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por Pedro Gandolfo

La publicación de esta antología -en una prestigiosa editorial- de la poesía de Germán Carrasco (Santiago, 1971) reúne poemas esenciales de La insidia del sol sobre las cosas (1998), Calas (2001), Clavados (2003), Multicancha (2005), Ruda (2010) y de Mantra de remos (2016) y permite observar en su conjunto el despliegue de una obra ya consolidada.

De partida, Carrasco, en un decir en qué no falta el humor, se define como “Chincol”, un “ruiseñor proletario”, situando su obra, políticamente, en un lugar de la sociedad chilena, desde el cual habla y al cual registra. En un lenguaje a la vez llano y con referencias a la tradición literaria, chileno y mestizo (añade modismos populares argentinos y mexicanos), introduce una compleja combinación de elementos y figuras de muy diversa índole, vestigios de esa situación a la vez proletaria y errante.

La poesía de Carrasco deliberadamente huye de una musicalidad eufónica que distraiga la atención del lector hacia “el oficio riguroso del poeta”, a final de cuentas un envanecimiento, apartándose de la construcción de formas reconocibles de la poética clásica o de un lirismo muelle y acunador de los sentidos. Sería errado pensar que por ello se desentiende de la dimensión sonora de su poesía. Carrasco, más bien, plantea la búsqueda de una musicalidad acorde con su definición poético-política, más cercana al rock, al jazz y a la música culta contemporánea que a Mozart o Haydn, por decirlo de algún modo.

Un recurso transversal consiste en establecer una continuidad rítmica y semántica en base a ciertas palabras, versos o estrofas que reaparecen en variaciones seriales en los distintos poemarios: “la insidia del sol”, “calas”, “ruda”, “el clavado”, “azaleas blancas: poemas fallidos que alguien arrugó”; “briznas o filamentos de pasto”; “Somos nubes en pantalones, Juan Comprofierro”; “las letras:/ ninjas que saltan armados en la niebla de la página”, entre otras. El ritmo de Carrasco es un ritmo sincopado, quebrado y “áfono” (“reunir y soldar los trozos/ de la musa despedazada por el tren”) que se centra no sólo en cortes, acentos o sílabas, sino en ciertas imágenes que son punto de partida y centro de su creación poética, imágenes que se deslizan a lo largo de todos los poemarios.

Logra Carrasco mostrar, así, de modo oblicuo, fragmentario y sottovoce, una enorme fragilidad, calidez y ternura respecto del mundo sobre el cual dirige su mirada: el amor y el sexo, la soledad y la muerte, la vida proletaria en blocks, villas y calles de un Santiago poblacional, provinciano y sucio y, ante todo, respecto de su propio poetizar, la manera en que su oficio y su vida se enredan y traman a cada paso.

Carrasco alcanza alta concreción poética a través de imágenes que presiona una y otra vez con una variada dosificación de los hablantes, interrupciones, giros abruptos, logrando alejarse de una subjetividad empalagosa, sin caer tampoco en un impostado “objetivismo”.

Esas imágenes actúan como centro de una secuencia de operaciones estéticas (“la partitura”) en que Carrasco hilvana de modo novedoso una gran riqueza de elementos verbales, visuales y críticos, elementos que recoge con perspicacia de su entorno y reagrupa de acuerdo a su lógica interna. El orden discontinuo que propone proviene también de que una parte importante de su poesía emana de la calle: el poeta -ruiseñor proletario- es un caminante que va posando sus ojos y oídos aquí y allá mientras circula por la ciudad: “Todo es filmable, a veces”.

En “Imagen y semejanza”, de Mantra de remos, el poema que da título a la antología, la imagen nodal es la del poeta y su hijo (la paternidad es un tema que se introduce fuerte en este poemario) que huyen de la mirada de dios. “En la desesperación que hace trabajar a la memoria/ como debería trabajar todos los días/ recuerdo que alguien me dijo alguna vez que Dios/ tiene una mancha de humor vítreo en un ojo/ por eso a veces hay países que no ve/ y en esos países pasan cosas maravillosas./ Podemos entonces huir a esos territorios/ desplazándonos bajo esa mancha/ donde Dios no nos ve”.

El poeta, Abraham, huye de Yavhe, quien ordena sacrificar a su hijo, “rama de aloe turgente/ portadora de preciado bálsamo o panacea”. El poeta y su hijo, en su huida, es también fotógrafo y documentalista, cronista de los lugares abandonados de la mirada de dios, pero, al final, en una sorprendente torsión, es ese dios quien lo ha planificado todo que “lo ha querido como su mejor cronista” o también “como desquiciado coleccionista”, usa sus poemas como “archivos que quería mirar sólo él”, “papeles que sin dar mayor importancia/ quemo en un cenicero celestial”.

El poema, de múltiples resonancias, en una ingeniosa secuencia de variaciones, es un buen ejemplo de la capacidad de Germán Carrasco para elaborar una poesía que deja una huella imborrable, paradójica, tierna y honesta.

Germán Carrasco
Santiago, 1971
Poeta chileno de la llamada generación de los 90. Ha publicado los poemarios Brindis (1994), La insidia del sol sobre las cosas (1998), Calas (2001), Clavados (2003), Multicancha (2005), Ruda (2010) y Mantra de remos (2016). Estudió Humanidades en la Universidad de Chile y fue parte del taller de la Fundación Pablo Neruda de la Universidad de Iowa. Ha obtenido, entre otros, el Premio Pablo Neruda (2005) para poetas menores de 40 años.

Imagen y semejanza
Germán Carrasco
Lumen, 2016,
283 páginas.

Publicado en El Mercurio, 26 de Junio de 2016