Hay una similitud en los siguientes versos: “The force that through the green fuse drives the flower” de Dylan Thomas y “La savia empuja subiendo a la rosa” de Mistral. Probablemente son muchos quienes pensaron en esa fuerza erótica lenta, paciente y poderosa que sube por el tallo y hace crecer a la flor o la rosa, símbolo de la obsolescencia de la belleza. Y de la vida, razón por la cual los yakuza se tatúan sakura, la flor del cerezo. Sor Juana, por su parte, se refiere a la rosa como “caduco ser”. La realidad es un imán y el ser humano es de acero. Una mezcla de acero y hule.

Para quienes no somos creadores de grandes ilusiones y fantasías, la imaginación consiste en relacionar. Relacionar dos ítems lejanos y justos. O como dice Lorca: la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio. Relacionar o simplemente descubrir cosas que se suelen pasar de largo. Ver más. Ver una mantis verde fosforescente en el metro de Santiago.

—¿Me puedes decir qué exactamente haces aquí?

—Lo mismo que tú, Germán, qué pregunta es esa.

Eso contesta el bicho-plegaria o bicho-en-guardia, e intento trazar el camino para ver cómo llegó ese animal maravilloso al tercer subterráneo del metro, la línea 3. Quizás alguien del campo le llevó frutas o flores a su amigo de la ciudad y la mantis aprovechó el viaje de polizón. Así ingresan también las plagas, dice mi fascista interno. Así tendría que colarse el poema en la prosa, infiltrándose. Así tiene que saltar el poema sobre el tren en movimiento del sistema productivo. Pero en este caso no era una plaga, sino una mantis que entablaba un diálogo conmigo.

En otra ocasión, al igual que con la mantis, me quedé mirando a un perro ladrar en una jaula que giraba en una cinta de equipaje en un aeropuerto. Probablemente sus dueños estaban haciendo el papeleo sanitario y al animal se le había ido el efecto de los calmantes que le inyectan para viajar. Estábamos él y yo, solos, porque muchas veces me quedo al final para no salir con la turba. Algo del efecto de los somníferos todavía lo hacía perder la estabilidad, que recuperaba cuando llegaba a mi campo visual y ahí ladraba más fuerte.

—Sácame de aquí, conchetumare.

—Loco, yo na que ver.

La costumbre de relacionar es sana. La de ver imitaciones no lo es. Puestos a observar el mismo fenómeno, quizás algunos de nosotros lleguemos a las mismas imágenes o conclusiones. Huir del lugar común cansa: “The force that through the green fuse drives the flower”; la savia empuja subiendo la rosa.

Sigo mirando a la mantis. Ahora cambia el tono. Noto un tono siniestro, brígido.

—Ya, flaco, no te dis color. La poesía no es más que un crucigrama o un intercambio de estampitas de esas de los álbumes de las olimpíadas en tu infancia.

—Estoy completamente de acuerdo, y te aviso que no me doy color.

—¡Se da color!

—Mira, pasto seco, me detuve porque pensé que podíamos tener un diálogo cortés, civil. Además, qué es eso de andar por la vida con la guardia alta y en posición de combate como chileno medio con complejo de perro apaleado.

—Nos están masacrando, Germán.

—Bueno, por acá no lo hacen mal.

—¿Viste a los pumas que bajan a veces de pura hambre a las casas de La Dehesa?

—Claro, supe de eso. En octubre salió un montón de gente a las calles por temas similares.

El poema está en el cotidiano. Solo hay que ver dónde. Se dice del vino que está en la naturaleza, que el hombre solo lo descubre. Según me dijo un viñatero en el valle de Casablanca, al vino no se le agrega ningún químico, solo se lo guarda con paciencia. No hay intervención. No en el vino como él lo concebía. Se independizó de las viñas grandes e hizo una viña pequeña, Tinta Tinto; es la tendencia, al parecer. Vienen de varios países a visitarlo a su casa en Algarrobo. Él se instaló en la costa, cerca del valle de Casablanca, en donde son famosos los vinos blancos. El pinot noir es un vino —tinto, pero delgado— en que cualquier error mínimo en la producción se nota de inmediato, según me cuenta. Es un vino “acusete”. Como en un poema de amor, los defectos se notan de inmediato. Su pequeña producción se llamaba Tinta Tinto porque se confesaba un escritor frustrado. No, qué feo suena: digamos mejor que prefirió escribir con las uvas pequeñas producciones de un vino único. Único, a todo esto, es el nombre con el que el cantante Luis Miguel bautizó su vino de la viña Ventisquero en Chile. No hay que rastrear mucho para darse cuenta de que el nombre del vino es la manera en que Luis Miguel se ve a sí mismo. Me encantaría haber escrito una letra para él.

Quizás ese principio del vino es también el del poema: el poema está en el habla, en algunos fragmentos del habla cotidiana. Simplemente hay que descubrirlo, en la conversación y hasta en el bombardeo de información y publicidad. Sacarlo de las aulas. Verlo.

Para anular el prejuicio contra estas palabras dotadas de cierta intensidad y extrañeza, ese grupo de palabras que llamamos poema, este debe leerse como si hubiese sido escrito para que le leyéramos rápido y sin trámite a otra persona una noticia del periódico. Sin factor humano. Sin interferencia de la voz, del prestigio autoral. Neutro. Hasta el tono de voz del poeta debe desaparecer para dar paso a esa partitura que se lee en silencio, como cuando el estudiante de música estudia sin producir sonido, pero se toca las yemas estudiando una partitura mientras atiende un negocio de comida para perros.

Sigo conversando con mi amiga ocasional verde fosforescente. Le menciono ese poema de Watanabe en donde hay una mantis quieta y él la toma para ver si el insecto está vivo, pero este se resquebraja y deshace: la hembra mantis succiona los interiores del macho dejando solo la cáscara, y el macho puede quedar en posición de cópula, pero seco:

En el beso

ella desliza una larga lengua tubular hasta el

estómago de él

y por la lengua le gotea una saliva cáustica,

un ácido,

que va licuándole los órganos

A quienes histéricamente huyen de los lugares comunes buscando fórmulas se les nota el esfuerzo, las caras como si estuvieran a punto de cagarse encima. Es algo tan repugnante como Vargas Llosa sudando en una trotadora de un hotel antes de una charla-apoyo a alguna democracia financiera. El arte, el poema, no es cosa de voluntad, hay que tomar aire. Algunos pasan por la vida esquivando lugares comunes hasta que desembocan en el lugar más común de todos: la muerte. Así que, en vez de hacer acrobacias, mejor será intentar traducir los afectos a imágenes, encuadrar sencillo al principio. Miro el insecto, su condición de monstruo, su verdura lumínica.

—Germán. No me digas además que cumplo la función del escape hacia el refugio de lo fantástico. Puedo ser un monstruo de pesadilla o ser solo una mantis.

—Solo una mantis está bien.

No usar mil recursos. No tener alma de ejecutante. Un buen retrato en verso blanco es suficiente a veces. Soy solo una mantis. Una mantis es una mantis es una mantis. En el prólogo a Fervor de Buenos Aires, Borges se disculpa por haber escrito un verso que el lector o cualquier otra persona pudo haber escrito. Si hubiera un archivo con todos los versos escritos en todas las lenguas no tendríamos que traducir. Quizás solo tendríamos que buscar el verso que otro escribió antes. O en otro lugar. “The force that through the green fuse drives the flower”. La savia empuja subiendo la rosa.

El vino está en la natura, el hombre solo lo descubre. Alguien debe haber escrito sobre la mantis en el metro. Alguien debe haber pensado antes que la luna es el espejo del alma, como dice Lugones. Algún poeta en el metro de Nueva York, algún persa, algún chino, alguna adolescente del Liceo 7.

ilustración @raulpizarroartist

https://www.buscalibre.cl/libro-la-mantis-en-el-metro/9789569949838/p/53196154

Última modificación: 20 noviembre, 2021