Yo, Tonya es una película que retrata con exactitud los prejuicios de clase. Tonya Harding pertenecía a lo que se denomina violenta y despectivamente “basura blanca”. La mejor. La única patinadora que hace un triple axel (hay, en realidad, una más en la historia del patinaje que también lo logró). Cómo salir de la pobreza, cómo ser alguien. La madre tiránica la convierte en la mejor y de paso convierte la vida de Tonya en una pesadilla, como en muchos casos (Luis Miguel, Michael Jackson). Es la mejor, pero no quieren a la mejor: quieren la imagen de una chica estadounidense de familia bien constituida y sin olor a pobre. Finalmente, luego del escándalo de su guardaespaldas lesionando a una de sus rivales con un bate de béisbol, se retira del patinaje y se transforma nada menos que en una boxeadora profesional con tres victorias y tres derrotas. La película es mucho más ruda que Flashdance, pero se las puede comparar.

Cuando éramos adolescentes, muchos vimos Flashdance con las respectivas pololas, que hacían algún tipo de gimnasia o danza o simplemente elongaban y hacían figuras en donde fuera: la plaza, los patios del colegio, la playa.

A los milicos, que habían puesto a sus esposas de directoras de liceos, les encantaban los cuerpos coordinados, y a veces hacían unas demostraciones de jóvenes de liceo peinados a lo milico saltando cajones y haciendo algunas figuras, todo marcial y cuadrado. Hermoso; sin embargo,muy leniriefensthaliano. Los profesores incentivaban eso con videos de Comăneci, del Instituto Vaganova, cosas así que circulaban en unos vhs gigantes. En muchas casas había cintas y aros de gimnasia en el suelo. Las más taquilleras e inquietas o las que tenían familias de izquierda ilustrada ponían a sus hijas en el instituto de danza Espiral, que funcionaba desde 1985 en la plaza Brasil. Se hablaba de técnica Graham, algunas terminaban en la Universidad de Chile estudiando danza y hoy hacen esmerada pedagogía de barrio. Plaza, patios y, por supuesto, esos espacios de socialización que eran las canchas de patinaje de ese tiempo y cuyo modelo imitado en el resto de Santiago era la cancha de patinaje de Los Cobres de Vitacura, a la que por supuesto yo no iba. Aunque yo era preadolescente y agrandado, iba a la cancha que quedaba en la Juan Antonio Ríos, que era la que me quedaba más cerca, frente al Liceo 80 de niñas.

Las canchas de patinaje, así como las playas o las cascadas de montaña, son sitios en donde hay libertad de mirada. Impunidad de la mirada de todos hacia todos, no importa el sexo. Son lugares democráticos y fascinantes. En esas canchas cuadradas se patinaba, se pololeaba y se hacía vida de adolescente. Vendían helados de máquina, que eran una novedad; era el tiempo de los Burger Inn, anteriores a los actuales McDonald’s, y que eran la modernidad misma mientras la dictadura mataba y desaparecía gente a diario.

Esas canchas de patinaje, que yo adoraba por lo que dije de la impunidad de la mirada y cierto sano exhibicionismo, decayeron. Luego de su auge solo resonaban un par de patines y no la cancha llena de alegría de los momentos en que se inauguró. En su decadencia había algunos que escupían a la distancia tratando de acertar en la boca del dispensador de helados. Esas canchas decayeron rápido y se transformaron en ruinas. Nunca fui a un skate park,pero por lo que he visto y escuchado, son sitios propicios para tránsfugas.

En los filmes de Jem Cohen los materiales ceden por el uso y se muestran como la desolación de la mercancía. Los brillos cromados de la modernidad y todos los paneles y escaleras mecánicas que se supone están hechos para recibir a las familias de una pujante y sonriente clase media son vistos en su decadencia, en su oxidación. Y no en su plenitud, como en la narrativa de algunos narradores de los años noventa. Mientras ellos celebran el paisaje y los productos de esa modernidad, Cohen los muestra en su ruina y su obsolescencia. En la película Chain (2004), por ejemplo, hay una muchacha homeless que vive cerca del mall y duerme, o descansa, más bien, en esos autos de carrera simulados de los juegos electrónicos; esa es su cama. Lo que hoy es moderno mañana ni siquiera será vintage, porque vintage implica antiguo y no viejo, es decir, materiales de cierta nobleza. Lo que hoy es moderno mañana serán ruinas. Son dos visiones opuestas de esos paisajes de la modernidad neoliberal que, sin embargo, como adolescentes, no cuestionábamos mucho.

En una ocasión, unas chicas feministas hicieron una actividad en una de las poblaciones más maltratadas de Santiago, las famosas casas Copeva, hechas por especuladores y delincuentes, en este caso, de la Concertación. Vivían sobre desechos tóxicos; se llovían y, además, las estaban demoliendo con la gente adentro. Fue cerca de las fechas navideñas y las pobladoras habían hecho esfuerzos por comprarles muñecas a sus hijas. Llegaron las activistas y demonizaron a las muñecas. “¿Cómo, es malo acaso?, ¿cómo va a ser malo?, ¿por qué?”, se preguntaban confundidas las pobladoras ante las chicas universitarias (bastante parecidas a una Barbie, por lo demás), que intentaban bajar la línea sobre cómo educar a los niños en un solo día de turismo social progre. No, no se trata de la caricatura de una femineidad, como cierta alcaldesa de derecha salida de la televisión más rasca, pero hay que cachar bien el territorio antes de vociferar cualquier receta iluminista y burguesa. Lo que logran es corretear a la gente y hacerles un flaco favor a las conquistas de género. Demasiades mesíes iluminades dando vueltas. Demasiada bajada de línea para un solo día en una de las poblas más maltratadas de Santiago. Las cosas no se pueden imponer: primero hay que tantear, cachar cómo es la gente.

Última modificación: 25 noviembre, 2021