Quiero hablar de un libro, Pumas en la Alameda (Tadeys, 2020), porque murió Maradona, porque él era un puma y porque Germán Carrasco logra en este libro hablar de un intermedio, un espacio intersticial, entre un tiempo que va a ser consumido en el tiempo y un tiempo que se apresta a surgir de la combustión del pasado, un libro desde el que sujeto se sitúa y se analiza, se pone en ridículo y se sentencia, a través de dos movimientos: cripsis y aposematismo.

La cripsis es susurro y rumor. Un mecanismo de defensa y una forma de hablar.

La cripsis consiste en salvarse La cripsis consiste en fundirse en el contexto para ojalá pasar desapercibido y salvar la vida. Está relacionada con el poema en voz baja, con la palabra leve que se confunde con una nota hecha a mano alzada, con una palabra que aspira a la levedad, a la nota o boceto. Usa verbos modales y potenciales y hace un uso excesivo de los quizás y los tal vez. Carece de la asertividad valorada en territorios que adoran y extrañan el cepo y el látigo, en países donde se rinde culto a la autoridad y el poder. Lo asertivo es palabra dictadurizada, pero es muy poco lo que podemos afirmar con certeza. Ni siquiera nuestra pertenencia a un lugar.

El aposematismo, otro mecanismo de defensa, se ancla en lo visual:

“El aposematismo, proceso contrario a la cripsis, también es un mecanismo de defensa, pero su estrategia es distinta: hace gala de todos los colores vivos que señalan contenido venenoso. Pero hay un tercer tipo de especie que sin poseer la toxicidad de ciertas especies como ranas y mariposas, imita a estas para hacer creer a los depredadores que son tóxicas. Pero no lo son. Y logran confundir a los depredadores. Este proceso se llama mímesis. Es como cuando Juan va a un barrio extremadamente peligroso y se pone una polera que dice bjj o mma. Aunque Juan no sepa absolutamente nada de esas disciplinas, camina de una manera relajada, firme y segura. Esto último se llama actuación o performance”.

Aunque parece estar hablando de animales o poesía, Carrasco también habla de política: de la identificación y las taxonomías, la vieja paradoja de la búsqueda del conocimiento que extractiviza sus objetos de análisis: mientras unos se esconden y hablan en voz baja, como amantes o terroristas; otros se disfrazan, exageran su imagen visual para esconder mentiras o veneno. Es la naturaleza contra la explotación capitalista, es el poeta contra el funcionario literario, es el ciudadano enfurecido contra la violencia ilegítima de la autoridad. Son formas de desaparecer, de anular el yo en el silencio o la estridencia.

 Durante la pandemia bajaron varios pumas a Santiago, andaban por las calles, con una caligrafía rápida, de repartidor, de bodeguero. Hermosos y asesinos, a ratos tiernos, los pobres fueron perseguidos, apaleados y muertos (algunos) por la falta de hábito. Es como pasa con quienes buscan explicar los sistemas de obras del pasado: son incapaces de sentir la inminencia, otros modos de representar, porque no tienen los hábitos para apreciarlos. La cosa no era esa, de todos modos, los pumas también son los jóvenes que están en la calle, encapuchados, con mascarillas y lentes, sin rostro.

Sólo te ama quien logra verte aunque los demás no adviertan tu presencia. Sólo puede acceder a tu alma quien logra advertir tu presencia, como esas sensibilidades especializadas capaces de distinguir una liebre blanca en la nieve o un puma en la montaña.

            El estado de embrujo, el enamoramiento, o la percepción niña, esa en la que todo ocurre por primera vez y cada sorpresa es verdadera, ese es el amor, quien reconoce más allá del secreto o el disfraz, quien vulnera la defensa, este modo de interpretación, devela, revela y rebela.

            Cripsis, de cripta, algo escondido, funéreo, relativo a la muerte o el más allá. Ad plures ire era la forma que usaban los viejos romanos para referirse al morir. Aposematismo, la señal de lejos, el amague, la finta, la magia, mientras otros jugadores marcan la jugada en el espacio, atraviesan la nada como Voyagers, sin temor ni compañía.

            Pumas, concentrémonos en los pumas: de ellos se habla y la voz de los poemas es ágil y silenciosa. Pero hay una contradicción hermosa que atraviesa los poemas: se dice lo que no puede decirse, se le da imágenes a ese silencio y luego se pronuncia, la escritura y la voz. El poema a veces pasa piola, a veces hace show. Lo que Carrasco describe es una interacción entre el ocultamiento activo y el pasivo, se habla de pumas y de ciudadanos, obreros y obreras, trabajadores.

            Se habla de los vendedores ambulantes, los mozos, los obreros, de Raimundo Contreras, personaje de Pablo de Rokha:

Ternura y elegancia de flaite. Dignidad de choro. Raimundo

vocea las aguas minerales en el Metro coordinándose

por celular con los demás vendedores

para no coincidir en los vagones.

            El puma es Raimundo, Raimundo son los pumas, quienes son una chapa, un movimiento que atraviesa la masa con una individuación móvil e innominada.

            Sin una heroicidad más que la supervivencia, este personaje llena el teatro del mundo, pero sin ser visto. Es un animal salvaje y el animal que se cree domesticado. Solo los muertos no devuelven el golpe, dice en alguna parte Carrasco, quien pareciese insuflar a Raimundo de ese carácter funéreo, de médium, entre la cripsis y la expresividad, entre la sobriedad y el aposematismo.

Y pasa Raimundo garzón con parrilladas

en braseros de greda ardiente. Sin tocar a nadie

como un puma en una noche de escopetas

(…)

Los meseros son sagrados porque sirven comida

y son elegantes y guapos.

                                    (…)

El cabro sabe que a los choros de verdad a los brígidos

no se les retira —por ningún motivo— nada de la mesa

aunque las botellas estén a punto de caer al suelo.

Eso es código, y el cabro no hace tonterías. Código

de los que algunos no saben nada. Un Perkin culiao pavo

afirmó en broma que a su hija le iba a poner Dignidad

en plena violación de ddhh y en plena revuelta

para hacerse el políticamente incorrecto.

Güeón con ganas. Güeón rotundo. Y encima llegó tarde

incluso a la moda de la incorrección política cínica.

            En este punto la descripción de la fuerza de la mudanza, personificada en Rai, se vuelca en su límite, es decir, en aquello que no es. Si a lo positivo y renovador se le han aparejado los campos semánticos de palabras tales como: choro, código, velocidad, indeterminación y la precisión en el trabajo, aparece el enemigo, que no alcanza a ser némesis, sino una suerte de excrecencia de un sistema aparentemente competitivo, el literario, que se mantiene sin mayores cambios por la rigidez de las estructuras del poder: este es el perkin, el sapo, el güeón y el pavo. Si el choro es, de alguna manera, el representante del mundo popular en su búsqueda de autodeterminación y existencia fuera de las reglas convencionales de la burguesía, el perkin es el policía de civil de la metafísica burguesa. Acomodado, carente de talento, muchas veces flojo y dado al soplonaje, la animalidad de sus características negativas en general tiene que ver con lo invariable. Los chilenos vivimos atrapados en nuestra lengua. Suena raro, pero es verdad. El que nace en una clase habla de una manera y, salvo que sea artista, solo desarrolla ese modo particular de ser, solo despliega su destino. Por eso el buscavidas, el patiperro, el movedizo, el maestro chasquilla son algunos de los personajes que desarrolla Carrasco en este carnaval alegórico que propone sobre el eje de la avenida Alameda.

            Así, el enemigo funcionario que se rio de la revuelta, también la quiso criminalizar relacionándola con el narcotráfico. Intuyo, a esta altura, que Carrasco despliega un campo de batalla físico y simbólico: la Alameda, avenida que cruza Santiago y expresa las profundas diferencias sociales y espirituales del extremo alto y privilegiado de la ciudad y los extramuros de la carencia. Por una parte, quienes a través de un castellano comercial y comunicativo perpetúan las injusticias, los prejuicios, la ignorancia y el odio tanto a lo nuevo como a lo distinto, es decir, los funcionarios de la mediocridad, los perkin (sustantivo común que viene de uno propio que refería a un mayordomo en una ficción), quienes por definición son subalternos y en su condición de guardias o policías obedecen y buscan que todos obedezcan. Por otra parte, ajenos al partido del orden, los jóvenes, potencia viva y contradictoria, feliz y mortal, se desperezan con la promesa de un nuevo milenio y desarticulan tanto la representatividad de la política como de la ficción. ¿Por qué nadie piensa en lo que pasa en Chile? ¿Por qué nadie piensa? Sería divertido cantar: “Pensar, pensar, otra forma de luchar”. XD. El joven no obedece, no quiere seguir la lógica coja de los adultos. Tienen razón y están equivocados. Esto no tiene nada nuevo, lo curioso es que todos los cambios vienen del mismo lado, es una fuerza zurda y chiquita que se escabulle, indeterminada. La juventud contra la adultez. Lo posible y lo necesario. Los pumas jóvenes, además, son aquellos que se esconden en la soledad, en los lugares eriazos, los que no se ven; es su mera existencia un poema, como las flores de montaña, clavadas en lo más profundo del nervio de la vida.

            Describir, pero sin identificar.

            La libertad del anonimato en tiempos que la mayoría solo quiere la fama.

            Es bien tonto seguir diciendo que este o aquella llegaron primero, que descubrieron esto, así que diré que reaparece Chile en los poemas, no como excusa geográfica o accidente anecdótico, sino que como punto de hablada, materia y destino, por eso la lengua es chilena y los giros y rimas visuales juegan con la particular realidad de Chile, pero con la voluntad de que esos juegos que eran cripsis sean aposemáticos. Porque hace tiempo que no leía un libro de poemas que no sonara a una traducción. Los nombres dan igual, lo interesante es el gesto. El poco cariño y la nula obsesión por la forma. Fascinación contenidista, ni siquiera con la materia. No hay modulación entre nombres propios y comunes, entre conjugaciones; por ejemplo, la aguda punción de ciertos pretéritos imperfectos terminados en “ía”. El sapo vigila y muchas veces corrige, pero sin saber la regla. Es como esos jurados que premian poemas sin siquiera leer poesía, porque se le da, por que es posible. Chile, país generoso.

            Este extraordinario y emocionante libro habla de una destrucción, de un campo de batalla, de una lucha y de las posibilidades que tienen quienes se han formado en la impermanencia de sobrellevar la carencia. Y también habla de trabajar con nada, de ser fantasmas, entre dos mundos, gente capacitada para construir con escombros, yeseros, constructores, pumas, poetas, ágiles ante el peligro, porque el peligro existe. “El famoso olor a combos del que hablan los choros”, esa figura preciosa que sintetiza la inminencia del enfrentamiento, además de intensificar la experiencia del tiempo introduce palabras y formas vulgares. Se nutre del habla más dinámico y codificado, el de la calle. “Calle para siempre”, reza un meme. Callar y la calle, dos caras de una misma moneda.

La grosería (viene de grueso, poco cuidado, abrupto, descortés), el garabato (el dibujo que no alcanza a ser) y el insulto (un ataque) son malas palabras, palabras que aparecen e indeterminan, pues no se mencionan para identificar sino para proyectar un mundo distinto, cobijado en la ambigüedad, en el que ciertas palabras, frases, imágenes logran la reunión. La misma palabra revuelta, quizás sea usada en un par de años más para llamar a las grandes convocatorias de festejo autodeterminado.

            Pumas en la Alameda es esto y mucho más. Un libro hater, como dice su autor, pero más un libro que quiere ser entendible, sin ser literal; que esconde y protege la belleza, sin robársela. Por eso quise compartirles este último poema, donde habla de la traducción en estos términos, de los más bellos que he leído en la pandemia: “Parchar, salvar, hacer la pega”.

eze z

Mi abuelo y padre trabajaban en la contru,

 eran contratistas y obreros a la vez.

Hablaban a grosería limpia

“¡Vienen a trabajar con el pico y los cocos!”

Decía mi abuelo cuando los obreros

se presentaban a trabajar sin herramientas.

Recuerdo muchas de las cosas que hablaban:

por ejemplo, un maestro yesero

debe ser rápido

con la espátula y el platacho

porque el yeso se fragua y seca

muy rápido y se puede perder

mezcla, o sea tiempo y dinero.

Son veloces, y cuando emparejan

la loza del cielorraso

con varas de madera

parecen hacer

alguna especie de asana,

tai chi o tarantela.

Hablaban mucho de loza

y cuando niño me llamaba la atención,

para mí la loza eran las tazas o platos

—hoy pienso en una loza funeraria—.

Además, trabajaban de blanco

y tenían la cara blanca de yeso

como si fueran fantasmas.

Una vez le pedí un dato a uno

y saltó y arrancó un trozo de pared vieja

y en ese trozo de pared vieja de yeso

escribió su teléfono celular

y una lista de materiales.

Luego siguió con lo suyo.

Paf papapapáf Pafpáf.

Guardé ese trozo de yeso

y lo tengo en la biblioteca

y cuando la gente lo mira

se queda largo rato

para descubrir qué es

y nunca aciertan.

Yo no tengo objetos de arte.

Los yeseros trabajan arrojando

material sobre un muro

como un pintor expresionista,

claro, es la imagen más obvia.

 Y buscan soluciones

también con mucha rapidez

 —como ocupar de libreta un trozo

de yeso de pared vieja—.

Y si no tienen algo, lo inventan

con alambres o lo que haya a mano.

Parchar, salvar, hacer la pega.

De igual manera trabaja

este traductor argentino.

Juan Manuel Silva Barandica (Mendoza, 1982) es licenciado, magíster y doctorado en Literatura por la Universidad de Chile. Ha publicado: Obra completa de Gustavo Ossorio (2009), Bruto y Líquido (AM LIBROS, 2010), Cetrería (Piedra de Sol, 2011- 89plus/LUMA, Zurich, 2014), Trasandino (Calabaza del Diablo, 2012), Casimir (2014, Calabaza del Diablo), Acerca de personas (2016), Ornitomancia (2017), Exterminio (2018) e Italia 90 (Calabaza del Diablo, 2015), y como traductor: La roca de Wallace Stevens (Calabaza del diablo, 2012) y Amor, amistad y matrimonio de H.D.Thoreau (Montacerdos, 2019). Actualmente es socio de la editorial Montacerdos y editor en Planeta.

Última modificación: 19 diciembre, 2020