Por Sebastián Gómez Matus

La pérdida del ojo, el primer desencuentro con la mentira, la muerte de su padre. La infancia en tres sablazos, sin mistificación. Después, la conciencia de clase, el matrimonio, los hijos, el retiro a una vida menos civil y más natural. Por último, y quizá uno de las cosas más dolorosas que le pueda pasar a alguien, la pérdida de su hija. Es una vida que no hace alarde ni de su sensibilidad ni ductilidad, tanto como para entrar y salir de los hechos, siempre transformado, cada vez más mudo.

Autobiografía y otros textos es un relato escrito en torno a la posibilidad de sujetar una vida desde los hechos, donde el yo no está impugnado y la propuesta es averiguar qué le pasó a ese sujeto con las situaciones que conformaron su vida. A lo largo de las páginas no encontramos un despliegue cronológico de los hechos ni una intención abarcadora de la experiencia, sino más bien una distinción de los episodios que marcaron su vida y que, desde la distancia que permite la escritura, se pueden cotejar, tantear, como quien toma una manzana en un sueño.

De joven, Creeley sabía que quería ser un escritor, pero no tenía idea de lo que eso era. Por supuesto, con los años, entendería que no había una forma específica de serlo. Quizás la frase de Olson, tan citada por el mismo Creeley, pueda ilustrar la manera en que se dio a la poesía: “Hacemos lo que sabemos antes de saber lo que hacemos”. Así, la escritura es tratada como un ejercicio intuitivo, sin programas. De hecho, en un ensayo titulado De adentro hacia afuera, apuntes sobre el estilo autobiográfico, Creeley comienza el ensayo con un poema que dice “Te estoy contando un/ cuento para poder/ pensar en él”. El ejercicio autobiográfico como una vida que se rastrea a sí misma, una vida que va detrás de sí buscándose y colectando ciertas impresiones.

En uno de los pasajes más sutiles del relato, Creeley muestra la polaridad connatural a la vida, una escena del tipo yin-yang donde a sus espaldas una pareja discute y al mismo tiempo, tres metros fuera del lugar de donde se encuentra, hay un espacio vasto, inhumano. Da la sensación de que el mundo se renueva cada vez que mira, de que los acontecimientos, por cotidianos que parezcan, guardan lo sublime. Este es un momento en la vida de Creeley donde toma plena conciencia de que está en un planeta, y que el trajín diario de las emociones tiene como contraparte la inmensidad del cielo y la naturaleza, aunque aclara que “no es una disminución de lo humano lo que quiero expresar sino más bien una escala de su diversa presencia”.

La mayoría conocemos al Creeley poeta, breve y certero, casi mudo, como si para él hubiese sido suficiente quedarse quieto y mirar. Pero a fines de los ochenta, una editorial quiso publicar una colección de autobiografías y le pagaron mil dólares por el trabajo. Para cuando le encargaron este texto, Creeley era un poeta más que respetado y la autobiografía se presentaba como una posibilidad para revisar las cosas “de las que está hecha” la vida.

Al final queda la sensación de que nos entrega un espectro acotado de hechos envueltos en una bruma, su vida, donde el yo sólo está allí para articular una voz, la voz media de la que hablaba Olson. Se trataba de quitarle espacio al yo para poder precisar a una persona. Quizá esa sea le ley interna de una autobiografía: borronear al ego con la escritura y que los hechos muestren la vida de un hombre en un momento determinado. Para decirlo de otro manera, que muestre la vida del hombre, en un par de sablazos.

En el ensayo citado más arriba, Creeley se plantea la posibilidad de que el ejercicio autobiográfico tenga muy poco que ver con la memoria, sobre todo porque la memoria fantasea consigo, donde el reflejo de los recuerdos es siempre otro. En ese sentido, se permite comenzar desde cualquier punto, ir hacia delante como hacia atrás, mezclar niveles, pasar desde la anécdota a una reflexión sobre la poesía, la amistad. En el fondo, “parece que la cuestión no es el pensamiento acerca de la vida de uno, sino más bien el hecho que ninguna situación del “yo” puede contradecir”.

Una cosa que me llamó mucho la atención es que, tratándose de una autobiografía, surge la imaginación comunitaria. Creeley creció como poeta en un entorno fraterno, donde las conversaciones eran el método de aprendizaje en un momento de la poesía donde muchos estaban explorando distintas posibilidades de escritura. Me refiero, por supuesto, a la Black Mountain College y a la Escuela de Nueva York, por nombrar los nichos más ponderados de la época. La mayoría de la poesía del siglo XX de Estados Unidos estuvo anclada en la camaradería y en las ideas compartidas, en el diálogo sin dobleces. Esto no quiere decir que no hubiera un debate crítico, todo lo contrario; de hecho, la multiplicidad de registros que podemos encontrar confirma las distintas posturas en relación a la escritura poética.

El decurso de la poesía estadounidense de la cual viene Creeley es muy claro. Por un lado Williams Carlos Williams, Ezra Pound, Wallace Stevens y Charles Olson, como grandes pilares; por el otro, ese tridente espeluznante que formara Blaser, Duncan y Spicer. Creeley, solitario y hosco, dialogaba sobre todo con ambas partes. Todo esto queda inscrito en su vida, y me parece que también termina por entender que la posibilidad de escribir sobre la vida de uno es un registro comunitario.

En definitiva, Creeley nos presenta su vida como la posibilidad de un mundo. Hacia el final del libro lo dice tal cual: “O creemos en un mundo o no tenemos ninguno”. En el libro no hay sucesos espectaculares ni una idealización de sí mismo. Creeley invita a pensar la vida tal cual es: el dolor de las separaciones con sus mujeres, lo inevitable (y hasta recomendable) de volverse a enamorar, los viajes como un desplazamiento de la lengua a otros territorios, los árboles y su palabra brillando de noche en nuestro interior, levantarse para ir a dejar a los hijos al colegio, etc. Para no extenderme más, quisiera concluir con el siguiente pasaje, que explica mucho mejor lo que he intentado decir: “Puedo observar desde esta ventana la insistente altura del cielo que, durante todo este otoño e invierno pasados, ha sido una compañera durante mi estadía aquí y una información sutil y no agresiva del lugar donde realmente estoy”.

Robert Creeley: Autobiografía y otros textos
Traducción de Germán Carrasco
Ediciones UDP, 2010.
133 páginas.
$12.900

Publicado en Revista Lecturas