**Este texto iba a llamarse originalmente “Poeta chileno”, para abordar ese tema. También se iba a llamar “Hip hop”, según mi profesor de hip hop, B.A.R.D.D.O., porque en él se puede declarar y bajar línea. Opté por ser más literal.

Comencé a escribir muy niño cuando mezclaron una clase de Ciencia y una de Castellano. Con una lupa o microscopio había que describir el ala de una mosca. Escribí de mapas, ventanas con gotas de llovizna y usé otra serie de imágenes. El profesor por poco y me manda al siquiátrico, como que se asustó al leer el trabajo y dijo que parecían poemas. Así empezó todo. Uno se involucra, luego quiere salir y ya es tarde, la educación sentimental empieza a utilizar la sílaba para todo, básicamente para explicarse el mundo.

Como parecían poemas, según escuché, me dediqué a buscarles amigos. Y lo hice en el libro que leía mi hermano mayor, un libro gordo, silencioso, sin ilustraciones. Intentaba regalarme libros propios de mi edad que eran una verdadera lata, teniendo él en su biblioteca Las flores del mal; Alcoholes, de Apollinaire; Roque Dalton; Residencia en la tierra, etcétera.

Siempre concebí el poema como una partitura mental silenciosa. Siempre consideré que la lectura del poema, aunque hecha por su propio autor, es una especie de traición o, al menos, una entre mil maneras de leer, siendo la más precisa leer mentalmente. Nos llevaron al teatro un par de veces y me daba miedo la voz de la gente hablando tan fuerte y con su presencia tan cercana.

Escribo poemas de amor y las imágenes más formales, elegantes y liberadoras de las que soy capaz. Soy formalista y cuido el poema, su intimidad. Pero cuidarlo a veces es descuidarlo, ese oxímoron o koan lo explica mejor.

Nuestros amigos de música lo practican mejor, ni siquiera lo explican mejor; el libro de Adorno, Notas sobre música, no es algo fácil. Nos damos cuenta cuando creemos comprenderlo y luego hay que resumir y explicar. Los músicos no necesitan hacerlo pero nadie hoy en día propondría una obra tonal o armónica. Sería ridículo. En cambio, los poetas hacen como si nada hubiese ocurrido: hambre, guerras, pandemia, revueltas. Y algunos de ellos siguen escribiendo de manera tonal como si nada. Y esto llega a niveles sorprendentes. En plena revuelta de octubre, un poeta escribió en la revista Santiago que no había que subrayar los libros. Esa era su preocupación mientras la revuelta convertía a Santiago en un enorme libro subrayado, rayado, todo lo reprimido y censurado estaba siendo puesto de una vez en las páginas de la ciudad. Había grafitis que directamente decían “Fabiola Hernández, te amo”.

Descuidar para cuidar. O cuidar meticulosamente para que parezca descuidado o natural. O afinar la letra hasta quedar en trance —el mismo que da cualquier trabajo, de copero por ejemplo, o cualquier trabajo, implique o no motricidad fina— y entonces, cuando se ha logrado la mejor grafía, garabatear un par de palabras en una libreta: los delgados gladiadores que caen sobre el octágono de la página a su combate.

Es un milagro cuando nace natural, de un viaje, ocurre a veces. El arte no premeditado de Shelley, el poema dado de Levertov. Trabajo con el silencio, el susurro, el retrato, intento ser lo más exquisito que puedo, pero siempre me interesa con la fisura, las imperfecciones y marcas de guerra que hacen que una persona sea mucho más sexy o interesante de lo que sería sin esas erratas, sin esos pies de montaña que caminaron kilómetros y kilómetros durante días, sin esa quemadura diagonal en el labio: el retrato de esa pequeña cicatriz íntima. Lo menor. Las relaciones íntimas entre las cosas y las personas.

Hay por otra parte, temas que solo se dejan tratar con materiales innobles. Desde hace demasiado tiempo se trabaja con materiales devaluados, pero esto aún llama la atención en la recta provincia. O con la atonalidad, nadie siquiera se plantea —excepto en contextos muy retrógrados como las semanas musicales de Frutillar— tocar algo tonal. Nadie. A no ser que se quiera revisitar algo y leerlo desde el presente, como cuando los amigos se juntan a leer a los románticos ingleses o a Rilke o a Yeats o a leer todo la obra de Dylan Thomas de un tirón, o un poema largo de un solo tirón haciendo notas, acompañados de unos buenos six de pils o lager.

Cuando a mí y otros nos empezaron a publicar había más o menos el siguiente panorama: en términos políticos, algo de fe muy ingenua en una Concertación que decidió administrar el modelo de Pinochet. Volvían a Chile unos hijos de exiliados muy hiperventilados que se tomaban todo lo que les pusieran enfrente. Les financiaban todo: aviones o helicópteros para sus performances, documentales, bandas de funk y hasta postulaciones a la Presidencia de la República. Todo eso hasta que se mandaban una cagada gigante relacionada con drogas, corrupción o abuso de poder en los medios y la gente les daba la definitiva patada en el culo. Pero algunos seguían insistiendo. Hasta que algún abogado decente les cortaba la fiesta. Uno de ellos, proveniente de Cuba —y que se volvía literalmente loco al entrar a un supermercado—, se dedicó a destruir lo que alguna gente conoce como “generación de los años noventa”, que en realidad no existía, era un grupo de gente con algunos intereses en común, no amigos (como quedó clarísimo más tarde), pero un grupo de gente que en algún momento creyó en la literatura, en modificarla, en proponer otras formas. Hasta que aparecieron los puestos de trabajo y los primeros cheques en donde algunos hoy en día hacen clases. La selección la realizó Rodrigo Rojas y eso terminó por darle el tiro de gracia a ese grupo de chicas y chicos que, en general, habían salido del taller de la Fundación Neruda y que, con cierto elenco estable, rotaban en las picadas de Morandé con Catedral. El Nuevo Congreso, El Lagar de Sancho Panza, El Inés de Suárez. Luego se empiezan a desplazar hacia la parte oriente de la ciudad e incluyen a gente muy conservadora o muy hueca y ahí varios dejamos de ir.

Unos años antes, los libros de Castellano de nuestros hermanos mayores venían con extensas antologías de poesía, que fueron mis primeras lecturas cuando niño. Extensas, me refiero a libros que se parecían a las antiguas guías telefónicas o Páginas Amarillas. Por otro lado, la Vicaría de la Solidaridad de los sacerdotes publicaba una revista abiertamente valiente contra la dictadura. Pese a la historia que les conocimos después a los curas, se la jugaban, y se hizo en esa revista un dosier por capítulos de poesía chilena en donde venía más paja que grano: se escribían entonces unas especies de epigramas o poemas breves de muy mala calidad; también había una sacralización de la figura del poeta, hábito muy común que vuelve lamentablemente en Chile como un elástico cada tanto, lo que en el fondo deja claro que nunca se comprendió o aplicó bien la lección de Parra, o sea, no se lo entendió. Aplicarlo no significa copiar o ni siquiera suscribir sus procedimientos sino eliminar la inútil y dañina figura del poeta cubierto por un halo de glamour, afectaciones e imposturas. Algo similar a la dañina figura de la estrella de rock (a la que Jorge González se oponía tenazmente al principio de su carrera —ni siquiera fumaba—, pero luego el ambiente lo lleva al lugar que él mismo criticaba y que lamentablemente casi termina con la vida de una figura clave en la contracultura chilena. “Amiga mía” debe ser uno de los mejores poemas de amor escritos en Chile, junto a las Variaciones de Alfonso Alcalde, los de Neruda, Rojas o “Los sonetos de la muerte” de Mistral; estos últimos, con un fuerte sabor gótico, muy oscuro).

En el tiempo de los milicos, la mayoría pensaba que una figura decadente y victimizada era lo que caracterizaba a un poeta o a un performer, las supuestas performances eran adoloridas y lejanas, desconectadas del día a día. No eran el “Fabiola Hernández, te amo” de la revuelta dibujado junto a una heroína de animé. La figura decadente, victimizada y sacrificial a la que hacían beber o dar entrevistas con copete y bailar flamenco en las mesas. Y eso hicieron con las figuras de Teillier, Stella Díaz y alguno que otro esquizofrénico o alguna sobra de clase alta en decadencia que insistían e insisten en inflar con bombín de bicicleta. Cualquier persona con adicciones o la salud mental gravemente perturbada era considerada santífica, pero eran considerados santos en tanto “personajes” y no por sus obras, que apenas se leían y se leen. “No leer”, como dice el Zambrete. Lo que hay que hacer con una persona con problemas siquiátricos o de adicciones graves es llevarla al médico o darle una sopa calentita, no más copete. Por supuesto que había excepciones. Parte de la obra de Hernán Miranda, Gonzalo Millán, Eugenia Brito, Elvira Hernández, Zurita. Puedo olvidar a algunos, uno siempre olvida gente. Es bueno olvidar a veces, me enseñó una cineasta preparándome para el final de la película. La imposición desde los medios y la construcción de arriba hacia abajo de la cultura en Chile hace que siempre falten piezas claves.

Para evitar la pomposa palabra “metaliteratura”, estaban en boga entonces algunos recursos con los que jugaba Lihn: el autosarcasmo y el boicot a su propia poesía. Lo de Lihn era humor, puesta en escena de la charlatanería, en general operaciones donde el lenguaje era protagónico. Eran tiempos oscuros, pero hablar y hacer negocio con eso ya ha periclitado, está bueno de eso ya.

Había en Lihn —y hay en cualquier poeta— varios hablantes en un hablante. Otro yo del autor tomándole el pelo al autor. De ahí el uso en la poesía de Lihn de tanta oración entre guiones y de tantas subordinadas. Son la intromisión de otro sujeto en el poema, un sujeto siniestro y filisteo que se ríe en mala del poema, con humor negro. Nos pincha el globo. Nos saca de un paraguazo esa mirada ingenua y brillante de engrupidos, nos mata ese entusiasmo de estudiante de primero de Literatura que descubre a Juan Luis Martínez —sin haber leído a Khlebnikov— o algo teórico y andan con una fascinación de nube. Ese sobrevalorado ladrillo que es La nueva novela tiene un antídoto para poder leerlo con cierta distancia y lucidez. La lectura de Velimir Khlebnikov, quien crea un drama escrito en lenguaje de pájaros. También ahí están los antecedentes entre poesía, ciencia, matemáticas, y por supuesto la pregunta por el lenguaje, todo esto en el contexto y al servicio de la revolución bolchevique. Esto último es importante porque todo lo que se hizo en términos performáticos en los años noventa por Anwandter, Cussen, era completamente despolitizado. Leer a Khlebnikov era una buena manera de ampliar y comprender mejor algunas cosas y evitar lo que el Chico Figueroa llamaba güeonera de novato, warnkenismo, etcétera . Por supuesto, se trataba de jóvenes que no habían trabajado en toda su vida y dudo que hayan hecho su propia cama alguna vez en su vida. Esto siempre ha estado lleno de locos y esquizofrénicos, y algunos de ellos deambulan por ahí, se sacan fotos con quienes escriben, son los fans, los que consideran la poesía como una entidad fija y entronizada y al poeta un ente sagrado. Dónde viven, quién los financia, cómo se ganan el pan, todas esas son interrogantes que siempre me formulo. De los locos hay que mantenerse alejado, la locura es contagiosa y está llena de maldad, de delirios de grandeza, de una rotunda falta de sabiduría. Pero hay también vivarachos, perkins del poder, cortesanos que suelen ponerse al lado de la caja o al lado de los lugares en donde se toman ciertas decisiones, las academias, quienes deciden dineros y medallas.

Lihn es un desarrollo de Parra, no un esqueje.

La poética de Parra, al igual que Gonzalo Millán, puede entenderse básicamente como ejercicios de traducción de cosas en inglés.

Y en ese sentido son poesía menor, en el mejor sentido de la palabra.

Y la poesía menor que es pariente cercana de la voz baja es lo que se requiere en tiempos en que se necesita unificar fuerzas y eliminar figuras autoritarias.

Todo el programa de Parra se puede encontrar casi íntegro en la “Advertencia” a las Baladas líricas de Wordsworth: no evocar o tratar de sonar como los grandes: Homero, Dante, Virgilio; bajar al habla campesina, descontaminada de cultura: eliminar los lesivos recursos literarios, la pompa, el escapismo histórico, no refugiarse por escapismo en otras sincronías, no dárselas de Lope o Garcilaso, que queda poco genuino, pero además es extremadamente ridículo. Si estuviera Lope vivo agarraría a patadas a nuestros soneteros.

Es muy curioso que Leónidas Lamborghini, una fuerte influencia en los años noventa de Argentina, trabaje con los mismos recursos de Parra y dedique el libro Comedieta a Homero ¡pero a Homero Simpson! Un evidente güeveo. Es curioso que trabajando Lamborghini y Parra con similares recursos, al argentino no se le entienda de inmediato y haya que leer y preguntar sobre historia argentina, peronismo, etcétera. Y a Parra, quizás como somos un país pequeño, sí se le entienda de inmediato. Quizás como país pequeño estamos condenados a hacernos entender. Y quizás otro de los rasgos que debería caracterizarnos y que quizás hasta cierto punto lo hace es que la grandeza (el editor de una revista, A.M., usa la palabra “grandeza” sin humor) de estas lejanías y senderos, esta cornisa del mundo, sea precisamente su condición receptiva. Nuestros padres y abuelos escuchaban tangos argentinos, valses peruanos, corridos mexicanos, cumbias colombianas. Las figuras siempre fueron extranjeras. Sin Perlongher no hay Lemebel, que es su mejor traducción: lo lleva a la prosa y lo aterriza en el barro de la exclusión local chilena no visitada antes por ningún escritor.

Creo que hay algo muy positivo en el espíritu receptivo de estas andadurías transcordilleranas, una especie de potencial. Siempre hemos leído y escuchado a los vecinos, siempre la bienvenida, siempre el intento de adaptación que transforma. Siempre y siempre lo femenino.

La única salida para un escritor joven es leer literatura proveniente del exterior de la recta provincia. La concepción de la escritura está muy cercana a la redacción, a las carpetas que nos hacían elaborar en el colegio con recortes y dibujitos, cero análisis. Hoy se llaman podcast o son revistas de couché para justificar la actividad cultural de alguna universidad privada.

La derecha literaria es una constante que nunca va a dejar de operar en nuestro país. Es triste ver cómo, cuando estamos en camino a noquear a las élites, una editorial independiente que se supone progresista edite a esas mismas élites. Contra eso no se puede. Todos se los bajan con el poder de verdad, los que deciden de verdad.

Esa curiosa concepción del poeta como ente especial, el apego a la métrica, a un seudoculteranismo, la palabra dictadurizada e inmensista son rasgos muy reacios a desaparecer. Pero a la poesía le es dado romper prejuicios, subvertir reputaciones, eliminar supersticiones en cuanto a la palabra, oponerse tenazmente a todo prejuicio.

Imagino a Lope —canchero y machoalfista como era— echando a patadas a todos los currutacos que se creen Lope, que hacen gárgaras con el sonetismo y la mala cacha de la espada. O a Borges cuando en su conferencia sobre la poesía señala que el hecho poético nada tiene que ver con libros y tratados. En esa conferencia cita tres magníficas plegarias fenicias, todas relativas al acto de remar.

Parra está especialmente en el prólogo a las Baladas líricas, la literatura inglesa mezclada con el wit campesino.

Su operación es de traducción, básicamente. Por eso es literatura menor.

Pero también —y este es el lado político con el que nadie le supo hacer una buena pregunta— es que Parra resume esa tomada de pelo verbal con la que se defiende el peón o campesino de decenas de años de explotación y humillación.

Parra era listo y sabía que necesitaba una marca para su poesía. Marketing. No lo juzgamos; si el producto es bueno, hay que darlo a conocer nomás. Bautizó su poesía, que era buena, la vendió y fue un éxito. Latinos, griegos, yanquis sobre todo ya habían hecho antes lo mismo: lo oral, lo directo, la imprecación con humor.

No hay parrianos luego de Parra —como se suele decir— sino una escritura consciente de la importante corrida de cerco que él hizo. Ignorar esa puerta que abrió a patadas sería no entender el negocio. Lihn y Elvira Hernández, por ejemplo, escriben sin ignorar esa corrida de cerco. Lihn y Elvira Hernández son los que toman el testimonio de Parra (el testimonio es un bastón que se utiliza en las maratones).

Lo demás es no entender a Parra como un poeta culto con intertextualidad en otras tradiciones y aferrarse a la superficie de su obra, la parte humorística, que funcionaba en peñas y lugares sombríos durante los tiempos aquellos. Esa parte humorística solo tiene sentido si es la tomada de pelo del campesino explotado decenas de años por el latifundio. O el poema del profesor, que hasta alucina de tanto trabajo y tiza en los ojos.

Estaba entonces Lihn y por otra parte algunos ecos de la poesía del lenguaje estadounidense o sus precursores, que asumían la no inocencia del acto de escribir y que desarrollaban complejos constructos verbales en donde el lenguaje era el protagonista y el interrogado.

Todo eso, tan viejo como las montañas y el hilo negro, creo que influyó en alguna gente de mi edad, pero lo más importante era que había algo de culpa, o quizás vergüenza, y una decisión ética. La pregunta era ¿con qué pinceles vas a pintar?

A veces, pintor de santos de alcoba, ensucias los pinceles o usas materiales residuales para tratar temas delicados, porque es la única manera de abordarlos sin hacer el ridículo.

Pero el país es de derecha —decir “conservador” es casi un cumplido—, simplemente de derecha, juniors que se creen ejecutivos, un país de ingenieros comerciales, de redactores publicitarios. Y no cree en la capacidad de transformación de la literatura.

La sonetitis que contagió a todo el mundo en los años noventa fue más lejos aún y el interés de algunos es por el griego y el latín. Mientras, otros intentamos hacernos la pregunta ética por los materiales del poema, por ensuciar los pinceles, por filmar con superocho o formatos obsoletos, por intentar mantener viva la palabra (que si no es genuina siempre, va atrasada con respecto a la realidad). Y por cuestionar el bel canto que, en el fondo, es la celebración de uno de los neoliberalismos más caníbales que conoce el mundo.

Desde la revuelta se muere la ilusión óptica del neoliberalismo, eso es evidente, pero la respuesta reaccionaria es un elástico que siempre vuelve, siempre ha sido así. Algunas claves en el colegio: enseñar, por ejemplo, simplemente qué es la “capacidad negativa” para los románticos y un par de fichas más y nos ahorraríamos toneladas de cabezas duras y cerradas. De hecho, les chiques de ahora no son así y tienen una elasticidad mental y una capacidad que ha sido la mayor y única performance desde hace décadas: la revuelta de octubre. La gran escurrida, la gran pegada de cachada, la muerte de la ilusión óptica que vendieron los medios financiados por las grandes empresas.

En mi época, algunos críticos de brocha gorda sin sentido de la intencionalidad y de la operación hablaban de marginalidades ante absolutamente cualquier cosa. Perdidos como siempre, no entendiendo nada. Buscando síntomas sin leer la obra. Una vez, tiempo después, el poeta Juan Carreño, que propone una poesía agresivamente alegre y carnavalesca, me dijo que según una tesis que se hizo sobre él, la conclusión a la que había llegado la académica era que escribía ¡porque pasaba hambre! Esa era la tesis. Por lo menos nos cagamos de la risa, qué más se puede hacer.

Mistral piensa que la palabra no es digna del oído de Dios y por eso es pedregosa, atascada. Siempre la he comparado con el piano de Monk, entrecortado; Lihn cree que la palabra no puede asir la realidad y realiza una operación similar a Mistral. Ambos anulan la fluidez y proponen el atasco y lo entrecortado. Pompier, un alter ego de Lihn, tiene un loro —símbolo de la charlatanería— en el hombro o el fantasma de un juglar malintencionado que interrumpe y boicotea lo que escribe el poeta. Es ese “sale p’allá, quién te crees que eres”, ese típico “saaaah” que interrumpe el poema lírico de las almas puras, especiales y elegidas adoradoras de los clásicos y del Siglo de la Gran Callampa de Oro. La interrupción.

Nada nuevo, comprenderán, pero eso había cuando yo empecé a publicar mis cosas.

Yo he vivido en casi todas las comunas de Santiago, pero casi siempre en un barrio céntrico y, por algún motivo, a pesar de todos los lugares importantes —los cementerios y hospitales, la vida y la muerte, el Instituto Médico Legal, el siquiátrico, el Hipódromo Chile y el estadio Santa Laura, el azar, la muerte, el juego, el atleta y las bellísimas casas Kulczewski a las que siempre les encontré algo paranoico y maravilloso, como de refugio, dignas de las Alicias de Carroll—.

El barrio fue construido en los años treinta del siglo pasado, mediante el Decreto Exento nº 285, de 1996. En la calle Maruri vivió Neruda cuando llegó por primera vez a Santiago, a pasos del lugar donde viví casi toda mi vida yo. Se trataba de un Neruda flaco que estudiaba Francés en el Peda. En este barrio se escribió el Crepusculario. Sería largo enumerar la historia y personajes históricos, pero desde el Neruda de Crepusculario este barrio no aparecía en el mapa. Y luego me entero, tras escribir La insidia del sol sobre las cosas (1998) del concepto de “poesía situada” de Enrique Lihn. Podría hacer una lista de gente que vivió en este sector: Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Bruno Vidal, José Leandro Urbina, Cynthia Rimsky y un larguísimo etcétera. El barrio Los Castaños tiene una arquitectura Kulczewski que nunca dejo de mirar, que debió ser conservada, que debió ser siempre pintada con colores grises, esmeraldosos, aunque hoy las pinten con colores vivos e inadecuados.

Luego leí con atención el Fervor del argentino con otros ojos. Los barrios habían desaparecido de la literatura y se hablaba en la narrativa de los años noventa solo de un sector de la ciudad: el sector nuevo, construido en dictadura. Lo aspiracional campeaba, la academia no sabía de matices y más perdidos que el teniente Bello hablaban de marginalidades. Algo que siempre me ha parecido grave es que la mayoría de los escritores y poetas no conocen su ciudad. Hoy aparecen algunas narradoras que sí conocen la ciudad u otros rincones del país.

Entonces, para la academia todo era marginalidad, así como hoy todo es mapuche o LGTBQ. Sin que la academia conozca ni de cerca la dura y violenta realidad que padecen estos grupos, por ejemplo.

Jamás me autopubliqué y me parece que no hay que hacerlo, creo que la poesía es un ejercicio de exploración y eso es lo que importa; cuando uno cree tener algo maduro, enviarlo por ahí puede ser útil.

El premio de un concurso es revisar el libro las dos semanas anteriores, cuando uno realmente se transforma en otro para leer lo propio. Ese es el premio. Leerse como otro. Ser otro. Lo que más les cuesta a quienes comienzan a escribir es ponerse en el lugar de otro. Y de eso se trata la poesía. De transformación. Nada más lejano a la autoficción.

Algunos sostenían que había/habitan varios hablantes en un hablante. Los sicoanalistas saben de estas cosas. Uno no es lo que cree ser, hay varias voces en un yo. Cuando en esos tiempos se reflexionaba sobre el lenguaje —en toda América, por lo demás—, se trataba de una decisión ética. Por eso Martín Gambarotta (Buenos Aires, 1968) escribe adoptando la alucinación y el pasmo ante el delirio menemista, habla con la brusquedad del alucinado por un capitalismo excesivo y obsceno, pero observa todo ese espectáculo con mirada de niño, de yonqui, de poeta: todo es raro, todo es maravilloso. Y en el capitalismo degenerado lo es más aun. En un poema se sube a la micro y no sabe si sentarse en el lado de los obreros o en el lado de los estudiantes con libros. Culposo, neurótico. Siempre pensé que en los que tenían aproximadamente mi edad había una especie de vergüenza, a muchos les cuesta decir que escriben poesía. También había una decisión ética en escribir con materiales residuales.

Por eso Cecilia Pavón, Cucurto y en general mucha poesía argentina de los años noventa y posteriores optan por el pop, la cumbia o la cultura más desprestigiada, más extrema y trash. En algunos argentinos se puede malentender la operación. O entenderla literalmente. Muchos de ellos eran académicos o, no qué feo, mucho mejor dicho: gente con muchas lecturas y estaban conscientes de lo que hacían. A algunos —los del Siglo de la Megacallampa de Oro, los puristas, los amantes de lo clásico y toda esa cosa entre ingenua, tilinga y ridícula— les choqueaba y no comprendían.

Por eso también se opta por hebras y aspectos de la realidad —Anwandter, Gustavo Barrera— y se abandona la pretensión totalizante, eso queda claro, por ejemplo, en el poema Nu)n(ca del mexicano Luigi Amara, que no abandona una imagen en todo un libro, no mueve la cámara de la nuca de una mujer, de una mujer de espaldas. Un solo aspecto, un solo ángulo que su libro jamás abandona. Nada de totalidades ni megaobras. Detenerse. Encontrar la medida. No expandirse ni atropellar conquistando territorios.

Podría más o menos señalar que, en general, por una especie de pudor o vergüenza o culpa escritural, casi todo lo escrito en mi época es aspectual, no totalizante. Había casi un acuerdo tácito en rechazar lo totalizante y el inmensismo.

Esas eran las formas, más o menos: 1) la estrategia de lo trash en el caso argentino y 2) el aspecto en vez de la totalidad.

Eso intentábamos hacer algunos en tiempos en donde en Chile algunos despistados hablaban del Siglo de Oro (¿me estái…?) mientras llegaba a su plena madurez el proyecto económico propuesto por la dictadura y perfeccionado por la Concertación. O se hacían cosas performáticas de índole espectacular, pero completamente despolitizadas (Anwandter y otra sarta de pendejos y no tan pendejos que hacían cosas sencillamente para la risa). La aparición de Hahn hizo retroceder la literatura chilena de un plumazo a oscuridades de cepo. Agréguese la influencia de las universidades conservadoras y todo eso de la factura del soneto. Eso era lo que circulaba y circula. Nadie entiende cómo.

O sí se entiende: este es un territorio dominado por una derecha literaria provinciana (que puede ser de izquierda, eso da lo mismo). No se entendió entonces a Mistral, sus notas de Tala, cómo allí ella se burla de la alta cultura; o Neruda, que usa las comas como confeti e incurre en una serie de recursos de “mala escritura” en pro de salvar el poema, emocionar, nombrar lo que no tiene nombre. Recuérdese el discurso del Nobel: “Sobre una poesía sin pureza”. Y De Rokha lo mismo: da carta de ciudadanía a las hablas de poco menos que un vendedor de feria con sus excesos y repeticiones. O el proyecto de Parra. Muchos leyeron de otra manera ese canon. No los consideraron. Los ignoraron o los leyeron mal.

El viejo Parra había avanzado en cosas que luego la academia norteamericana incorporó (la cuestión ecológica por ejemplo) y, por no saber o no querer hacer la fila, una sarta de líricos despistados terminaron perdidos como fantasmas sobrevolando las hectáreas de callampas doradas del Siglo de Oro. La gente conservadora suele no hacer la fila, les aterran las colas del desabastecimiento que ellos mismos suelen provocar. Y también las del orden de un canon. No hacen ninguna fila, atropellan, su reacción prepotente es inmediata.

La poesía de Lihn, de la que Elvira Hernández es heredera, cumple con una especie de retraimiento y algo autocentrado. La culpa, pudor o vergüenza que algunos teníamos es la que se traducía en la reflexión sobre el lenguaje.

Claro, el poema tiene que hablar del mundo y no del lenguaje, pero primero hay que revisar los pinceles.

Escribir desde la incertidumbre para mí es quizás la única manera. La voz baja que al menos yo proponía era lo opuesto a la palabra dictadurizada, al mandato patronal, a la prepotencia de la voz alta que nunca ha desaparecido, a considerar al pedagogo como un dictador, a las cosas claras, a esto es así porque esto es asá y punto, lo que tiene como todos pueden apreciar consecuencias políticas nefastas y el fin de la cultura. De contracultura, ni hablar. No hay DIY, todos querían encorbatarse lo más rápido posible.

Es como un país de viejos chicos que quieren pertenecer a una institución que los ampare en su huerfanía total. Y desde esa institución apatotarse, pero sin mostrar el rostro, posteando anónimos y porquería, groserías, conspirando.

Nuestra culpa proviene también de otras fuentes. El lenguaje chileno está lleno de condenas de dueño de fundo muy filisteas (en el sentido en que Arendt usa esa palabra): “Tocando el piano el breva, la perla”, “mirar las estrellas da mala suerte”. O sea, alza la mirada —lo que es una afrenta— y mira las estrellas y tiene dudas, sueños, y palabras para eso, y eso es condenable; no sirve un esclavo que alza la cabeza, mucho menos hacia las estrellas. O hasta el gesto de morderse el dedo al pensar, “aquí nadie se chupa el deo”. Está lleno de esas expresiones violentas de origen campesino.

El mundo del trekking y el montañismo deberían ser oportunidades de recuperación de las montañas y de detención de la minería, pero algunos los convierten en una pasarela de marcas y hay varios nidos fascistas. La mayoría de estas frases son muy misóginas, así que cuidado con “reírse en la fila que eso es de putas”. Ese tipo de expresiones macha- cadas por años con azotes, masacres y humillaciones sin nombre más las culpas cristianas y sociales que operan en algún lugar de nuestro inconsciente, influyeron también. Transformadas, quiero creer que transformadas.

Esta misma vergüenza o pudor opera en: 1) La voz baja o el flirteo con el silencio, el susurro. 2) La pregunta ¿por qué no estoy a la altura de Garcilaso?, por despistados que nos parezcan los soneteros y líricos, después de todo tienen muchísimo más poder del que uno puede imaginar, todo el mundo católico no es poco decir. 3) Ese flujo sin grumos que proponía la poesía de Anwandter, que elimina la prominencia, como en el dodecafonismo o lo serial (aunque en su versión más rasca, electrónica). 4) Esa poesía muy fría y silenciosa, sin alharaca, desprovista de arrebatos líricos, de Gustavo Barrera, un poeta importante porque la gaytud suele asociarse a lo barroco, a lo estridente, y en Barrera ocurre lo opuesto (pero la academia, más perdida que el teniente Bello, como siempre, andaba tras el neobarroco y la estridencia. Lo demás no existía para ellos como ahora no existe nada que no sea la identidad fija de una minoría).

Me cuesta hablar de la producción femenina porque sinceramente nunca sé cómo van a reaccionar incluso ante un comentario positivo o un halago, lo que me parece una verdadera pena y una pérdida irrecuperable. Al menos la gente que yo conocía leía a Eugenia Brito (Filiaciones, sobre el metro de Santiago) y Elvira Hernández (casi todo lo de ella exceptuando La bandera de Chile, un metaforón o anaforón que nos saltábamos para leer Cuaderno de deportes, Carta de viaje y el resto de su obra).

Eran los años de la humillante transición que para mi gusto recién terminarán con una nueva Constitución, impensable sin la revuelta de octubre.

En esos años, varios optaron por un lirismo extremo y otra serie de locuras. Eso se había hecho también, es una extraña constante en la poesía chilena: el delirio de grandeza. Véase para esto los poemas de De Jolly o cualquier entrevista a ese chiflado. U otro señor que traduce La Eneida. Cosas así, que para algunos extranjeros resultan completamente incomprensibles y ridículas. Está bien, aceptando que somos una provincia muy extraña y que algunos escriben de esa manera, hay que intentar comprender por qué y no juzgar. Alguien puede decir que se refugiaron en eso, en la lira anacrónica por escapismo, desesperación o quizás por la naturaleza histérica y atropelladora de sus personalidades. El desamparo feroz es un caldo de cultivo para erigir santos, para adorar la erección —valga la palabra— de santos, ya sean poetas del Siglo de la Ultramegacallampa de Oro o poetas excéntricos locales. Agreguemos a eso el lenguaje de la prepotencia hacendal, del que siempre hay una nostalgia y que siempre ha operado en Chile; la veneración de la fuerza y no de las energías sutiles o tenues; lo intocable de la institución y el culto a las autoridades y a la figura patriarcal del héroe y el santo (o la heroína o la santa), las hablas de los excluidos y maltratados que afloraban destempladas y dolidas, sin placer ni deseo. Y el arribismo de los latinistas apoyados por los curas: los colegios en que estudiaron y su supuesto virtuosismo —consistente en aprenderse varios trucos fáciles relativos a la prosodia— son invencibles ante cualquier esnob que sabe que la plata y el prestigio del liceo en donde estudiaste terminan definiendo quién es quién en Chile. Con todo esto se tiene como resultado una perfecta dictadura verbal, la pulsión más dañina de la poesía y del pensamiento cívico.

El culto al héroe (guerrillero, dictador, santo, loco, empresario, gurú, cura) se traslada a la figura del poeta intocable, de otro siglo, que suponen sin mácula, sin lo que ellos llaman la descomposición moral de los días actuales. O ven pureza no solo en la tradición hispana sino también en lo indígena, idealizando lo mapuche en tanto poesía, pero olvidando que la guerra es de verdad y no se puede parchar en cultura mientras se masacra a los peñis y lamngen en sus tierras, a diario. En Chile se cree en la pureza y en las esencias, todavía, y especialmente la gente que escribe poesía. Quién va a oponerse a Dante, Góngora o Quevedo. O Borges, que es otra carta que he visto sacar muy ligeramente. Nadie, obvio. La cuestión es cómo los lees, y yo creo que jamás hay que leerlos beatífica o institucionalmente. Borges mismo en su famosa conferencia sobre la poesía en donde menciona las maravillosas oraciones de remeros fenicios, deja claro que el hecho literario no es libresco (Borges no es libresco, hagan copiar mil veces eso a la prensa conservadora y los currutacos que lo nombran tan campantes), no depende de tratados y libros. Revisen eso. O relean las notas de Tala cuando ella habla de Don Palurdo, gran citador, eurocéntrico y siútico.

Avancemos un poquito. Leerlos beatífica e institucionalmente significa congelarlos para “No leer”, como dice nuestro exitoso novelero de Anagrama. Podría hablar del oro, de la expresión Siglo de Oro, de la adoración del oro, esa cosa tropical, dariana, barroca, métrica, rimera, reguetonera, trap, pero nos extenderíamos demasiado. De cualquier manera, esos ritmos no son muy distintos a la métrica. Su adoración al oro es similar. En el barroco o neobarroco o como le pongan encuentras la admiración al oro, a la ostentación y al ritmo y la métrica, comparten eso los discípulos de Lezama con el reguetón y el trap.

El que realmente continúa y traduce el neobarroco, el que actualiza a Perlongher es Lemebel, quien precisamente baja el neobarroco de las alturas a tierra —poesía, volvamos a la tierra, Lihn—. La deja caer de un décimo piso, como él decía que algunos arrojaban a los homosexuales luego de tener sexo con ellos.

Un gran porcentaje de compatriotas aún no logra desdictadurizarse y eso nos lleva a sitios de verdad sórdidos. El mundo conservador, la derecha literaria y parte de la academia, vio en este regreso al lirismo embriagado e ingenuo una oportunidad que supo utilizar políticamente sin que los que escribían de esa manera se dieran por enterados. En buen romance: esos poetas son tan güeones que no se dan cuenta ni cuando los están utilizando, especialmente por el periódico que hoy nadie lee.

Es fácil para la reacción, el poder o para el sector parasitario de la academia utilizar a alguna gente. Ni hablar de lo étnico o de cualquier identidad fija, o de cualquier producción literaria embalsamable. Este entreguismo resulta más fácil aún con una concepción sacra y despistada del poema, es entregarse en bandeja.

Hubo un repliegue formalista mal entendido, métrico y con elementos barrocos. No lo que hacía yo ni un par más que, en cierto punto, por una cuestión de respetar la fila, somos la continuación y no la ruptura. Quienes hacían poesía con formas cerradas —especialmente sonetos— son más atropelladores que quien hace la fila considerando el canon. Nosotros somos mejores como continuadores de una tradición que esa gente. No ignoramos el canon ni escribimos con inocencia saltándonos todo. Sin capacidad de unificación de fuerzas. Y eso debería ser una de las lecciones de la pandemia y de una revuelta sin líderes.

Se trata de diálogo porque en esto nadie parte de cero fumigando lo anterior. Esa idea de gasear o fumigar lo anterior lo propuso alguna vez un joven afiebrado, eso de que conmigo se refunda todo es una traducción perfecta de la figura del dictador y un ego con hipertrofia.

En cuanto a Elvira Hernández, fueron otros quienes coincidimos o tomamos a veces algunos de sus gestos en alguno que otro verso: su anulación del bel canto y de la cantabile prosodia, su aconectividad y atascos, su uso del repertorio léxico del neoliberalismo en tono de burla, su tomada de pelo a los anglicismos y su desmontura de clichés. A propósito de monturas, ella siempre se presenta montando algo, una nave o un cometa, no sé si alguien ha reparado en eso, en varios versos, es como humor o como una imagen de dibujos animados. Los dibujos animados que, era obvio, iban a ser protagónicos en la revuelta — ojalá no se haga una tesis sobre eso— que no tenía esa cosa grave y quejosa de los ochenta sino de fiesta. Una revuelta es una fiesta.

En mi caso no hay retraimiento, hablo desde las cosas, calles, lugares, paisajes, de las relaciones íntimas entre las cosas. Y muchas veces no hay siquiera un yo, no un yo fuerte al menos. O hay otro yo fantasma. O varios yoes, o un yo fake. No lo tengo tan claro. Quizás algo así como una cámara o un dron que sobrevuela la ciudad, sin órganos. El punto de partida son las cosas o el paisaje. Las cosas, situaciones y el paisaje me traducen. A alguna gente le cuesta desplazarse en ausencia de definiciones e ideas fijas, solidificadas, pero la poesía se mueve en la incertidumbre, en lo frágil, en lo inestable, lo que los románticos llamaban “capacidad negativa”. No en lo sólido. Es curioso cuando dicen que un libro es débil o frágil, cosas que yo valoro muchísimo.

Chris Marker dice en Sunless que la poesía se da en pueblos nómades y lugares sísmicos (wiña significa nómade o cambio de madriguera en mapudungún). Tiene algún sentido, la poesía suele darse donde hay problemas e inestabilidad. Y encarna esa inestabilidad. Y habla desde ahí y ahí danza.

Pensemos en un problema literario. Intentemos pensarlo y llegar a algún tipo de apunte o notas o poema. Desde dónde se habla, desde qué lugar se plantea el poema. Dos importantes poetas en lengua inglesa en las noticias, en la televisión, hablan de sus procesos escriturales, Charles Wright y Geoffrey Hill.

Ellos hablan desde lugares completamente cómodos, hermosos, desde sociedades satisfechas que los ubicaron en alguna universidad o les dieron una especie de beca vitalicia. Bien por eso, todos quisiéramos eso. Yo he estado en lugares así aunque por poco tiempo, en la Rockefeller que está en el norte de Italia y otros lugares similares. Son muy buenos poetas. Pero nosotros vivimos en otro tipo de ciudades, con otro paisaje. Cuánto pesa el entorno social en lo que leemos y escribimos. ¿Está presente? Hay que intentar plantearse esa pregunta sin ningún tipo de prejuicio. Personalmente, no critico la corrección política, creo que tiene una importancia para no vivir atropellándonos, por eso quizás The Guardian propone otro tipo de poetas: casi ninguno es blanco, y si llegan a ser blancas o blancos tienen un pie muy fuerte en la realidad contingente. Lo mismo acá con lo mapuche, lo gay, etcétera. Hay poetas interesantes en todos lados, pero la pregunta es cómo influye el entorno, desde qué lugar se habla y lee. Estos dos últimos años, luego del estallido y la pandemia, han hecho que la realidad tome ribetes casi oníricos. Todos sabemos que se vienen años duros. La derecha de la que heredamos el narco y la policía corrupta va a decir: “Ahora tienen su país con narco y policía corrupta”. Va ha haber que trabajar duro. Es evidente que estamos en un momento de cambios profundos. Eso, ¿cómo se cuela?, si es que se cuela en el poema. Lo primero es no caer en lugares comunes como el que señala “no hay que caer en lo panfletario” sino cómo hay que plantear el panfleto para que sea eficaz.

Desde dónde se plantea el poema. Desde sociedades satisfechas o desde el epicentro de los cambios violentos. Recuerdo haber estado con el antropólogo y poeta Andrés Azúa, veníamos de algún lugar en donde, tomando todas las medidas, se hizo una charla acerca de su tesis sobre Mistral. Y a la vuelta la gente conducía sus autos nerviosa y sin parar, como con ganas de llegar a sus casas. Por un momento vimos solo luces y bocinas en medio de la oscuridad y el miedo. Y un no saber dónde estábamos. Y se siente una orfandad muy palpable. Me imagino que también hay que escribir desde ahí.

No se puede decir “esto es así” y “esto es asá”, ese lenguaje asertivo que no es otra cosa que lengua dictadurizada. Todo cambia a cada momento. Personalmente, no soy de rupturas en lo literario, prefiero hacer la fila y jugar cuando es mi turno. Soy muy conservador y formalista en eso, porque además de cuidar el poema, su intimidad, me parece que hoy eso es políticamente más eficaz. Pero está la realidad que es ineludible.

Las rupturas son para jóvenes alucinados y sin calle de primer año de Literatura que se deslumbran con ese enorme bostezo que es La nueva novela: lean a Khlebnikov para que se les pase; lengua de pájaros y experimentación formal en la dura.

Las rupturas y performances no están hoy en la literatura, mucho menos en libros caros de doscientas lucas: esas avanzadas se trasladaron a la calle en la revuelta de octubre.

Ahí se puso en escena de verdad todo lo que machacaban como loros en los años ochenta: la muerte del autor, la escritura en y con el cuerpo —físico, incluso— y el hecho de que nadie quiera atribuirse la autoría de las performances, que eran cada día más oníricas en Dignidad, hasta que el coronavirus le salvó la campana a esta administración nefasta que tuvo al país a punto de una guerra civil o del caos; entonces aprovechan el toque de queda y cercan la plaza que, por supuesto, volverá a ser tomada. La performance del escalador profesional que colgó el lienzo sobre las almas insurgentes, por ejemplo, fue como un sueño. Llegué a pensar que el único que la había visto era yo. No vamos a comparar eso con las tonterías que hace la Orquesta de Poetas o ese estúpido que se teñía el pelo con el mismo color que imprimía los libros. Y como no lo pescaban acá, se fue a París a jugar de poeta, que para eso hay plata. Quién puede tener paciencia para esas cosas ahora.

Si no eres rupturista —y yo no lo soy— y escribes luego de hacer la fila —que es mi caso— es todo más leve porque solo en humildad se puede trabajar. Y en la anulación de la autoría solo cuando te pierdes de verdad en el poema, o sea, en una anulación del yo práctica, no teórica. Por eso hay que ser siempre cinturón blanco y asombrarse todos los días. Escribir como si se viviese en el Siglo de Oro —es raro hasta como lo pronuncian, entornando los ojos y sacando pecho— o como si se viviese en otros tiempos —la deformación de la palabra en Europa es una respuesta a situaciones traumáticas muy específicas, no se puede trasladar eso a un bar en Providencia lleno de pendejos incautos de clase media y sin calle que no han escuchado ni a Schönbers— es no hacer la fila, es atropellar, y eso sí que es rupturista, pero rupturista en el sentido del que rompe la vajilla de torpe. Esa ruptura es ignorar a la Mistral de Tala, a Neruda y a Parra de ciertos libros, por nombrar solo los locales.

Desde los noventa intentamos agregar poéticas lejanas al territorio. Se empezó a leer de otras partes. El mismo Andflaite traducía a Jandl, yo había llegado del Taller de Iowa con una maleta llena de libros, y luego del premio en Diario de Poesía me voy a Buenos Aires. Fíjate lo que dice Paz, puede aclarar algo: “Todos los estilos han sido translingüísticos: John Donne está más cerca de Quevedo que de William Wordsworth; entre Góngora y Giambattista Marino hay una evidente afinidad, en tanto que nada, salvo la lengua, une a Góngora con el Arcipreste de Hita, que a su vez hace pensar por momentos en Geoffrey Chaucer. Los estilos son colectivos y pasan de una lengua a otra; las obras, todas arraigadas a su suelo verbal, son únicas…” (O. Paz, Traducción: literatura y literalidad, Tusquets). Se habla del Siglo de Oro o de Dante con una levedad impresionante. Es ridículo, más que otra cosa.

Quienes viven en otros siglos o habitan en Marte o traducen poesía anglosajona del siglo VII o hacen ruidos y sonidos extraños —porque son incapaces de tocar un piano como corresponde, no tienen idea—, están locos, pero al nivel de esa gente que cree en ovnis o el sicótico que se cree Napoleón o Cristo en los chistes de Condorito.

Acaba de morir Steiner hace un par de días, febrero de 2020. Él hablaba de xeno, que en griego significa vecino o forastero y se preguntaba por qué perduró la palabra xenofobia y no xenofilia. Yo creo que la función del poeta es instalar la segunda palabra, xenofilia, que es el amor, bienvenida, curiosidad por el otro.

La labor de la poesía es instalar y desinstalar palabras que portan prejuicios o modifican políticas: se empieza a hablar de lucro y aparecen cambios de inmediato. Esa es una de las funciones del poema. En inglés se usa mucho philistine para alguien que odia lo no instrumental y el arte, el filisteísmo barbárico del que habla Arendt. Ella habla de dos filisteísmos, el barbárico —en nuestro caso, instalado luego de la dictadura y jamás desinstalado— y el filisteísmo esnob. Quizás deberíamos usar e insistir en esa palabra, ponerla en circulación porque el rechazo al lenguaje no instrumental es una pulsión extremadamente dañina, un caldo de cultivo muy fértil para el lumpen fascista, del que tenemos en abundancia.

Pasa que en nuestro país alguien instala una moda y luego nadie dice “a ver espera, eso no está bien”, o “analicemos un poco”. No, simplemente queda instalado y por flojera nadie desinstala. Como cuando a cierto grupo, también en esa década, se le ocurrió criticar la corrección política, a todos esos de Plan Z, a cierto sector del Clinic (a todo llegas atrasado, Danielito, cómo tan perkin, mategüéa). La corrección política sirve para no agarrarse a tiros, para que la sociedad funcione, aunque todos se odien. Nadie de los que habla de inmigración, excepto Pablo Cheng, vive en un barrio de inmigrantes. No tienen idea. Defender la incorrección política es defender el roteo a las nanas tomando un whisky antes del mediodía, postear barbaridades desde el anonimato. Y la violencia de usar la prensa con impunidad sin que nadie les responda. Pueden decir cualquier cosa. Un agüeonao profesional, un perkin, un longi culiao químicamente puro, dijo como chiste —burlándose de la revuelta— que a su hija le iba a poner Dignidad, y lo dijo en pleno tiempo de violaciones a niñas, cuando había casi tres mil personas en prisión y violaciones graves de derechos humanos. Quizás a alguien le haga gracia eso, a mí en absoluto. En otro lugar lo habrían echado cagando, pero el pendejo es “hijo de”, “amigo de” y todo eso. Acá todo se instala y luego nadie desinstala. He visto a alumnos de privadas repetir como loros cosas escalofriantes.

Instalar, desinstalar, subvertir significados, alterar reputaciones. Solo eso nos puede mantener vivos, y escuchar en voz baja.

La palabra wiña significa en mapudungun “la que se muda” o “cambio de morada”, pero el miedo —o sea, lo que llamamos literatura de derecha, la ignorancia, como le llames— hizo que esa palabra significara “delincuente”, por lo furtivo del felino. El miedo es una pulsión, un rumor que se expande, y todos somos víctimas y lo continuamos sin querer. Pero al poeta le es dado devolver a la palabra wiña su significado original. Una palabra que porta un prejuicio puede acabar con una especie. Pero también puede recuperarla. Recuerda cuando se instaló la palabra “lucro”. Estaba prohibida, tabú, fondeada con llave por el poder junto a otro repertorio de palabras. Al poder no le interesa que la gente comprenda. Síguele la pista a la palabra “ideología”, por ejemplo. Revisa los comments de cualquier noticia de un diario en las redes, dan escalofríos. Siempre tengo la esperanza en un cambio de referentes, sangre y rostros. Pero el país es tozudamente reticente a realizarlos, y muy cerrado a gente que se sale de acuerdos que se instalan y que consideran una herejía desinstalar o solo analizar un poco. Siempre para ilustrar esto de las reputaciones cito el poema “La serpiente” de D. H. Lawrence, porque me parece una obra maestra en ese arte: sacar a la serpiente del prejuicio de siglos que le endilgó el cristianismo y volverla a su condición de divinidad. Y es un sencillo análisis léxico que todos pueden y deben hacer a diario, no es cosa de poetas.

Lo generacional no sirve, esto se agrupa de otras ma- neras, hay familias en otras sincronías y países, en otras disciplinas y saberes incluso. Y no me refiero a ese chamuyo de lo interdisciplinario. Si mi poesía tiene que ver con el cine o lo visual o la música no necesito poner partituras o fotogramas en el poema, no es necesario usar recursos extraliterarios porque la palabra es suficiente. Alguna vez puse fotogramas de mi ex, porque ella fue importante en ese libro y quisimos hacer algo así. Pero casi siempre con la palabra basta y sobra. Detesto los libros objeto. Son incómodos, grandes, caros, tienen cosas que se pierden. Hay que hacer libros pequeños para leer en el metro o en la montaña, donde no se puede llevar nada pesado.

Recordar siempre que uno anda en cueros por la vida, A veces se cuela alguna sílaba de Harris o de un poeta chino traducido por Petrecca, de un director de cine, o de un jazzista o un científico. Un guiño o un saludo a Harris, Eugenia Brito, Hernán Miranda.

En los noventa había mucho loco y despistado que no hacía la fila: helenistas, hispanistas, poetas que asimilaron las escenas de avanzada solo en su aspecto formal pero con un miedo feroz a las radicalidades en lo práctico, todo ese tipo de delirios.

Siempre he pensado que a las fuerzas reactivas hay que despojarlas incluso de sus propios saberes, hay que leer las escrituras religiosas y los libros de alta cultura y retraducirlos, leerlos desde otras perspectivas. No hay que dejarles nada.

Es una pena que cuando las élites están a punto de ser noqueadas reciban una ayuda como reciben las empresas cuando quiebran. Los compensan con dinerales mientras el resto de la palabra sigue censurada. Siempre han tenido el monopolio de la palabra, y cuando están en decadencia, reciben un empujón de ayuda. Me cuesta mucho entender eso.

El dinero habla, como dicen en inglés, y el olor a dinero, contactos y poder real es un imán para incluso los que se dicen audaces. Acaba de salir un libro de un gerente (Juan Cristóbal Romero) de una institución jesuita en una editorial (Juan Manuel Silva, su editor) que yo creía políticamente audaz (publicaron, por ejemplo, un interesante ensayo sobre traducción de Marcelo Cohen). Pero ante un gerente de una institución jesuita con contactos por todas partes nadie puede resistirse, es imposible. Yo había presentado un manuscrito a esa misma editorial, y por supuesto no lo publicaron. Aunque contra cierta gente tengan una ventaja estratosférica, hay que hacer lo propio y no ceder jamás. Otros amigos me ofrecieron publicar el manuscrito (que era circunstancial, relativo a la revuelta) y una editorial DIY me ofreció también trinchera, espacio, y una cerveza con mucha risa para que olvidara la verdad de la milanesa o como dicen los taxistas: las cosas son así: ellos mandan y siempre han mandado y siempre mandarán.

En esas circunstancias es difícil evitar binarismos, De cualquier manera, yo evitaría ese binarismo de “los ochenta son así y los noventa son asá”. Lo que puedo asegurar es que cuando la cosa se pone tan mamona, tan clasemediera, tan concerta, tan desabrida y sin asunto, es bienvenido algo de los ochenta y noventa, el punk, el DIY, lo vívido e imperfecto. Las pancartas del estallido social son espontáneas y derramadas, cada una dice una cosa distinta, no obedecen a formatos impuestos.

Son antiformatos.

La gente del campo cultural busca el formato y la institución; la revuelta fue la gran fiesta del antiformato, la gran performance de verdad. Hasta los pumas empezaron a bajar de los cerros cuando se dieron cuenta de que había semejante fiesta.

Una fiesta onírica. Los grafitis con motivos de animé, con humor, con todas las subjetividades en la mesa. Una maravilla, poesía de verdad, en el Crown Plaza que está frente al Cine Arte Alameda (que fue quemado por Carabineros porque era el bastión de la Cruz Roja y el aguantadero, el lugar donde se curaba a los heridos).

Hay pocas cosas más tristes que un cine incendiado, quizás una quema de libros.

Comparemos esas pancartas con las que usa la derecha, que son siempre perfectamente impresas, dicen todas lo mismo y se las pasan ordenadamente a cada persona desde una camioneta llena de matones. En literatura ocurre algo similar.

La libertad del formato vs. el formateo desde arriba hacia abajo. Dime tú cuál de las dos opciones te resulta más genuina.

En pleno estallido social con muertos, violaciones de niñas, gente perdiendo la vista no solo ese agüeonao dijo en broma que a su hija le iba a poner Dignidad, sino que aparece Anwandter en una revista y dice que “no hay que subrayar los libros”. Cuando leí eso pensé qué onda, me estái güeviando. Estaban pasando cosas graves y estos caballeretes dicen esas cosas. No me parece. Salgamos del tema de los nombres propios y generaciones. En poesía me pongo al final de la fila. Y trato de ser lo más exquisito y elegante y radical que puedo.

En cuanto al tema del libro temático vs. el libro de poemas. El libro temático es a veces una deformación de los fondos, que exigen coherencia temática. Eso se hace, bien y mal, desde Neruda, lo hemos hecho todos. Hay un tiempo para eso. Hay que tener un libro así, hay que tener otro libro de batalla, de roneo, ojalá todos distintos. Me interesa el libro de batalla, como el Nixonicidio o Aquí estoy de Neruda, todas esas cosas que son despreciadas pronunciando “panfletero” con la boquita fruncida. La fondartización y los fondos del libro contribuyeron a todo eso de la coherencia, el poema que depende de sus partes, un retroceso y un desastre total porque había que inventar un pegamento y coherencia ad hoc: “los diez tipos de árboles en las regiones de Chile, a cada región pertenece un capítulo”, “la ciudad y sus partes”. Además, al pedir avales a jóvenes inéditos, los fondos se convirtieron en la Universidad del Lobby. Los fondos deformaron la poesía al exigir coherencia. Ya no se escribían poemas, sino obras coherentes con impacto social y un pegamento, cohesión y coherencia nivel básico. A nosotros nos hacían leer “Coherencia y Contradicción” de Bradley en la universidad. De pura cueva, porque el profe era hegeliano. A mí al menos me iluminaban los Cuatro cuartetos de Eliot, que fueron mi catecismo durante mucho tiempo. Eliot, el catecismo y el sistema filosófico; Dylan Thomas, la oscuridad boscosa del símbolo; Auden, la perfección verbal; Williams, la levedad y la gracia.

Pero esta superstición del canto único, del gran poema es otra cosa, es uniformar los poemas a la mala, formarlos como milicos y cortarles el pelo a machetazos, y pegarlos con engrudo para dar la ilusión de Gran Canto, de toda esa cosa mega, inmensista, acomplejada, de camioneta cuatro por cuatro, el brontosaurismo nacional. Y encima se exige coherencia en un país que ya es la dictadura de los formatos: es completamente al revés lo que hay que hacer. Por eso hablo de especies pequeñas, dioses pequeños y accesibles.

En el país de los formatos, de la carta tipo, de la columna tipo, lo que hace falta es poner en circulación formas más arriesgadas de escritura. Pero un libro de buenos poemas no es suficiente para los burócratas, quieren algo como un libro que se llama “Santiago” y que cada poema sea una comuna. Cosas así, taxonómicas: nuevamente la superstición del orden dictadurizado. Es la influencia de las carpetas que hacían elaborar en el colegio valorando el orden en vez de relacionar cosas e ideas. Es un error grave. En general, la superstición de la coherencia es la pulsión más nefasta en poesía y narrativa. Son carceleros de sí mismos, como dice la sicoanalista. Te diría que para el tema formatos hay que leer a Mark Fisher, pero incluso a ese autor lo desactivan, convirtiendo una brasa política en una columna inofensiva.

Y más grave aun es que sea la institución la que modela las escrituras y no al revés.

Es enseñarte a ponerle un cinturón de castidad y una cinta en la boca al poema, es pensar que el poema es solo un número romano de un gran canto al que se aspira, porque en Chile todo es gigantista, inmensista, aviones, desiertos cordilleras, libros de medio metro cuadrado, todo eso.

Simplemente hay que escribir poemas.

A veces pasa que estás en un ámbito y se repiten ítems de solo ese ámbito, pero un poema debe ser independiente de los demás. ¿Cuál es su proyecto? Quiero escribir poemas buenos que no tengan que ver uno con el otro. Rechazado,

¿Cuál es su proyecto? Cada región de Chile será un poema que es un gran canto al país. Muy bien, aprobado. Es horroroso. Y agrégale la discriminación positiva de la que algunxs vivarachxs aprovechan de lo lindo.

Un poco tajante el narrador, amante de las certezas absolutas, reflexiones largamente comentadas en asados familiares con gente que sabe de máquinas y ajedrez político. Pero me parece bien lo que dice. Hay que dejar el proyectismo y volver a escribir poemas.

Si un narrador no lee poesía, tiene que irse para la casa de inmediato. Eso ellos lo saben. Los buenos al menos. Siempre pensé que había que tener un poema para el Día de la Madre, poemas de matrimonio, de amor, poemas acerca de los hechos históricos, en papel barato, de uso, y lo mismo en su equivalente virtual. No es que los vayas a leer en esas ocasiones, pero están ahí. Pienso en el “Aniversario de bodas” de Cisneros.

Ese canto o poema-libro ha existido siempre, los fondos concursables y la superstición de la coherencia superficial, el miedo al descontrol y a la improvisación que caracteriza a gran parte de la prosa periodística, la academia y las letras en general, y el no tener pico de idea de cosas muy básicas, lo que es la “capacidad negativa” según los románticos, por ejemplo.

Un poema debe ser una pieza independiente, no depender de la cultura, del contexto, su misterio no radica en una clave que den los otros poemas ni otros libros. La poesía no debe referirse al poema, debe hablar del amor y del mundo. Pero por una decisión ética, como ya expliqué, se hizo metaliteratura en un momento muy específico.

Me gusta cuando se retoma el panfleto y el testimonio. El cliché inmediato es usar la palabra “panfletero” de forma negativa. No me parece: Jaime Pinos, con sus libros abiertamente políticos; Lucho Chueca, que en Lima ha dedicado toda su carrera académica al tema de la violencia política y el poema en el Perú de Sendero. Y por supuesto muchas otras poetas que no menciono porque jamás sé la reacción que van a tener. Como sea, hay varias que trabajan ese poema político. Muchos siguen intentando abordar ese tema de diversas maneras. Martín Gambarotta describe mejor que ningún sociólogo la fiebre menemista en su libro Punctum, y los de la revista Rapallo en Buenos Aires buscan por todos lados el poema político, cómo retomarlo sin hacer el loco, y lograr una eficacia.

Pero también se intenta escribir ese poema que te hace resistir, que es una pausa a la esclavitud de los sentidos, el jardín al que retornas cada tanto, la bofetada refrescante del Pacífico, la violenta agua gélida sobre nuestras cabezas en la famosa cascada de Buddha en la que fuimos bautizados con el poeta Juan Carreño y seguimos practicando una especie de bautizo en las montañas que devuelve las neuronas y la claridad de mirada. Se escribe a veces para recordar ese silencio generador. Escribir ignorando el contexto sería de gente o muy conservadora o muy estúpida. Pero también hay que buscar ese poema que es casi sinónimo de la brisa y el silencio, que ayuda a resistir, a sobrevivir.

Acabo de releer Lengua ósea de Sergio Muñoz, un verdadero documental sobre su condición de huacho o hijo del placer. Un libro de la gente de mi edad. La mamá tuvo que ocultar su embarazo, él nació con una gemela que muere; él nace sin nombre, luego por no tener el nombre de la madre cuando esta muere le quieren quitar la propiedad donde vivía. A pesar de todo esto, desarrolla un poema paralelo, un canto tartamudo con algunas notas de Gonzalo Rojas. Está todo documentado con papeles judiciales, actas de nacimiento de su orfandad, es un trabajo autodocumental muy interesante. Como es del puerto, tiene los tics de ese gran bostezo sobrevalorado que es La nueva novela, pero le da a eso una vuelta muy interesante. Y en otros libros suyos se aprecia esa vergüenza escritural y eso sí que es noventero, Gustavo Barrera, Zambra, Anwandter, varios más.

Había una desconfianza extrema con las vanguardias y más todavía con la transición política. Un hijo de exiliado, de un Quilapayún, se dedicó a disolver sistemática e intencionalmente lo que alguna gente llama generación de los noventa, sin que nadie entendiera su motivación, resentimiento de exiliado o algún tipo de trauma extraño. Por otro lado, Rodrigo Rojas se los lleva a todos a trabajar a la UDP, excepto a mí, que les había enseñado varios autores y pasos de baile a todos esos. Y ahí tienes a sus alumnos sin espíritu levantisco, con una lectura poco audaz del canon y sin brillo. La transición venía con muchos arreglos y con pactos de silencio, y es exactamente igual en el campo cultural.

Volviendo al tema que realmente me interesa —el poema— y el que al entrevistador obsesionaba —los noventa—, escribo poesía y trato de ser exquisito como para que no me rechace una lectora imaginaria, nivel divinidad, que es muy tiránica. Me interesan otras cosas: el retrato, el silencio, la observación, la voz baja, el susurro, el flirteo con la prosa a la que algunos llaman pomposamente “eliminación de las fronteras entre los géneros”.

Los años noventa en Buenos Aires: la mayoría de ellos tenía una escritura muy sucia, muy trash y muy alegre. Intencionalmente punk, no por desafinados sino porque no desenganchan la poesía de la historia. Si quieren ser exquisitos y formalmente impecables, pueden serlo, pero eso es una opción. Porque tras la apariencia pop había algo político de verdad y muchísima lectura teórica. Al principio no los comprendía y luego terminé sumándome a la fiesta. La poesía como una fiesta. El que es más raro, el más radical es valorado. “Publicamos de noche lo que escribimos de día”, decían las chicas del colectivo Belleza y Felicidad (mientras acá algunas personas trataban de escribir en bronce poemas a lo Garcilaso). Por otro lado estaba el Diario de Poesía, que reunía a todas las corrientes, que convivían y cohabitaban sin matarse entre ellos. Había también un rechazo muy fuerte hacia lo institucional. En ese tiempo la poeta mexicana Rocío Cerón, que viajaba a Buenos Aires, publicó en México un libro mío, en donde probablemente más se notaba el free jazz; experimentalismo es una palabra que hace encender todas mis alarmas, pero había algo con jugar, con buscar soluciones verbales donde a nadie se le ocurría ir. Porque creen que el poema está protegido por Terpsícore, Polimnia y todas ellas o en el Parnaso o en no sé dónde, pero es un lugar sin mácula fuera de este mundo que yo no he visto.

Y que parece que es el que buscaba la persona que me entrevistó y luego rechazaron el libro, me imagino que por estar centrado en el anecdotario y no cachar mucho lo que leían, porque si consideras el uso del demótico una gran audacia verbal, en circunstancias de que eso se viene haciendo hace una montonera de años, me imagino que crees que el poema está en lo celeste. Sí, tenía un poema sobre lo celeste. Una nave espacial súperdestartalada que parece micro de las antiguas, anteriores a las amarillas, su tripulación es un grupo de latinoamericanos nerviosos arriba —o colgando en las escaleras— que no saben muy bien manejarla y que andan desnutridos y desorientados por la galaxia.

Quienes me entrevistan para la cosa fallida me preguntan por algo que afortunadamente casi todos los chilenos olvidaron, excepto los entrevistadores: Altazor, esa especie de Superman. Aprendí a leer en clave humorística todas esas cosas inmensistas, gigantistas, todo ese delirio de los aviones y portaviones, Harriers, todas esas giladas de gente acomplejada. De hecho, cuando hago taller pido que los versiones en clave de broma y salen cosas interesantes. Solo a De Rokha le resulta el tremendismo: Satanás, Mahoma, Jesucristo, Raimundo. Es farragoso como su deambular con sus niños a cuestas, se nota esa nomadía —igual que en los recados de Mistral, verdadero diario de una nómade— de trueque, de hagámosle a todas porque hay que sobrevivir; ese Pablo, además, inaugura la oralidad antes que Parra, como señala el narrador Óscar Barrientos. Esa habla de feriante, de repetir mil veces las cosas. Nadie habla en endecasílabos como dice Parra; se habla como dice Ruiz: sin sujeto o con el sujeto fuera de cuadro, con oraciones incompletas, etcétera. Altazor es como un Superman de esos con sobrepeso que habla con una altisonancia para la risa. Es como complejo de persona baja de estatura todo ese gigantismo. El país no se amplía con épicas, se agranda incorporando sujetos ausentes, lugares que no están filmados.

Me preguntan por la performance, mientras acá afuera en la calle suena el camión de la basura con sus intermitentes alegres y el sonido de su motor que no cesa, parece una fiesta cómo trabajan los recolectores, colgando, tomando el camión en movimiento, son extremadamente ágiles y trabajan con alegría, como bailarines o artistas marciales.

¡Esa es una performance! Ah, en cuanto a las performances en los museos, sucede que me da risa, como a los niños, y tengo que salir de la sala.

La performance real fue el estallido social.

Primera performance en Chile: el Sr. Vicente García-Huidobro Fernández lleva una vaca en un barco a Europa para tener leche fresca para sus hijos. Por supuesto, como todo en Huidobro, es copia, es un Apollinare traducido. Todo es copiado de otras partes, esta vez de la oligarquía argentina que tenía la costumbre de llevar vacas en barcos para tener lecha fresca y hacer asados. Hace esta performance en un cono sur en donde había altas tasas de desnutrición. No, no me parece creativo ni audaz, me parece una gilada para llamar la atención, cosa muy aplaudida por todo el palurdaje y otros currutacos como él, oh qué arty, qué avantgarde. Anda a cagar. Así que aprendí a plantearme desde otro lugar, desde la flor torcida de Williams, desde espacios con más brisa.

Parece que mi entrevistador cree en lo esencial y la pureza, partimos mal entonces. Si a los niños en el colegio se les enseñara el concepto de “capacidad negativa” de Keats, entre otras cosas, no tendrían tantas supersticiones y un pensamiento tan tosco. Las gentes ansiosas por la disciplina y el orden esconden a un salvaje que no quieren ver. Viven en un locus amoenus ahistórico que no se sitúa en ninguna parte y en ningún tiempo. Como latinoamericanos se desprecian a sí mismos. Para ellos, siempre está todo en otra parte (el Siglo de la Callampa de Oro, por ejemplo). No confían en sí mismos ni en los gestos más genuinos y básicos de su entorno. El miedo se manifiesta en literatura como un apego desesperado a todo lo que implique reglas y, más aun, a quienes las imponen. Trasladan sus esquemas autoritarios, una especie de miedo al caos, hacia el poema. Creen en la pureza. Ese tipo de personas teme a la libertad o a la incertidumbre; la incertidumbre es el caldo de cultivo de la poesía, las condiciones paupérrimas y peligrosas donde se dan las condiciones de posibilidad del poema. A mucha gente le produce agorafobia y pánico la falta de certezas. Y desconfían de todo el mundo, empezando por sí mismos. Suena populista y romántco, dos palabras que hay que resignificar y poner en la mesa a todo esto. En las sílabas y en los afectos la falta de riesgo es un delito.

La literatura de derecha proviene de la izquierda y la derecha, trato de explicarle al joven entrevistador. Obvio, de la derecha especialmente y de la izquierda purista, anticuada, beatífica. Todo tiene que ver con la idea de pureza, de ignorancia, y de no entender los poemas. Nada de esto ocurriría si hubiesen leído bien a Parra, a Neruda, que en el mismo discurso del Nobel habla de una poesía sin pureza, ¡es el título del discurso! Mistral lo mismo. Una vez en el PC se enojaron porque Neruda salía bailando el tema “Please Mr. Postman” de los Beatles, un single que Neruda había traído a su cartero desde Londres. Huevadas así. O cuando una banda, Astro, hizo una versión de “Te recuerdo Amanda”, no entendí por qué fue tal el enojo y la indignación.

Un tipo chileno, en un campus universitario estadounidense, descubrió una errata en un libro de Gonzalo Rojas que sacó la Portales e hizo tremendo escándalo. ¡Por una errata! ¡Consigue una vida, por dios, une polole, algo, cómo va a ser tanta la soledad de campus para dedicarse a buscar erratas, nerd chiflado! El viejo Rojas habría estado feliz con la edición, además. En otros lugares la tienen muy clara, hay un rechazo al culto de la figura del poeta como representante de una colectividad. Y a esa cosa oscura, sórdida, pastosa, nocturna, chilena. La idea del poeta como santo es muy dañina porque al santificar no necesitas leer. “No leer”, como dice el novelero.

Stella Díaz, Rodrigo Lira y varios más son considerados santos y no se puede hacer ninguna lectura de ellos. Como poetas, los encuentro pésimos, desafinados y como personas me parece horrible agarrar a chuchadas a los garzones o a los taxistas y comportarse con divismo, no como estrella de rock porque las estrellas de rock —cuando existía el rock— tienen humildad y sabiduría. A la Stella, pobre señora, tenían que darle una sopa caliente en vez de copete y no hacerla bailar flamenco arriba de las mesas. Pero la hacían beber. Y ahora la convierten en santa. Por otro lado están los proyectos inmensistas, que son una cosa muy autoritaria y muy de brocha gorda. Libros de quinientas páginas, aviones arrojando poemas, todas esas giladas, por supuesto, financiadas por el Estado. Para mí los aviones son La Moneda y Malvinas bombardeadas. De esa cosa inmensista habla Bolaño en Nocturno de Chile.

¿Te acuerdas de ese delirio total del satélite chileno FASat-Alfa? Otro delirio de exitismo que afortunadamente quedó sepultado con la Primavera de octubre. Bueno, unos afiebrados conocieron a un chileno, Klaus von Storch, involucrado en ese tema del satélite, y querían mandar poemas al espacio exterior, y otro que era médico —de familia de médicos— quería hacerse una cirugía y enviar al espacio un testículo, se lo quería amputar. Da risa, pero igual hay que detenerse un poco en esos gestos. Hay gente que vive en condiciones muy precarias, adolescentes que se suicidan semanalmente en las poblaciones, y suicidio es un eufemismo porque a mí me parecen crímenes producidos por una exclusión feroz. Entonces todas estas giladas me resultan obscenas. Mucho niño cuico tonto, mucha falta de calle, mucho “hijo de” en puestos de los que no tienen pico de idea, mucho “niño fundío” como dicen las madres y abuelas, mucho Opus y gerentes de las platas jesuitas escribiendo sonetos, poco menos que en latín.

Hay ciertos préstamos tomados de ciertas hablas, pero diría que hay bastante poco y no es una cosa programática. Como Mistral cuando se enamora de la palabra saudade. Quizás existe una alergia a los formatos considerados ilegítimos, por parte de quien concibe el poema como algo puro, pero hace mucho que la poesía circula por la impureza. Neruda, para una poesía impura, en fin, casi todos.

Me habla el joven entrevistador sobre Patricia Espinosa. Ella habla de la neoliberalización de la literatura, de proyectos que “apelan a que todo acabe y comience, pero siempre el principio y ese fin soy solo yo. Es una suerte de negación de lo colectivo y de predominio del individualismo. Le digo al joven que tiene razón, que ella se refiere a una figura anticuada del escritor como rockstar. O como la voz de la libertad que visita países como Venezuela y hace un libro. La muerte de la ficción y el poema, la idea vargallosiana de escritor. Si se trata de Patricia Espinosa, la leo como si fuera una columnista haciendo lo siguiente: extraigo su poética desde sus notas, que siempre me parecen interesantes, y olvido el juicio o sentencia que dicta. En cuanto a lo que dice, no es mi caso, ni creo que sea el caso de muchas y muchos que escriben. La poesía busca al otro, habla desde el otro. En algunos de mi generación era muy mal mirado el confesionalismo, la cosa en primera persona, el yo. Había una vergüenza y un pudor enorme con eso. Lo de la autoficción era impensable. No se hacía nomás. Lo que sí puedo asegurar es que hay un montón de literatura reactiva ejercida con total impunidad.

Quizás solo escribir buenos poemas, que emocionen y porten un misterio.

Hay una superstición de la coherencia, lo uniforme y el formato, y si te sales de ese formato o lo mezclas con otro que no tiene la misma reputación, ocurre un maravilloso matrimonio que alguna gente detesta porque cree en la pureza, en no mezclar nada con nada. Lo consideran una herejía. Pero todo es necesariamente mezcla, todo. Somos latinoamericanos, somos chilenos que necesariamente tenemos que absorber otras tradiciones y somos hijos de la cultura popular así como de la alta cultura —si es que le llamas así al canon y a ciertas expresiones musicales—. Uno escribe sobre su contexto, el lugar que le tocó vivir, toma cosas de su entorno, que es lo más tangible y cercano, los materiales. ¿Cómo habría de escribirse hoy si no es considerando la herencia cultural mestiza, el campo cultural completamente permeado por la contracultura y hasta el entertainment más zafio? A mí me parece obvio y no lo logro concebir de otra manera. Y seguir siendo completamente lírico. No es mi programa esa mezcla, simplemente no podría ser de otra manera. Perdón por el lugar común, pero con esos materiales, quizás por culpa, se puede ser lírico, o incluso a veces son la única manera de acceder a lo lírico. Hay una idea muy extraña de los centros, de las universidades prestigiosas, de la pureza, de lo alto. Todo pareciera estar en otra parte.

Solo en un país tan agresivamente formateado, Parra pudo patentar su poesía como antipoesía y con eso da la ilusión de antiformato para las audiencias más reaccionarias y retrógradas. No hablo de su poesía, me refiero solo al acto del rotulado, al acto de marketing.

Tras tantas lecturas sobre la producción literaria, las tentativas contraculturales, de género, feministas, sigue existiendo una nostalgia de la pureza y lo esencial que incluso puede permear a los mundos más radicales.

Creo que el proceso de desdictadurizarse es muy largo y que en la práctica de la palabra todavía queda mucho de eso. La dictadura es la pulsión mejor instalada, aunque viene de antes, del esquema hacendal y castrense del país. Entonces, qué sílabas o sonidos jugar o proponer frente a esa histeria por el orden, el carpetazo, la anulación del otro. Pues, a veces yo propongo la interrupción, el ruido ambiente que se incorpora al poema, el diálogo ruiziano y charlatán, el cuestionar cualquier discurso único y totalizante, el día a día y su música maravillosa ingresando al poema; Cage habla de eso, del ruido ambiente como música. Y para seguir con las citas citables, hay algo de Ashbery en la dulce charlatanería y el dulce flujo. También me interesa la lengua áfona, de secreto, las fricativas: sssssss, hhhhhhh, ffffffff, jjjjjjj. Lo áfono porque es el susurro, la voz baja, lo fricativo porque es el continuo. A veces sueño con un lenguaje sin prominencias, sin voz alta, sin mayúsculas, sin oclusivas, la repiración ujjayi del yoga, el sonido del océano, el sonido de un metro que te lleva, sin detenerse en ninguna estación, hacia profundidades abisales donde los peces tienen formas increíbles y hay una otredad total. Y ahí sí que hay seres abisales y maravillosos como los que describe a veces el narrador Óscar Barrientos Bradacic. Ir a visitar esas honduras amplía el mundo, lo hace maravilloso, evita el tedio de ver al poder ganar siempre y con recursos tan rascas. Ir a esos mundos y conocer a los monstruos y superhéroes, salir de ahí con sus poderes, músculos y habilidades.

Limpiar o ensuciar tus pinceles es una postura y tiene relación con lo que vas a retratar. Con qué materiales voy a trabajar, qué tono voy a adoptar y por qué éticamente eso es importante. Por qué voy a hablar del amor con materiales perecederos, por ejemplo. Y no me refiero a la opacidad, me refiero a los ítems que aparecen en el poema y que no suelen ser considerados, cómo decirlo, motivo de poema. El poeta da a una nada de aire habitación y nombre. Bautiza ítems desamparados, filma donde a nadie se le habría ocurrido. El envase es importante, no solo los ítems escogidos. El envase es importante. El cuerpo es un envase de sangre. Además, hay muchas personas hablando dentro de uno. Hay que permitir que se manifiesten.

Conservar la gracia de la primera versión, del primer borrador. El poema dado. El arte no premeditado. Ese original, lleno de defectos siempre es más vívido que las versiones posteriores. Es difícil y no necesariamente buscando se encuentra, a veces aparece solo.

Nuevamente la fondartización y esa alma de ejecutante, esa cosa tozuda, quizás neoliberal como diría Patricia Espinosa, de producción programática, se nota demasiado. Eso sencillamente no es poesía.

Es como la gracia, el swing, lo leve. Creo que hay que crear las condiciones para que se dé eso. Y no el tono de la prosa pesada. No hay que tener alma de ejecutante, en las escrituras programáticas es imposible que se dé eso, un verso o poema afortunado. Sí, algunos parecen empresas de sí mismos, tiene razón Espinosa, pero ella no escribe sobre poesía, escribe solo sobre narrativa. Me imagino que debe leer mucha poesía porque es una bolañiana declarada.

Hay lujo y precariedad. La elegancia infinita de alguna gente y filmar donde otros no han filmado, poner la cámara donde muchos evitan mirar. El neoliberalismo hace rato muestra su herrumbre, sus elefantes blancos cansados. Un centro comercial es algo muy parecido a la poesía chilena: monumental, desproporcionado, imponente, la dictadura de la apariencia y el dinero. Pero tienen la fecha de vencimiento a la vista. Es como esos malls en las provincias del gabacho en donde solo se escucha el ruido de los skates y se aprecia la desolación de la mercancía, las ruinas de la sociedad de consumo.

En cuanto a los poetas, hay de todo en todas partes, pero hay en la poesía de algunos autores una cosa muy aterrizada y nítida, sin esa cosa metafísica o nocturna. Y la búsqueda de un lenguaje y dicción americanas y no europeas. Y también muy de voz baja y de cierto sentido de la medida, el verso menor, el instante. Eso es importante: la voz baja. Pero está en mil países y sincronías.

La voz baja y el trabajo colectivo son soluciones. Júntense a leer Hiperión de Keats, poemas largos, júntense con sus amigos y cerveza y té de muy buena calidad y lean de un tirón y por turnos las Elegías de Rilke por ejemplo, haciendo apuntes, haciéndose preguntas. Eso le decía a un periodista el otro día. Es la única manera de entendernos, de tú a tú, sin megáfonos ni nada que recuerde el habla patronal. Es el lenguaje del secreto, del amor, del luto, de los delincuentes cuando están a punto de perder la vida y se soplan la salida, el escape. Son las últimas palabras de un moribundo a su hija. Es el tono que va a permitir organizarnos, es el tono que debería caracterizarnos como sociedad pequeña, pero completamente receptiva. Hay que saber vivir en la cuerda floja sin aferrarse a ningún falo o boya. La asertividad es prepotencia y creo que hay que hacer equilibrio en la incerteza, en lo frágil. La asertividad borra todos los matices que hay entre un punto y otro. Elimina lo liminal y lo cromático. Elimina la vieja orden patronal, eso de hablar fuerte y claro. Todo eso es puro autoritarismo que se cuela luego en todas partes, incluida la poesía, la literatura. La frase sujeto / verbo / predicado, sin subordinadas ni interrupciones, la frase “esto es así, esto es asá, eso es así porque esto es asá”. Todo eso es pura prepotencia. En los momentos importantes, que son el amor y la muerte, se habla en voz baja. No se habla fuerte en la cama ni en una despedida. Me imagino que existe en los amantes el arte de provocarse sonrisas, de cuidar su momento. Además, incluso el país debería caracterizarse

—y en sus mejores momentos lo hace— por un espíritu femenino, receptivo, permeable.

Las imágenes demasiado hermosas son como la flor de cordillera que les mencionaba hace un rato, casi secretas. En cuanto al tema, a veces se nota lo programático, el proyectismo, la tarea de alumno esforzado, lo que querían los profes en mi época: trabajo sin placer, “que le cueste”, lo que quieren los evaluadores de fondos estatales. Se ve mucho de eso. Pero quizás uno tiende a escribir permeado por el ámbito que está visitando. Digamos, estás escuchando cierta música, o no sé, trabajando en un jardín seco y en pendiente de precordillera a picota limpia, tratando de nivelar con la cara del protagonista de Psicosis cuando teclea una única frase. O viendo cine de un solo director. O revisitar cierta música o subiendo cerros o lo que sea, cualquier actividad que estés caminando, explorando. Estás por un periodo en ese mundo, ese es tu mundo por un tiempo y llegas a soñar con él y eso se cuela en tu escritura. También aparecen imágenes, a veces, que son lo que los cristianos llaman milagros. El proyectismo y formatismo se oponen a las poéticas de la interrupción, de la ocurrencia de la tercera cerveza, el desdecirse, todo lo que hace el poeta Martín Gambarotta. Al no haber certezas, asume su posición en la cuerda floja y le manda cualquiera, se desdice, reconoce que olvidó una cita de un personaje griego, comunica con urgencia las noticias del país bajo la locura menemista o cualquier otra sicodelia latinoamericana. Porque eso fue la revuelta el 18 de octubre: una fiesta. Una fiesta con todos los subjetivos en la mesa. Eso fue lo que vimos con Gambarotta por la televisión en su departamento en Buenos Aires. Los argentinos estaban pendientes de lo que había explotado acá; había, de hecho, un candidato admirador del modelo chileno. Pero se rompió esa ilusión óptica.

Celebrando la caída de Macri, casi no dormí esa noche y me vine a Santiago y me metí a la primera manifestación que me encontré. A las marchas uno se metía sin saber si eran de jubilados, homosexuales o estudiantes endeudados. Daba lo mismo. La genuina alegría alcanzaba para todos. No olvidemos el hecho de dar cara a una policía con orden de disparar a los ojos. Se murió la ilusión óptica y ahora hay que ver qué hacemos: por lo pronto, saber escuchar, trabajar en equipo, eliminar los liderazgos carismáticos que no sirven para nada. Cambiar las grutas a Lemebel por la lectura de Lemebel. Lo mismo con Mistral. Aprender a organizarse y ponerlo a prueba subiendo un cerro u organizando una fiesta. Fiesta, fiesta. De eso se trata la revuelta, que no cree en líderes. Quizás la misma Unidad Popular fue una gran fiesta. He visto gente estudiando Filosofía con algunas fotocopias en el cerro. A la montaña no se llevan libros, solo páginas, la montaña es una antologadora estricta, he visto muchachxs leyendo poemas luego de caminar kilómetros, en las alturas.

No te pido que

tomés lo que te sirvo

pero por lo menos

sostené bien

el vaso

es que no sé

dónde estaba.

No me acuerdo

dónde estaba pero

lo dejé donde estaba.

No tengo ganas de hablar.

Está mal si no tengo ganas

de hablar. Tengo ganas de volver

a ser morocha.

El poeta habla de cena con whisky en Seudo. Parece una clave de los excesos del neoliberalismo cavernario, una fiesta del derroche, una fiesta del neobarroco kitsch, la degeneración de la mercancía,. De todo eso el poeta es un testigo. Es un poeta testigo, con algo de mirada de niño, de exiliado que llega y no entiende nada de Sudamérica, algo de yonqui (aclaremos que el autor no lo es, nos referimos al hablante).

El capitalismo degenerete provoca esa fascinación, esa mirada de poeta.

El poema se da en sitios en donde tiembla o en pueblos nómades que huyen, dice Chris Marker en Sunless. El boceto, el trazo rápido, esa cosa medio atarantada, brusca, aparece en los poemas de Gambarotta, por eso habla del rayo, que es como su grafía, como su poética. El rayo es trazo rápido, se derrama, no tiene patrón, parece dibujar un carácter chino, es poundiano (resume en segundos una imagen veloz).

El movimiento del poema es desde afuera hacia adentro, no es la exteriorización de una histeria y afán de posesión, toda esa cosa barroca, glotona, gigantista, enferma. Por supuesto, y aquí sí que me atrevería a hablar de influencias que están fuera de la literatura, hay cosas que están en esa pulsión, las Notas sobre el cinematógrafo de Bresson, algunos libros religiosos, ciertas prácticas de silencio en donde se puede apreciar la relación íntima entre las cosas. Lo frágil. Por ejemplo, luego de mucho esfuerzo trabajando como garzón, leer y llegar a un estado muy sensible en el que te pone el trabajo duro, el ayuno, alguna práctica deportiva. En ese espacio cualquier cosa se puede romper o destemplar con alguna frase prosaica, imprecisa, con una grosería descriptiva de narrador de brocha gorda. Las palabras que salen por ese espacio sumamente estrecho en donde todo se puede morir si das un paso en falso son lo que yo concibo como poemas. En algunas ocasiones, en otras uno quiere vacilar y sentir, el flujo, la improvisación, la textura de la charlatanería en donde no importa el contenido.

Escribí que quería ser copero o garzón, taxista. A partir de un verso de Martín Gambarotta. Si no hay placer, esto no tiene ningún sentido. Si me agota, me detengo. Hay que bajarse de inmediato. La figura del taxista feliz que anhelamos ser a veces es una figura, luego un anhelo, una nostalgia. Y lo de los coperos o garzones es un decir, porque es un trabajo muy duro que hice pocas veces; los garzones, además, son sagrados porque alguien que te sirve la comida con un rito y una sonrisa es sagrado (la poeta Stella Díaz los agarraba a chuchadas con una voz de barítono sin motivo alguno, y lo terrible era que le celebraban eso). Siempre he tenido una admiración enorme por todo oficio que involucre e integre el cuerpo físico, la poesía es otro, quizás; pero si no hay cesura, no puedes continuar. Sin un recreo no es posible seguir, por eso hay que tomar distancia cada tanto y sentir la materia, el oxígeno, la piel, el frío. La sangre.

Matías Rivas lo hace también, una especie de vergüenza neurótica y arrebatada. Pero es distinto en el argentino, es más alucinado. En Rivas pesa la culpa de clase, él mismo es un choro de oligarquía, no un zorrón. Tiene esa prepotencia chilena apreciable en Zurita, Bruno Vidal, en varios otros. Pero le pese a quien le pese, tiene audacia. Publica cosas que varios quisieran ausentes. Esa no la hace nadie. Es neurótico, quizás es un rasgo generacional, o local. De cualquier manera, nadie mejor que Gambarotta para describir esa culpa o vergüenza neurótica:

En el asiento de adelante: los artistas; en el de

atrás: los

trabajadores. Sin ser ninguna de las dos cosas iba

en el de atrás haciéndose el trabajador, el huelguista,

pensando cómo hacer plata desnudo.

Cuando me preguntan qué hago, en general, con mucho pudor, digo: Varias cosas; me cuesta decir que practico alguna disciplina. Llevo unos años practicando un par de cosas y es evidente que todo se aprende. También a escribir medianamente bien, sin lugares comunes. Pero luego hay que salir de ahí, encontrar tu tono y decir algo. Cuando me preguntan qué hago digo que soy vendedor en una tienda de comida para perros, algo que le copié a otro Germán. Además, en una sociedad completamente filistea, decir que escribes es quedar completamente expuesto, quedar fichado para siempre, siempre la pregunta extraña al sujeto extraño, todo eso. La figura del poeta como alguien extraño es anticuada e incómoda, molesta. Yo creo que no hay que darse color o si no la comunicación se torna muy densa, muy difícil.

He tenido suficiente de bares y esa vida bohemia. La disfruté. Pero no bebo hace un año y medio. Quiero serenidad porque se vienen cambios muy fuertes y hay que estar en forma y, además, los músculos —no sé por qué obsesionan tanto a ciertos periodistas y columnistas— lucen lindos en las primeras líneas. La última vez que vi al Pepe fue en Valpo el año que pasó, en una mesa con Jaime Pinos y con la sicóloga y exbasquetbolista Javiera Day, y el Pepe preguntaba cosas sobre las benzodiacepinas. Una conversación digna de una película de Raúl Ruiz sobre cómo se deteriora la memoria: “¿Ah, sí?”, decía con ojos grandes, como de niño, quería saber cómo y dónde conseguirlas sin receta, pero le daba vergüenza de niño preguntar a rajatabla, el efecto de alivio que proporcionan a alguien como él, que es extremadamente nervioso. Nadie bebió o si lo hicieron, fue muy poco. Todos mirábamos con estupefacción y a punto de la carcajada la conversación del Pepe con la Javiera: Raúl Ruiz puro. La otra vez lo vi en el Paseo Ahumada, es como un niño al que le parece extraña la realidad, tal como el hablante de los poemas de Gambarotta.

Mucha gente que habla de nomadías desde la academia no tiene idea de lo que es vivir a salto de mata, vivir en varias casas llevando lo mínimo en un bolso. Y hablan de nomadías p’arriba y nomadías p’abajo desde sus casas enormes en las comunas caras. Recuerdo el poema “Los letrados” de Gonzalo Rojas. Ese poema del Gonzalo habla de lo libriento, que no te sirve a la hora de un naufragio real en el sur de Chile, en una embarcación pequeña con el mar picado y la oscuridad cerrada. Hay que saber jardinería, algún arte marcial, albañilería, creo yo. Hay gente que traduce a poetas anglosajones del siglo XII, eso es delirio. Pobre gente, y citan a Borges. Pobres. O la oscuridad del norte y su frío. Es un poco como lo que dice Tyson: “Todo el mundo tiene un plan y una estrategia hasta que le llega un combo en el hocico”.

Quizás por eso siempre pensé y le he dicho a alguna gente que el poema debe estar conectado a los quehaceres, a la montaña, a los deportes náuticos, a la navegación real. Ayudar en un bote de pescadores, ser medio pollo en una construcción. Aunque no soy vitalista, o no siempre empiezo por la experiencia —empiezo por el otro, por las cosas, no por mí—, me parece fundamental algo de vivencia, cuélese esta o no al poema. A veces no se cuela, pero refresca a la persona que la escribe, la saca de su languidez de marcapasos. Por eso es importante que las personas que escriban conozcan algo de su propia ciudad o ciertos trabajos o la natura y aunque sea por un momento, corten ellos la leña.

Me han asociado a la ciudad, en especial a Independencia; también a La Reina, que aparece en un libro de prosas, y a la torre de la esquina de Provi con Antúnez, cuyo oc- tavo piso todo el mundo fantasea que es un aguantadero clandestino de poetas que llegan en todas las condiciones y en todo tipo de aprietos y muchas veces con alegrías y regalos. Se ha llegado a afirmar que ahí ejercen una especie de misas o sanatorio de almas perdidas y vagabundos, entre otros rituales. La clave de ingreso era “Mowgli de la selva”, pero la cambiaron porque se les infiltró un estúpido al que sacaron poniendo en práctica años de artes marciales. También se me asocia al centro de Santiago, al Paseo Ahumada de Lihn. Pero la mudanza constante propicia la ampliación de amigos y conocimiento de ciertos lugares, empiezas a asociar lugares y sensaciones. Un mapa asociado a palabras, gente, emociones. Mi paisaje es urbano, pero como un poeta me enseñó a caminar cerros, me di cuenta, por ejemplo, de que hay flores tan especializadas y tenaces que crecen en las alturas casi desde las rocas y con unas temperaturas bajas y bruscas en sus cambios y muy poco oxígeno, pero son exclusivas —élite y marginalidad son sinónimos, eso obvio que lo sabes— en el sentido de que no se dejan ver a no ser que hagas un viaje, una travesía. Solo se dan en ese entorno que alguna gente considera hostil o carente de vida. Son como poemas, no sé cómo puede mantenerse esta tradición del poema en un clima tan hostil, sordo, filisteo. Traté de sacar una y estaba agarrada como con alambres de acero a la roca. Resistencia. ¿Sabes cómo es la vida de una puma de montaña? Parecida a la de una madre soltera. Todo tiene su impuesto; en este caso, para apreciar esa belleza hay que subir muy alto. Lo hermoso y escondido me interesa, y algunas especies pequeñas, dioses pequeños, dibujos de niños, gente anónima cuando sale del trabajo a la hora del crepúsculo y que tiene una elegancia y dignidad que te hacen comportarte a la altura con solo pasar cerca de ti. No es tan fácil presentar lo que viste o sentiste a otro, a veces da la impresión de que esas imágenes se presentan para que sigamos viviendo, no para escribirlas. Pero el intento es el poema, creer en la posibilidad y o esperarla. Yo nací en la parte norte de Santiago, cerca del centro, de Mapocho, la Vega, el Instituto Médico Legal, el manicomio, los cementerios y hospitales, el Hipódromo y el Santa Laura, a pasos del centro. Era simplemente mi paisaje, no sé si había algo tan intencional al escribir sobre eso y no comprendo por qué parece raro o novedoso, pero era distinto y acá el que juega diferente se nota de inmediato porque es una sociedad de formatos muy rígidos, una sociedad muy histérica con la ampliación del campo cultural. Una sociedad que esconde a sus viejos, enfermos o cualquier cosa que sea distinta. Escribí sobre, o desde, ese lugar porque era mi paisaje. No sé cómo habría escrito si hubiera nacido en una sociedad satisfecha, o en los bosques del sur. Son escenas o momentos de mi entorno, instantes cuya emoción y misterio intento comunicar. Si cada día no nos presentara una gracia, una extrañeza, una sorpresa, probablemente no seguiríamos viviendo. Todos tenemos acceso a eso. Todos, todes, absolutamente todos y cada uno de nosotros.

No me di cuenta y hablamos de Mudanza, que es el nombre de un poemario del Zambra. Era muy divertido cuando lo veíamos con otro escritor y nos acercábamos. Podíamos notar su miedo, su embarazo. Nuestra idea era ubicarnos al lado de la ministra o de Herralde o de cualquier atún con mucha carne que estuviera al lado del novelero, y decirle con voz de calle: “¡Negro, vamos a tomarnos una cañufla!”. Lo veíamos tiritar cuando nos acercábamos. Se desplazaba. Y ahí íbamos nosotros otra vez.

En cuanto a los nombres propios, una buena estrategia es subrayar los anónimos y restar importancia a los que pertenecen a la alta cultura o directamente omitirlos. La pompa se transforma en chiste.

Otro punto con respecto al nombre propio: recuerdo cuando madres y abuelas decían “una persona” para no dar huellas de identidad de género ni rastros de quien estaba hablando. Me veo imitándolas cuando intento evitar género porque no soy tan audaz como para usar el inclusivo.

Por otro lado, las mayúsculas y minúsculas hay que explicarlas muy bien a los editores, eua va con minúscula, dios va con minúsculas, otras cosas zafias y berretas van con minúscula. Si te toca un editor paco que no entiende el sentido de eso, hay que perder muchísimo tiempo explicando tu opción. “Chile, país de editores” llamamos a un diálogo humorístico en la torre de Carlos Antúnez.

Las palabras son ninjas que caen a la niebla de la página. Ninja significa no income, no job, no assets. Ninja es un concepto de la jerga de los créditos hipotecarios. Se usa cuando las entradas de dinero del que va a adquirir el crédito no son comprobables, como lo son las de miles de chilenos. Entonces se habla de un crédito o una hipoteca ninja. Me pareció hasta rara e interesante la imagen. Todos sin excepción somos parte de ese proletariado urbano,¿o tú vives en Saint-Tropez, tienes un loft en Brooklyn y plata en un banco suizo? No es así. Excepto un porcentaje mínimo de la población, todos en Chile entramos y salimos esporádicamente de esa incertidumbre económica, que nadie se haga el que no. Todos cagan más alto de lo que tienen el culo. Pero milenials y centenials son más vivos y saben mejor que nadie el tema de la precariedad. Saben que no tendrán acceso a una vivienda ya que para adquirir un crédito necesitas demostrar ingresos. O sea, en la jerga de las inmobiliarias gringas en Chile no te dan siquiera un crédito ninja. Esto lo sabe la gente joven, sabe cómo será su futuro y no tiene nada que perder, así que mejor intentar cambiar las cosas, aunque el país sea muy reticente a cualquier tipo de cambio.

Esto explica la revuelta de octubre; como padres, nos llena de orgullo, y también de miedo de saber que estos infames pueden derramar sangre joven, mutilar, disparar a los ojos y todo eso.

Es el país del neoliberalismo más feroz, según gente del propio mundo neoliberal; recuerda lo que dijo Luigi Zingales de la Escuela de de la Universidad de Chicago —en donde Friedman impartía clases a los Chicago Boys para hacer experimentos económicos en Chile—, o sea, que los mismos economistas liberales encuentran que esto ni un país sino un club de golf rodeado por favelas. Son los mismos capitalistas quienes dicen que Chile es como la Sudáfrica del apartheid, rentista y mal administrado, en donde los bancos socorren a los grandes, las empresas pueden fracasar porque a sus gerentes, por cosa de contactos, nadie los va a dejar naufragar. O el inversionista israelí Arnon Kohavi que se fue espantado de Chile, donde pensaba iba a crear otro Silicon Valley y terminó descubriendo que no había movilidad, que es una sociedad muerta incluso para los neoliberales de verdad, de los centros.

Volviendo al tema de la vivienda, sobre el habitar y las casas, hay mucho paño que cortar, mucho poema sin escribir. El mundo de los edificios nuevos con sus relaciones y subjetividades no está retratado, todos andan en otra parte, nadie paga dividendos, quizás viven en el Parnaso o en algún lugar así en Lugano, Suiza.

La misma huevada siempre, abramos un poco el juego, cada estrechez de cabeza nos debería costar otra réplica fuerte del estallido social, a ver si como sociedad la ve- mos de alguna vez. No hablo de las constructoras ni sus prácticas, eso es otro tema, estoy hablando del habitar y los subjetivos y mundos que hay dentro de esos edificios. No hay literatura de los nuevos edificios y alguien tiene que escribirla, hasta el momento solo tenemos los clichés críticos —disfrazados de amor al espacio y la arquitectura— de rechazo a esas construcciones que interrumpen sus plácidas vidas provincianas.

La narrativa es ficción y en muchas cosas que he leído no la hay; a la producción nacional, me refiero. Se limitan a decir “las cosas fueron así como yo digo en tal década”. “esto fue así y esto fue asá en los noventa”. Es noficción disfrazada. El cuento, que es algo que me interesa, no les interesa a las editoriales. Un cuento de Óscar Barrientos de Paganas Patagonias es lo mejor que he leído desde “Últimos amaneceres en la Tierra” de Bolaño. Me gustó “Qué hacer”, el cuento de Paulina Flores, aparece lo laboral, la cesantía. Eso es nuevo, este país es demasiado clasista y esa chica es inclasificable, los pone nerviosxs. Ni hablar, siempre hay envidias además, porque ella no pidió permiso a nadie y saltó directo al mundo editorial grande.

Ese cuento es una pequeña tesis sobre un aspecto de la infamia neoliberal que no había visto en otra gente. Además, no creo en eso de buscar un pegamento ad hoc para dar la ilusión de gran sistema. No hay que tener afán de cerrarlo todo en un gran sistema filosófico o narrativo y buscarle un pegamento, que eso es muchas veces la novela. No hay que desesperarse con la incertidumbre ante un cambio de tono o de tema. Eso de buscar el amparo tan rápidamente. Esa cosa fálica. Unas chicas pusieron unos memes que decían “no eres tú, es tu marco teórico”. En vez de resultar castrante deja claro el apego, el aferrarse ciego a cualquier cosa —a cualquier falo— por agorafobia y miedo.

Ese movimiento anónimo, sin líderes, nos dejó llenos de alegría. Con toda la humildad del mundo y sin tratar de utilizar esa causa como agua para el molino de alguien, que eso cacharon de inmediato lxs muchachxs. Se fue a meter Jadue del PC y por poco lo echan a patadas. No, de ingenuos, nada. Ya está lleno de frescas y frescos que se ponen sonrientes y con colmillos brillantes al lado de la caja. Y eso lo saben los de la revuelta. Personalmente, no firmo cartas ni salgo en fotos apoyando la causa porque eso es una inversión para cobrar después. Con eso tenemos que estar alertas.

Yo asisto a las marchas como un ciudadano más. Las madres y padres que tienen mi edad ven a sus sobrinos e hijas ir a las manifestaciones y como padres estamos orgullosos, pero con miedo a que les pase algo, que les carguen algo o les hagan una celada, por eso la aprobación de algunas leyes que criminalizaban a nuestra juventud son tan graves, porque está la figura de la hija, del hijo. La figura del hijo es crucial para entender lo que se ha escrito los últimos años. Hay algunas páginas de Facsímil de Zambra sumamente bien escritas sobre paternidad, y en ese tiempo el novelante no era padre, o sea, un punto. Creo que tenemos que hablar más de los poemas.

Una cosa curiosísima con respecto a la gente que ha reaccionado y denostado esta gran performance que fue la revuelta tiene casi ribetes oníricos, y es que varios ar- ticulistas se obsesionan —podría hacer una carpeta con eso— con los músculos de los gladiadores jóvenes, e incluso con los cuerpos de las milfs y dilfs con cuerpos súper bien cuidados qu constituían las líneas de la revuelta. Rarísima la obsesión con los músculos, deseo solapado me imagino. Los cuerpos se cuidan porque tienen que durar para siempre en un sistema sin salud y porque hay que hacerle a cualquier pega. “Mis manos son lo único que tengo”, cantaba Isabel Parra en un tema bellísimo de Víctor Jara de ese disco sobre una toma.

Muchos que son profesorxs durante el año, trabajan de temporeros en vacaciones, de garzones; he visto gente de oficina mudarse y poner en la mochila su ropa de trabajo. Salió una periodista completamente irresponsable —no voy a dar el nombre, cada uno sabe las canalladas o cagadas que se manda— que entrevistaba a una chilena que trabaja con maras y pandillas en Nicaragua y que asociaba el despertar con el narco; el despertar es completamente antinarco y hay carteles, campañas y control sobre eso. Asociar la revuelta con el narco es un golpe muy bajo. Y el tema es que cualquiera escribe en la prensa cualquier barbaridad y no hay cómo responderles. Están acostumbrados a eso, a pegar y no querer recibir de vuelta. Sabes, quizás por eso escribí prosa, porque faltan piezas y es todo muy impune. Yo voy como otro más a las marchas, no como escritor, con un grupo de amigos que escriben, pero no vamos en calidad de escritores ni firmamos cartas colectivas ni cosas que en el fondo son para demostrar superioridad moral y especialmente para ponerse al lado de la caja. Así que todos esos que entrevistan o gente que trabaja con excluidos pensando que con eso tienen el trabajo hecho, se pueden unir a la Teletón. Los demás buscaremos otras formas. Hay varios que ya están calculadora en mano, así que ojo con eso porque esto es un cambio de actitud, de personalidad. No cambios como ese golpe en el estado de ánimo que fue la recuperación de la democracia, ese fraude, ese balde de agua con mierda y químicos de carro lanzaaguas que fue la transición.

Hay que estar superalerta porque van a querer hacer acuerdos y detener los cambios, y además estar alerta con lxs aprovechadores de siempre que se ponen al lado de la caja. Pero ha sido onírico, orgásmico.

Muchos se suicidaron o murieron antes del 18 de octubre de 2019 y no alcanzaron a ver esto. Una verdadera pena porque la alegría los habría hecho volver a la vida. Hay que volver a la vida.

Antes se hablaba de escritura en el cuerpo, de la muerte del autor, del anonimato de la obra. Todo eso es puesto en escena. La revuelta tiene ribetes oníricos de tan real. La Primavera, Despertar o Revuelta de octubre es una fiesta histórica que afortunadamente dejó con pánico permanente a la clase política, que no sé si habrá parado de gozar, pero al menos no lo hace con tanto descaro. Sin las redes sociales o el aire de la globalización que trajo a economistas como Luigi Zingales —de la Universidad de Chicago, la misma que instalara el modelo neoliberal en Chile— junto a Ignacio Briones todo compungido y Lavín tratando de ver cómo quedaba bien parado, un liberal diciendo que este país es manejado por un par de familias, que eso no es libremercado ni competencia. El cerco estaba muy corrido y el contacto con otros pensadores y realidades vía web fue una de las causas del estallido, lo mejor que le ha ocurrido al país en muchas décadas.

Es además algo que siempre quise ver: la figura del líder y del santo reventada en el suelo, hecha añicos, reemplazada por otros símbolos más amables y divertidos: el matapacos, superhéroes provenientes de los cómics, del animé, un montón de símbolos —y no un símbolo único— mucho más amables que esa cosa grave y pesada del líder sesentero. Cuando el escalador subió al obelisco de Plaza Dignidad a colgar el lienzo “Arriba las almas insurrectas que quieren ver vencer al pueblo” e hizo que la gente alzara la mirada, pensé que eso iba a salir en todos los medios, ese rugido de aplausos que lo recibió al bajar; pero no fue así porque cada día hay una performance que supera a la anterior. Y además, todos rechazan la autoría. La muerte del autor, el sueño de lo colectivo y lo anónimo. Estas manifestaciones están tomando ribetes oníricos. Parra hablaba de espantar al pequeño burgués, este es el arte que espanta al pequeño burgués, ya no pueden jugar a ser escritores paseándose por el Drugstore con el pelo mojado y con niñas menores que podrían ser sus bisnietas, o soñar en la figura de escritor que firma libros como Ethan Hawke en alguna película de Linklater. Ver fotos de escritores es una cosa muy chocante y da entre risa y lástima. No, no es así la cosa. El único cliché que se cumple es el de las fobias, el melindre, la hipersensibiliad burguesa que erige una pirca a su alrededor.

Da un poco de risa el divismo en países pequeños, da risa el divismo en cualquier parte porque quien es verdaderamente profesional no tiene tiempo para el divismo y es humilde con quien le da de comer viendo sus funciones, series o lo que sea.

Esto nos tiene que modificar la letra a todos, y al que no se la modifica, es porque es estúpido o vive en Marte.

Foto portada: @raulpizarroartist

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Última modificación: 15 noviembre, 2021