Germán Carrasco

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Lumpen: la elección de los materiales

por Germán Carrasco

Desde que Marx acuñara el concepto de lumpen-proletario, a mediados del siglo XIX, para referirse al grupo humano que quedaba fuera de los procesos de producción del capital, este ha ido evolucionando hasta adquirir características propias que lo distancian de su primera representación. Es así como, producto de la nueva estratificación social provocada por la recesión económica y el quiebre del discurso conservador que fomentara el auge de la clase media, en el siglo XX, el lumpen actual se articula bajo un sentido de pertenencia que no es reivindicativo en cuanto a su conciencia de clase u organización política, pero que incorpora como propias las ideas de progreso económico y social.

Este fenómeno, no privativo de la literatura de interés sociológico, ha encontrado en la poesía chilena actual una textualidad que trasciende el mero documento testimonial del paria y que se instala, sin complejos, ante la representación social disminuida que proponen los discursos de un Estado subsidiario y de los medios de comunicación masivos.

Autores como Jaime Pinos, en “Criminal”; Juan Carreño, en “Compro Fierro” y “Oxicorte”; y César Cabello, en “El país nocturno y enemigo” y “Lumpen”, se apropian de este espacio culturalmente diferenciado para resignificar el conflicto “centro-periferia / local-universal” desde una perspectiva que subvierte el canon de la literatura chilena, tanto desde el punto de vista temático como desde la propia difusión precaria de sus obras en editoriales autogestionadas o independientes. Al igual que la poesía amorosa, en este tema es fácil hacer el ridículo porque se ha tratado anteriormente, a veces en forma programática –desde la crítica cultural académica y su corpus de obras durante los años 80- en la misma época, desde el panfleto literal. Con algunas excepciones (Millán, Miranda, Elvira Hernández, algún otro por ahí), nunca como entonces se produjo poesía tan mediocre.

Hay que dejar algo claro antes de comenzar. Estos autores – Cabello, Carreño, Pinos- escogen intencionalmente estos materiales para montar una operación literaria. Son completamente conscientes de ello, pero no son los protagonistas de esas ficciones ni hay que rastrearlos en los poemas. Por un lado está el error grave del periodismo de caricaturizar y presentar con espectacularidad la marginalidad y la choreza. Y por otro, está el culto a la marginalidad por parte de gente necesitada de héroes y por la academia que los utiliza de lo lindo haciendo miles de estudios y papers jugosamente financiados mientras a los autores no les llega un peso. Escribo esto en momentos en que el poeta David Añiñir -cuya escritura me parece formulaica y desafinada, pero no es el tema- tuvo un accidente trabajando como obrero y está a punto de perder una mano, y en momentos en que el poeta Sergio Muñoz Arriagada está en el hospital, afortunadamente apoyado por sus familia, a pocos días que una poeta talquina, Dora Ampuero, estuviera una semana muerta sin que nadie advirtiera el hecho. Por esos mismos días, ocurrió la peor semana literaria a propósito de unos dichos de Gumucio. No hubo argumentos a favor ni en contra, no se habló de literatura todo fue descalificación pura y dura. El chico se subió al ring esperando un pugilato más interesante me imagino, después de todo, el puntapié inicial es eso: un punto de partida para proponer una discusión, pero nadie argumentó, y quienes lo defendieron apagaron el incendio con bencina. Un amigo de Gumucio dijo que “no cachaba a quienes criticaban a Gumucio” (sic) Y uno de los sujetos que hace un programa de televisión, Alvaro Díaz le posteó lo siguiente al anterior no-cachante: “Es porque pierdes el tiempo leyendo a Henry James, Samuel Beckett y otros calados en vez de arrojarte a los autores jóvenes autoeditados. Vence el miedo” (3 de mayo). Pensé que estaba hablando literalmente y celebré la sensatez del post del Sr. Díaz, dando por hecho que los autores que menciona ya están leídos. Pero no. Estaba ironizando. Luego, ese mismo caballero no encontró mejor idea que burlarse de la provincia “Debo agradecer a la poesía arrabalera curicana la derrota de mi insomnio” (3 de mayo).

Gente, respeten un poco. Uno de los poetas más interesantes que he leído últimamente es precisamente de Curicó, y gay aunque no hace para nada un negocio con su gaytud, se llama Américo Reyes y trabaja plastificando documentos. Se merece respeto. Pegarle a los chicos es fácil y es lo que más se acostumbra en este país de camoteras y pateaduras en el suelo. Una disculpa pública no vendría mal. Conocer las provincias en donde su mismo programa tiene adeptos, en donde hasta probablemente la gente de la que él se burla –como el poeta curicano Reyes- ve con admiración su programa, o niños de pobla, fascinados con el conejo rojo. Es triste. No hay caso, se les sale. Un comentarista de fútbol que, por sus comentarios yo imaginaba defensor del fútbol lárico de termos, frazadas y generosos sánguches de jamón y palta, declaró en un momento lo siguiente a un tal Ajens, un poeta bastante desafinado y chamuyento a decir verdad, pero ese no es el tema, el tema es cómo digan frases como la siguiente “vuelvan a sus estufas a parafina, micros y librerías de saldo” Descontando las librerías de saldo, los otros dos ítemes son compartidos por todos quienes escuchan los comentarios del Sr. Guarello. Es triste, pero es así. No pueden evitarlo, el roteo se les sale –y yo creo que hasta lúcidos- . Y se supone que es gente progresista, porque hay otros casos que no nos sorprenden: “Los flaites ensuciaron la playa sagrada la noche anterior” (Warnken, el Mercurio 18 de Febrero 2016).“Encontrar las figuras rubias, esbeltas y con dockers, esas que dominaban hace una década, era como hallar una aguja en un pajar. La mayoría eran morenos, bajos, algo entrados en carnes, con shorts y camisetas de la U o del Colo-Colo, que salían de los baños con la cabeza mojada para combatir el calor antes de reingresar a sus vehículos, no sin antes dar de beber a la mascota y tirar la basura en depósitos siempre repletos”. Eugeio Tironi, El Mercurio 8 de Marzo de 2016.

No hay que confundir al autor con la obra. Digo esto porque les encanta a los periodistas y a la academia hacer desaparecer al autor y poner poco menos que a un asaltante en su lugar. Y muchas veces los mismos autores caen en esa trampa, cuando los fotógrafos les solicitan fotografías con hoodies y caras de malos. No. Son autores ilustrados y conscientes de su operación, dejemos eso claro. Cabello sabe de literatura clásica, Carreño estudió antropología, todos tienen estudios universitarios, son conscientes de la operación que montan. Pinos dirige una de las casas de la Fundación Neruda. Entonces, que quede claro: más allá de la construcción de personaje en la que a veces pueden caer con preguntas tontas en la prensa o sacándose fotos con cara de brígidos en un juego irónico o construcción de personaje que a mí no me hace gracia, estamos hablando de una operación literaria. No de diarios de vida, esto debe quedar claro. Creen que la elección del tema lumpen es la única posible porque la estupidez formal de la métrica y toda esa zarandaja es una ridiculez que ya tocó fondo, o la lectura –citando al señor de 31 minutos- la lectura de Henry james, Rabelais, Evelyn Waugh, etc ya la hicieron, y la hicieron además en universidades públicas exigentes con profes fregados.

La transgresión cuidadosa de los discursos jurídicos y mediáticos en torno a la figura del “Tila”, en el caso de Pinos; la documentación de la experiencia poblacional traducida en el uso de registros de habla naturales del coa o de la jerga callejera, en la poesía de Carreño; y la deconstrucción consciente que permea a partir de sus propios recursos formales e ideológicos la literatura universal, en el caso de Cabello, configuran una “Estética de bajo fondo” que bien vale la pena analizar. Sobre todo, en este último autor que, desde su primer libro, “Las edades del laberinto”, pasando por “Industrias Chile S.A.” y el citado “País nocturno y enemigo” ha construido un proyecto poético que problematiza los símbolos de la transnacionalidad a partir de lo mapuche y lo fronterizo-periférico.

El cuarto libro de Cabello, “Lumpen”, retoma los tópicos trabajados por el autor, pero incorpora elementos autobiográficos que lo distancian de la imaginación alegórica de sus textos anteriores y que marcan un itinerario en donde la evocación a su lugar de origen, la toponimia de la población Sta. Olga, en Lo Espejo, se ficcionaliza y opera como un espacio de enunciación más situado, para el o los hablantes del libro, según sea el caso.

En el poema que abre el texto, “50 Aniversario de la población Sta. Olga, leemos:

Celebro la sombra de mi infancia en una toma de terrenos,
al grupo de niños con el que jugábamos a explorar
la fábrica abandonada, el hospital inconcluso,
las fronteras de los aeropuertos.

Celebro las horas desérticas,
las hechizas lámparas: velas al interior de tarros de pintura
con las que alumbrábamos la marcha nocturna
de los nuevos pobladores que llegaban por Panamericana
hasta el baldío, todavía sin nombre.

Celebro al homo faber,
a las dirigentas del comité Sta. Olga de Kiev
y al político desconocido que –sin pedir nada a cambio–
convenció al propietario de esos manzanares
para que firmara la expropiación…

…Y aunque a veces me descubro envuelto en el ropaje de tus calles
–veo como extiendes tus manos por encima de mi propia vida–,
celebro el día en que me alejé de ti
y solo regresé para cargar el ataúd
en el funeral de un amigo
o consolarme con las mismas verdades
de “El dios abandona a Antonio”.

Celebro que me dieras un lugar,
una colmada tumba para arrastrar hasta allí mis huesos,
aún fuertes, aún no heridos por el horror
de tener que recobrarte.

Esta referencia a un espacio marginal que se intenta prestigiar con la cita a la Alejandría de Kavafis, en “El dios abandona a Antonio”, es retomada en el último poema del libro, “Población y límite”, a partir de las “señales de ruta” que refuerzan la historiocidad del relato inmanente en el texto y que, a pesar de la precariedad de los sujetos que configuran la experiencia fundacional de la población, es la única pertenencia a la que la voz de los poemas puede filiarse:

Dobla hacia el poniente en Cardenal Caro.
Sigue cinco calles hacia abajo.
Habrá hombres esperándote en los callejones…
…mujeres que transportan ollas con comida
de una vivienda a otra.

Es sábado y el cura de la población vecina
visita nuestras casas.
Propone la construcción de una iglesia
y de una sala de reunión…

Somos treintaicinco familias
venidas de Ninguna Parte.

Cada una tomó sus cosas
y las instaló en tierra.
Abrió puertas ajustando los marcos
a una estatura mediana.

Cavó un pozo para defecar.

Compartió su sangre
y viajó en grupos de doce jornaleros
hasta las primeras obras de carretera.

Cada una entró a la fuerza
y rechazó carpetas con títulos de dominio.
Casó a sus hijas con los muchachos buenos
y escogió un nombre: Pueblo Hundido, Sta. Olga,
Las Ánimas, Villa Tempestad.

Esta filiación, que no tiene nada de utópica y que se presenta como una constante en el libro, se resuelve a lo largo de este mediante la imposibilidad del hablante por establecer una experiencia trascendente, ya sea desde la familia, la condición de clase, el trabajo o la misma poesía:

Esta casa tiene la forma de la noche.
La construyó mi padre sin ser arquitecto.
En ella puso en juego sus horas robadas al trabajo
y la liquidez de un auto que por necesidad
tuvo que venderse.

Esta casa tiene la forma de sus manos,
la estatura media del hombre derrotado bajo la puerta,
por donde solo pasa él y su voz sombría: albañil-cadáver
despedido por una familia numerosa…
(Mano de obra)

No recuerdo haber jugado más que con trenes en la infancia.
Mis sueños y el peso del hierro me devolvían a una edad remota,
donde la combustión de la sangre y del alma
convergían en el camino interminable
de los rieles.

Iba a ser maquinista (o mecánico de aviación),
pero el trabajo y mis anhelos fueron separados por el tiempo,
como en esa lucha de indios contra vaqueros.

Pienso en esto, sentado frente al polígono fabril
donde se construían las locomotoras
y que hoy albergan las bodegas
de un supermercado.

Solitario, como un vagón fantasma
que retorna –sin fuerzas– por la vía.
Furioso, contra ese tren negro –sin luces–
en el que se ha convertido mi existencia.
(Wéstern o la división del trabajo)

Me despido de las carrocerías de autos
abandonadas en los patios de las casas
y talleres mecánicos. Del overol azul
que me dio mi padre junto con un salario
que no alcanzaba a fin de mes.

Y me despido de estos poemas,
a los que nunca le llegaron las refacciones
y debieron ser terminados con repuestos hechizos
o partes viejas de otras escrituras.

Me despido de este país y de sus capataces,
de sus ríos de aceite en los que flotan pertrechos
y carburadores quemados.

Me despido de las baterías de autos que se acumulan
unas sobre otras como reliquias de un tiempo detenido,
incapaces de avanzar por su cuenta
hasta el cementerio de chatarra.

Y me despido de mis objetos, de su muerte limpia
en manos de quien no les ha encontrado un uso mejor,
para que vuelvan a ser saldos o materia de la poesía.

Me despido de lo inservible y de mis recuerdos
al enterrar este motor Volkswagen, modelo ´68.

Y me despido de lo que fui, el hijo de un mecánico
que heredó su oficio a un grupo de iletrados,
a los que nunca pudo contratar
definitivamente.
(Mi padre, de pie, sobre un motor Volkswagen de 2 cilindros)

La pérdida del sentido de comunidad, del orgullo proletario y, probablemente, de la utopía socialista heredada de la ex Unión Soviética, que podría emparentarse con la derrota ideológica de José Ángel Cuevas o con la merma en la batalla cotidiana de Hernán Miranda, toma en Cabello otros derroteros que lo sitúan más en una “poética de los materiales”, a la manera del coreano, padre de la poesía obrera, Mu-San Baek, que en una cuestión meramente reivindicativa. Sin embargo, a pesar de la distancia con sus predecesores chilenos, el hablante de “Lumpen” no desconoce del todo la pertenencia a un lugar y a una tradición, a esta altura nostálgica, como bien muestra la paráfrasis al poema “Despedida”, de Teillier, en “Mi padre, de pie, sobre un motor Wolkswagen de 2 cilindros”.

Es esta dualidad, propia del lumpen, la que le permite a la voz de los poemas trasvestirse en buenos prospectos de “delincuentes” que asumen como suya la gratificación individual, la consecución de bienes materiales y la preeminencia de la propiedad privada por sobre el patrimonio moral del pobre y la comunidad.

Asistimos al comienzo de este cambio, en el siguiente texto:

Primer acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, de ocupación camionero, es propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, que presta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que estos realicen trabajos simples de gasfitería en sus casas.

Segundo acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, ahora desempleado, sigue siendo propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, pero esta ya no la presta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que realicen trabajos simples de gasfitería en sus casas.

Tercer acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, ofrece servicios simples de gasfitería o arrienda la herramienta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que estos realicen reparaciones por su cuenta en sus casas.

¿Cómo se llama la obra?

Y continuamos con la gesta que desplaza la historia y territorialidad poblacional hacia el cuerpo malformado del delincuente, para fijarse en un intento de poética lumpen, en el poema que da título al libro:

Hay algo de sociópata, de enfermo,
un leve retardo atribuido al padre
cuando depositó el semen
en el saco de la hembra.

Hay escalofríos, dientes que caen,
la glorificación de un hombre: cuatro clavos,
dos en las muñecas y uno enterrado en el corazón.

Hay lo inútil, lo innecesario,
porque el desecho también desembarca
en el círculo del poema.

Se regalan ajuares con los que el lactante
enfrentará sus primeros años de vida:
colonias, toallas, pañales, más un frasco de repelente
contra mosquitos y zancudos, porque lo exterior
también recala en la sangre y deforma el poema.

Hay familias que se traspasan, de mano en mano,
un objeto robado; abuelos como estatuas
de los que se espera un consejo o al menos
una palabra de orden.

Hay confusión, paredes perforadas
tras una balacera, por donde se nos permite mirar
el crudo y repentino nacimiento
de un delincuente.
(De cómo nace un delincuente)

No hay obras. No puede hablar.
El mal se le presenta como un bolo de cenizas
atorado en la garganta.

¡Di amor! ¡Compañerismo!
Pero este no aprende y entra en esa estrecha celda
en la que se ha convertido su corazón.

Allí esconderá el hurto de su primer trabajo,
llevará a una colegiala cimarrera a culear con él,
recibirá a amigos y a desconocidos
hasta altas horas de la noche,
porque el límite, en ese espacio de sombras,
no lo da el cansancio ni la luz que se desvanece
sobre los cuerpos reunidos en silencio.

Sin acepciones ni dobles lecturas,
cada uno será el carcelero del otro.

Ya crecidos, con caras de ángeles corruptos,
solucionarán sus diferencias empujándose,
cuesta abajo, por el despeñadero.

Sus tutores advertirán a la policía sobre estos instintos,
los futuros delincuentes sonreirán sin entender.

A pesar del juego, sus diminutas almas
se mantendrán inquebrantables.
(De cómo un delincuente aprende el código del hampa)

Este es el linaje de Juan “el asesino”,
que engendró a Sombra, a Víctima, a Desencanto.
Repartió semilla y bala en Las Ánimas,
Pueblo Hundido y la Sta. Olga.

Aquella es la zona muerta
que no está en los expedientes.

A este lote pertenezco.
Trabajo “al portazo” cuando veo un auto
sin ocupantes. No soy “perkin”, en cana cocino,
no hago aseo. Me enfrento a puñaladas,
en el óvalo, con un sable y una “sacadora”.

Fui parido en medio
de un ajuste de cuentas.

El control de la natalidad
estuvo a cargo de los militares y de sus señoras,
quienes nos obligaron a quedarnos detrás
de la nube del progreso.

Hasta nuestras escuelas
llegaban las ancianas de CEMA Chile,
para con nuestros propios lápices de colores
registrarnos la cabeza, en busca de liendres y piojos
que serían exterminados con un enjuague
de champú Lindano,
regalado por la dictadura de Augusto.

Tendrían que habernos hecho desaparecer a todos
si no querían parásitos merodeando por su país.

No sé en qué momento la población fue intervenida.
Se llenó de “pacos”, cuarteles y “viejas sapas”.
La tierra se subdividió en poblaciones y comunas.

Yo quedé muy lejos aspirando “ñoco” en un eriazo,
entrando a la ciudad por las noches a robar
la exigua recompensa de los seres invisibles
y sin patria.
(Lumpen)

La naturalización del delito y de una moral retorcida, a la manera de Panero, así como de la corrupción del lenguaje producto de la codicia y de la ambición personal que encuentra su referente más clásico en los detalles narrados por Tucídides en “Historia de la guerra del Peloponeso”, sirven a Cabello para acreditar una ideología delictiva que encuentra en el “soliloquio carcelario” su mejor expresión.

Estas voces que asumen su degradada humanidad, desde un calabozo, son también el reflejo de la acumulación de miseria y tormentos que deja la experiencia del mundo moderno, arraigado en el capital. Basta pensar en la cita de Defoe sobre Crusoe, del poema “Reclusión”, para concluir que mientras más acompañado esté el hombre, este más solo se sentirá y le será todavía más difícil encontrar una salida a su condición:

No puedo más que contenerme,
pagar con años mis delitos, hasta salir de aquí
y culearme a la misma negra barriobajera
que conocí en la población.

Hacer amigos, pavonearme con ellos
de una hija bien casada y tres nietos
que vendrán a visitarme.

Mentir, agruparme en una “carreta”
y echar a andar las naves de la conversación.
A veces entrecortada por el grito de los carceleros
que piden silencio al interior de las jaulas.

Naufragar, todos los días, contra el mismo cuerpo
que duerme a tu lado y que, al igual que tú,
apoya su cabeza en el mástil de los soñadores
sin rumbo.

Una gran luna como un remache de acero
oculta los rostros de nosotros, los delincuentes,
en la cárcel de San Miguel.

En una esquina de la celda alguien llora.
Fue violado. No tiene a nadie que lo consuele.
Hasta salir de aquí y ajustar cuentas con el amor
y con sus abusadores.
(Canero viejo)

Mis rodillas se doblan y estoy ante ti dispuesta
a la fellatio, a la adoración. Como un pequeño monte te alzas
por encima del razonamiento, del coito apresurado,
por turnos, en la sala de visitas.

Sin saber de ti, “hiero con puntadas la ropa en tu beneficio”,
arrastro un bolso con víveres y ofertas de supermercado.
Me dejo abusar. Mi amor traspasa el manoseo de la guardia
y sus preguntas obscenas.

Estoy aquí sentada con nuestro hijo al que le falta un brazo,
porque la miseria no es completa si la mutilación
no se hace visible y una piedra cae bañada de sangre.

En la fila de ingreso a la prisión,
hablo de ti a las mujeres de otros reos.
No te conocen, pero todas coincidimos
en que compartimos sus encierros.
(Más fiel que mujer de presidiario)
Cuelgan de sus cinturas un manojo de llaves
como si la libertad fuera un asunto serio.
Le dan importancia a los cerrojos y a las jaulas,
al pichón que nace y nunca abandona el nido.

Se conforman con solo mirar por las rendijas,
unir un pie a una cabeza que pasa y saluda
sin levantar el rostro.

Están del lado de los cerdos y de los capataces,
de los dictadores y de los árbitros de fútbol.
Nunca opinan, pero de noche, antes de dormir,
repasan sus castigos sobre un potro de tortura.

Sus esposas viejas
esperan a que les pongan
una mano encima
como por la tarde hicieron
con el condenado a muerte.

Pero no pasa nada con estos “conchasdesumadre”.
Al igual que buitres de pesadas alas, los carceleros
no conocen la carne fresca.

Están del lado de los cerdos y de los capataces,
de los dictadores y de los árbitros de fútbol.
También, de todos nosotros,
cuando ensayamos esta idea
de reclusión.
(Carceleros)

Al contemplar el escenario vital sobre el que actuamos en este mundo,
me parece que la vida en general no es, aunque lo debería ser,
sino un acto universal de soledad.
Daniel Defoe

¿Dónde están las aladas palabras?
¿El pozo de luz? ¿Aquel recluso muerto en los baños
del que nadie vino a reclamar su cadáver?

Y yo, ¿para qué pregunto?
El horror es el límite y la distancia
frente aquel interno que nos divierte
–en el anochecer de su celda–
con un desodorante tubular
metido en el culo.

Baila para nosotros,
pero come aparte y existe aparte,
sin su nombre: Carlos Sebastián Alfonso,
condenado a 20 años por estupro y violación.

No hay interno que no sea Dédalo,
encarcelado en su laberinto,
que no ensaye un argumento de testimonio falso,
donde él es la única medida que frena
la noche y su avance.

Estoy sentado frente a un espejo
e imito la anciana postura del modelo de Rodin:
¿Dónde están las aladas palabras?
¿El pozo de luz? ¿Mis ahogadas pasiones?
¿Aquel recluso muerto en los baños
del que nadie vino a reclamar su cadáver?
(Reclusión)

Germán Carrasco Germán Carrasco • 12 junio, 2017


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