Nada más que imágenes en blanco y negro y bien filmadas en un DVD que en manuscrita diga “Una tarde en el Hipódromo”. Nada de dramaturgia ni actores ni puesta en escena sino regalarse las imágenes de una cinematografía sin pretensiones y sin el ritmo neurótico del negocio. Simplemente ir al Hipódromo un día de carreras y hacer un par de apuestas mínimas a algún caballito. Voy con una pareja de amigos. Ella va por primera vez y el nombre de la apuesta “exacta combinada” la hace pensar en una de las pruebas del juego del elástico cuando era niña. “Se llamaba parecida uno de los saltos para las que eran mejores en el juego del elástico” nos cuenta. La imaginé nítida en ese juego cuando niña y recordé también que cuando jugaban eso se tomaban la acera. En una ocasión iba pasando un sujeto de traje y corbata con maletín. Estaba aproximadamente a tres metros del elástico, y en vez de decirles que lo retiraran, les hizo un gesto con la mano estirada para que le acomodaran la altura, tomó impulso, corrió y lo saltó. Parecía una especie de caballo-oficinista llegando a la meta con la corbata al aire. Al igual que mi amiga ante la frase “exacta combinada” debo haber tenido una especie de regresión, porque escuché claramente cuando mencionaron a uno de los carreristas del Hipódromo. Le decían Chirigua, en el barrio Independencia, cuando éramos niños. Tenía un rostro prudente, inteligente, risueño. Por su mirada me doy cuenta que nos reconocemos, veinticinco años después en el Hipódromo, pero no da para saludarse. Está en la cabecera de una mesa rodeado de amigos que comentan una carrera.

En el barrio Independencia y Vivaceta de mi infancia existía la figura de los paseadores de caballos, motivo por el cual uno despertaba a veces las cinco de la mañana en duermevela por ejemplo con los cascos sobre los adoquines de la calle Vivaceta y podía fantasear con un carruaje que venía por uno. Fantasear con la escena del carruaje de Madame Bovary, antecedente de los cinematográficos polvos en el ascensor (amor neoliberal, la verdad es que por lo general coger requiere más tiempo, extensos prólogos y postfacios). U otra imagen romántica de carruajes: el típico sueño subversivo, por ejemplo ¡es la Inquisición! (la pesadilla reemplaza a los mecanismos de seguridad de los milicos o los horrendos inspectores de colegio de esos tiempos) la que viene en ese carruaje para torturarnos, como en una de terror clase B, tipo Warlock o en algún poema del gran Tomás Harris. Varias imágenes se sucedían en la cabeza al sentir las herraduras del azar sobre los adoquines cuando uno estaba en duermevela. En la realidad, a veces se encabritaba un caballo y quedaba la cagada. Partía a toda velocidad por las calles como si estuviera en la pista: un peligro vivo. También vi cómo sacrificaron a alguno, o cómo trataron de revivir a otro que se había encabritado y chocado con un camión: la ternura de todos los choros al darle agua con la mano y limpiarle las heridas. Todavía me encuentro con algún amigo de mi padre o con algún jinete del barrio. Los jinetes son leves. Deben serlo. Hay que serlo.

Dostoievsky sostiene que en el fondo todo jugador lo que busca es perder. No lo creo A veces se puede ganar, y luego hacer recagar la plata en un restaurante, porque es plata que no costó trabajo, sudor, salud, quemada de ojos tratando de entender lo que no sé quién quiso decir. Se gane o pierda sin embargo, la gracia es disfrutar el hipódromo. El ambiente es completamente democrático y uno puede ir con una mujer y nadie la va a mirar exageradamente, cosa que sería imposible en un estadio. Además, en el Hipódromo uno se puede tomar un trago o una cerveza con los policías al lado, alguna gente lleva hasta vasos y botellas o petacas whiskeras, con prudencia, sin que la policía diga nada. También puede llevar binoculares y cámara sin mayor problema.

No hay tanto código, pero la naturalidad -más que la prudencia, diría yo- garantiza comodidad. Creo en general que los hípicos son gente tranquila. Tampoco estoy diciendo que tengan la luminosidad de algunas profesoras de yoga, pero digo que es gente buena, el ambiente es familiar, cálido. No es lo que se cree.

Los Teletrak, por ejemplo, están llenos de bicicletas, que son otro síntoma de calidad humana además de la figura de un caballo mismo, un caballo ortopédico, pienso (en el campo la bici reemplaza muchas veces al caballo). Esas bicicletas son también una señal de amor al espacio abierto, al aire y a la libertad de desplazamiento, aunque también de pobreza, porque esos hombres van a la pega en bici, no son ciclistas recreativos.

Miro alrededor y me doy cuenta que uno de los uniformes democráticos es el jockey de tweed o lanilla. Es transversal, puede ser de cualquier clase social, puede ser criollo o europeo, puede ser de viejos o jóvenes, de giles y de vivos. Yo creo que la gracia es estar al aire libre y ver los caballos correr, abrigado y con una petaquita de whisky por ejemplo. Pero los hípicos recalcitrantes, los apostadores de verdad ven los caballos en pantallas que están bajo las graderías, no ven a los caballos correr al aire libre. Están concentrados: fuman, calculan, apuestan. Nosotros en cambio nos fijamos en los nombres de las yeguas o caballos que son divertidos, chisporroteantes y hasta poéticos. Mi amigo Paulo Escobar nos da todo los tips técnicos para leer la cartola: pesaje, llegadas, contratiempos. Me viene el recuerdo de mi infancia cuando mi familia iba al Derby, en Viña. Pasto. Olor a asado.

Alguna vez fui a Buenos Aires al Hipódromo en San Isidro. Es tan descomunalmente grande que cuando uno llega al recinto, una van lo acerca al lugar de carreras. Y nuevamente: los democráticos jockeys de tweed o lanilla. Alguna vez lo visitamos con un grupo de gente medio arty-farty a la que le daba por ir al boxeo, a la feria boliviana, a algún panorama más interesante que pasearse, como hacen algunos, por Palermo con cara de culo o en Santiago por el barrio Lastarria con una pinta ultra estereotipada, una polera de Madmen sobre esos cuerpos fofos ya desde sus veinticinco años. La gente que fue a San Isidro en esa ocasión eran: una alemana y su novio argentino que era pintor, gente de gráfica, diseñadores, en fin, gente amiga de mi ex mujer argentina. Reparé entonces en el efecto e influencia de las palabras. “Jugar a ganador” por ejemplo, suena como si uno fuera a ganar, pero jugar a ganador no es eso, significa simplemente apostarle a un solo caballo, se puede dar un golpe sólo si el caballo sorprende o sucede algo extraordinario, o recuperar la plata si es que es un favorito, pero de esa manera –jugar a ganador- lo más probable es perder. Lo mejor, y especialmente si uno hace apuestas pequeñas, es hacer otro tipo de combinaciones: quinelas, exactas, exactas combinadas, trifectas (en Buenos Aires tienen otros nombres pero es la misma cosa). Si uno pierde, pierde entre doscientos y mil pesos chilenos, un dólar por apuesta pongámosle, pero si gana puede llevarse bastante plata. Una de las chicas entonces en San Isidro dijo con mucha convicción que ella iba “a jugar a ganador” y mi ex mujer dijo que ella también quería eso. Le sonaba como si fueras a ganar, pero la convencí de que hiciéramos otro tipo de apuestas. Ganamos tres carreras consecutivas y, por superstición, le dije que no le contara a los demás. En la tercera carrera no se pudo aguantar la cara de alegría. Se cree que si cuentas el triunfo o empiezas a dar datos, se va la suerte. Cuando contó que habíamos ganado, empezaron a pedirme datos y ahí dejé efectiva y automáticamente de ganar. Pero lo más interesante y lindo de esto fue cuando le pasé los boletos para que cobrara ella, y me puse a mirarle los ojos cuando recibía billete tras billete con una cara de fascinación impresionante, negando con la cabeza y con los ojos brillantes. En Buenos Aires no hay tantos restaurantes italianos genuinos como se pudiera creer, hay dos, y uno de ellos es Il Broccolino, que está en Retiro. En ese lugar, al que entramos con la columna muy recta, con mi ex mujer sonriente y canchera (te toman el abrigo al llegar y ese tipo de cosas) hicimos lo que había que hacer con ese dinero: hacerlo recagar.