Anoche soñé con el poeta Germán Carrasco. Sucedía todo así: estaba asistiendo a clases de una instancia muy avanzada y solemne de la Universidad de Chile, pongámosle un doctorado en letras, donde Germán dictaba una cátedra. Era su primera clase y representaba todo un desafío para él, poeta auto exiliado de la academia por vocación anti elitista, y también para sus alumnos, que intentábamos convencerlo de que ese no era un lugar de mierda, que allí podía existir aún la poesía. Yo, más bien, sentía que allí debía residir la poesía.

Supongo que todo esto sucedió por la influencia de la película Hasta que termine la guerra de Alejandro Amenábar, que vi antes de dormir. En ella se relatan los últimos días de Miguel de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca y su pulseada con Millán Astray y el franquismo. Una historia hermosa que alguna vez nos contó el profesor Luis Elmes en el Instituto Nacional, con tal pasión, que todos aplaudimos de pie una vez que terminó la clase. Fue una lección de vida y uno de los recuerdos más entrañables de mi vida académica.; un apasionado por la literatura encendiendo una pasión inextinguible en un grupo de imberbes. Entendí entonces que tanta lectura, tanto aprendizaje, tanto tiempo destinado no sólo era una ganancia individual. No se trataba sólo de buscar y rebuscar, sino también de encontrar y, sobre todo, de repartir.

En mi sueño, la clase era tensa, difícil. Germán hacía su mejor esfuerzo con discursos brillantes, que nos interesaban mucho a todos. De pronto, sin embargo, percibíamos que ya no se sentía cómodo e interrumpía su discurso para preguntar si alguien tenía algo que aportar al respecto. Yo sentía que tenía que bancarlo de alguna forma, pero no se me ocurría nada para decir y, de alguna forma, creía que mis alabanzas serían indignas de eso que él estaba transmitiendo.

Recuerdo que alguna vez lo llevé a FM Soldati, una radio comunitaria en Villa Fátima, al sur de Buenos Aires, donde por ese entonces transmitía un programa sobre migrantes. En esa ocasión, recuerdo, lo entrevistó Cristian, un muchacho de la villa que leía muchos poemas y que se entusiasmó un montón con la visita. Como todo sucedió en el horario en que Germán podía, tuvimos que improvisar un programa conmigo en las perillas. Entonces, recuerdo, fuimos presos de la misma sensación que el sueño: queríamos atrapar su discurso en un marco que lo constreñía e imposibilitaba.

Anoche discutimos un poco sobre esto con Lucía, luego de la película. Ella aseguró que el de Unamuno era el típico caso de intelectual inorgánico que tarde o temprano se ve absolutamente sólo, en medio de tensiones sociales que lo superan. Yo, sin embargo, creo que Unamuno, por el contrario, era el espíritu de su generación hecho carne y si quedó sólo, como Neruda en el 73, fue porque esa era su apuesta desde el comienzo: afirmar lo que puede un individuo y, por tanto, lo que podemos todos ¿O acaso hay alguna racionalidad colectiva para enfrentar a la muerte cuando esta le sobreviene a una época? Unamuno decía que él no pertenecía a ningún partido y que, en cambio, seguía entero. Neruda, en cambio, escribió grandes poemas al Partido Comunista y al estalinismo. Con ambos murieron épocas que ellos supieron elevar hasta alturas insospechadas. Y quizás de esto se trate todo en estos tiempos oscuros, de crear una nueva epopeya para nuestra época, antes que esta nos pase por encima.

Última modificación: 12 abril, 2020