él está hablando de su oficio: la poesía. Autor ineludible del grupo de poetas que emergieron en los 90, salió de esos años a contrapelo de sus compañeros: mientras muchos de ellos exploraron el formalismo hispanizante, él sintonizó un ritmo personal e hizo de su escritura una multiplicidad de voces que van y vienen del ruido de la calle a la interpelación espiritual. Y lo que está en medio, claro.

“Lo que importa es el movimiento te digo”, anotó en un poema de Ruda (2010), cuando ya llevaba más de 15 años publicando, ganando premios, traduciendo, viajando, haciéndose un lugar en la poesía chilena. Moviéndose. Aquel verso es una de las tantas ideas que aparecen en Imagen y semejanza , la antología que la próxima semana publica editorial Lumen con una selección de su obra. No es poca cosa: el sello solo ha lanzado antologías de dos poetas locales, ambos pesos pesados: Raúl Zurita y Claudio Bertoni.

Fijada para presentarse el 19 de mayo en la Casa O de Lastarria, con la participación del poeta y librero Sergio Parra -que es quien lo compara con un boxeador- y el diputado Gabriel Boric, Imagen y semejanza recoge una trayectoria de casi 20 años en los que Carrasco ha hecho de la exuberancia y el control el marco de acción para una obra política y confrontacional, pero también amorosa y vitalista. Carrasco es narrativo y cinematográfico, hace una crónica de su época en pequeñas historias y últimamente también se atreve al plano general: “En un territorio sísmico solo es posible/ Escribir con erratas,/ Pintar con pinceles sucios, Filmar agramaticalmente/ Y en formatos antiguos y obsoletos”, escribe en Mantra de remos (Alquimia), el último de los seis libros que recoge la antología y que recién acaba de llegar a librerías.

Mientras la antología restituye el pasado de Carrasco, Mantra de remos es su presente. “Soñamos con la destrucción en el poema y luego nos levantamos a construir”, insiste en el libro, que será presentado este martes, 3 de mayo, a las 19 horas, en la sala Espacio Estravagario, de la Fundación Neruda, por Juan Manuel Silva y Jacinto Bustos. Este nuevo volumen está marcado por los textos que Carrasco escribió para el documental en torno al terremoto del 2010, Tierra en movimiento (2014), de Tiziana Panizza, pero supera lo concretamente telúrico para dar cuenta de un recorrido personal, hecho de amistades, viajes, familia, mujeres, música, escritura, etc. Muchas veces en voz baja, como él dice preferir, pero a veces, inevitablemente en voz alta: “Solo en el anonimato de las grandes catedrales/ llenas de oficinitas y secretarias/ moribundos y deudores/ se puede dar un respiro en este trekking / y, claro, en las alturas./ Gloria a dios en las alturas”.

¿Cómo recuerda los años 90 literariamente hablando? Fue una época donde la poesía o la figura del poeta se fueron decididamente a los márgenes.

Es mi tiempo. Me imagino que la historia nos puso obstrucciones y no nosotros mismos: no ser totalizante, ni ser literal políticamente hablando, no sobreteorizar, etc. La decepción con la democracia fue demasiado grande y los nuevos esquemas educativos privados y burocracias partidistas estatales, por otra parte, dividieron a la gente. El dinero, los puestos, todas esas cosas de las que la poesía debe estar al margen. Entonces, cómo hacer poesía política, cómo escribir en esa circunstancia de triunfalismo yuppie . Por otro lado, yo no me siento cercano a la cosa formal que proponían casi todos por esos años.

Para “Imagen y semejanza” releyó sus libros y eligió poemas, ¿qué sensación le dejó revisar toda tu obra?

Retoqué por pudor unas cosas, y había que elegir, de lo contrario habría quedado una cosa ladrillesca e intimidante. El editor (Vicente Undurraga) jugó un papel clave en eso. Todos leemos editando lo que leemos, seleccionando, marcando páginas. Una segunda lectura es fundamental, cómo lee el otro. Yo escribo poemas donde suceden cosas y para un lector. Las vanguardias eliminaban al lector con la superstición de lo nuevo, eso no me podría interesar menos.

Tras leer la antología es notorio que con el tiempo sus poemas se cargan de vivencias, refieren a personas, a un pasado vivido.

Me parece que hay o debe haber ciertos virtuosismo y buena factura en un primer libro, y luego en las siguientes tentativas el virtuosismo deviene otra cosa, te parece insuficiente, quieres declarar. Diría que es una necesidad esa libertad, ese abandono de la demostración de músculos ya formal o teórica, que no sirve. Hay un sentido de la medida, del otro. Y creo tiene que ver con la consciencia de la muerte. Hay que hacer las cosas a tiempo, las tareas, comunicarse.

¿Un poema escrito hoy, los suyos, pueden obviar la pregunta por el sentido del poema como género?

Qué es el poema, una imagen, la cinematografía, una ciudad. Son cosas que no sabemos bien. Intento una definición. La poesía es otro diccionario, más preciso, razón por la cual es también un campo de batalla: en el poema se juegan usos y definiciones. Por eso es marginada por el filisteísmo, el pensamiento utilitario, las patotas. Pero si la pregunta se refiere a lo metaliterario, a esa cosa ochentera que usufructuaba de la teoría, la poesía del lenguaje, todo eso hoy me aburre soberanamente. Fue una lección aprendida hace mucho, pero yo escribo poemas en donde suceden cosas: poemas de amor, retratos, diarios.

¿La escritura poética es testimonial? Y si lo es, ¿qué hace con la experiencia? ¿La dota de sentido?

Hay experiencia, pero no estamos hablando de confesionalismo o de realismo sucio, no se trata de una traducción a rajatabla de la experiencia. Es intencional. Es ficción. La palabra es demasiado guapa para dejarse utilizar, creo yo.

Viajes, niñez, amor, quiebres, movimientos de todo tipo, incluidos los de la tierra, pero también los que dan forma a la existencia. Es vital “Mantra de remos”, ¿no?

Sí, nuevamente estamos en el terreno de si es experiencia, documental o ficción, de si es constructo o diario. Reducir la poesía a una especie de huella de oruga que deja la experiencia es un poco injusto, pero sí, la experiencia y la visión son fundamentales: los cerros, los cuerpos, las relaciones. Hay cosas y modos de vida, cuerpos, combinaciones de eventos e ítemes de la realidad que no están dichos, que no han sido filmados, que tienen cierta sensualidad, misterio y ambigüedad y que son divertidos: de eso hay que escribir o hablar.

¿Cómo se ha relacionado con la tradición de la poesía chilena? Al inicio de “Mantra de remos” dice: “Leí a los vecinos para salir de la isla”.

Siempre traté de buscar en otros lugares, lo más lejanos posible, a amigos literarios, filiaciones literarias. En la poesía peruana, inglesa, norteamericana, porque obviamente no te puedes quedar acá. La marca de este país debería ser su receptividad, su condición de absorber los saberes y la cultura de los vecinos. Ya debería en Chile haber un poeta de la comunidad peruana y bandas de rock o salsa colombiana. Todos quieren ocupar el sillón de Neruda. El poeta de la patria…

Raúl Zurita, a quien nombra y cita en sus libros, pareciera estar ocupando ese sillón.

Es como el último poeta propiamente tal, de la patria y al único que se lo toleramos. Pasa con Zurita como lo que pasa en la música con Mahler: es el último que hace música, antes de que empiece el dodecafonismo, la serialidad, las armonías raras, lo deforme. Después los sentimientos se esconden, no hay totalidad, no hay representación de mundo. Es el único poeta al que uno le acepta la voz de barítono. Como también, al único que uno le acepta la metaliteratura y cierta charlatanería teórica es a Lihn. Ellos hicieron eso, y bien. Evidentemente hay que hacer otra cosa.

“Territorio de sismos y fascismos”, repite en “Mantra de remos”. ¿Cree que el libro es un comentario social? ¿Un apunte sobre lo que es habitar este país?

Este es un país de barrancos, hay que tener una permanente conciencia de la muerte y de la impermanencia de las cosas, eso debería ser parte de nuestro carácter. En un punto Chile es y debe ser un país de naturaleza femenina y receptiva. Lo es un poco, pero esa debería ser su marca: un país femenino y receptivo, abierto.

En “Mantra de remos” escribe: “poema dado por quién: por dios/ ¿por quién más si no?”. Y hablando me decía que la poesía podía reemplazar a los sacerdotes en sus sermones.

Denise Levertov habla de los poemas dados: esos que salen de un viaje, como que te los dictara alguien, nacen completamente terminados y son los mismos que les gustan a tus amigos. Uno trata de esperar esos poemas, de escribir esos poemas, no hay que tener alma de ejecutante. Tiene que ver con cierta espera, con cierta cacería o más bien con cierto dejarse cazar. En una entrevista, Kim Deal (bajista de Pixies, líder de The Breeders) dice que si escribes canciones es fácil hacerlo, la cosa es componer algo que sientas de verdad y que cada vez que interpretes te emocione. En cuanto a lo segundo, suena iluminista, pero me imagino que hay varios discursos que son reemplazados por el poema, y cuando digo poema digo ficción, ensayo de verdad, la palabra dispuesta de cierta forma. Si en el Congreso se suben el sueldo en el momento más cuestionado de su actuar y si los pastores llevan demasiado tiempo sin manguerear la vereda, si no hay autocrítica por ciertos actos de corrupción evidentes, ¿dónde se podría buscar la palabra, el discurso, el rezo, el delirio, el aliento, la crítica? Yo creo que en el poema. Creo que eso ha sucedido casi siempre, excepto en sociedades muy satisfechas o directamente alienadas, y ni así incluso. Hay gente como Lawrence que tratan de fundar una espiritualidad. ¿Qué es Blake, Rilke, Mistral? Exactamente eso.

¿Qué tipo de creencia es la suya y cómo aparece en la escritura poética?

Creo en el acto comunicativo. En la voz baja, que es la única voz posible en las dos instancias más importantes: el amor y el luto.

Publicado en El mercurio, 30 de abril de 2016