A partir de desplazamientos físicos, la observación y el visionado de antiguas películas, los poemas de este libro descubren nuevos mundos entre el presente y el pasado, al develar no sólo eventos históricos, memorias personales o su carácter de basural del recuerdo. Los poemas de Germán Carrasco también sugieren aquello que escapa a la causalidad, activando sensaciones espectrales y anacrónicas. Tanto el territorio y el texto poético operan como palimpsestos móviles y el poeta, más que un editor, es quien hace girar un caleidoscopio donde las imágenes –visuales o literarias– reactivan sus efectos y afectos en el ahora.

Los fotogramas de las películas caseras registran hitos de la cotidianidad de las familias de clases acomodadas y dejan fuera de campo otros sujetos y espacios. Carrasco es el transeúnte –que observa y reinventa espacios reales o imaginarios–, el espectador irrespetuoso de imágenes –que no siempre se reproducen en el libro–, pero, sobre todo, es el oyente de un otro marginal que nunca es objeto de la grandilocuencia de una épica. Los espacios, las imágenes y las voces se superponen en la textualidad de los poemas y generan una circulación indecorosa de afectos: nostalgia, rabia, ironía, humor y ternura.

“A contrapelo del monumento, estos poemas no comunican discursos de memoria. Por entre las grietas del metraje encontrado, afloran microhistorias como rumores de seres que podrían habitar este mundo, el del sueño, o el de los muertos. En vez de ocupar el lugar condescendiente del historiador burócrata, el poeta explora lúdicamente la labor del ventrílocuo: desde el centro del estómago emergen susurros de seres y espacios otros. Por eso, quizás, los poemas de este libro pueden ser leídos en voz alta solo si, lejos de todo gesto pretencioso, se asume la acústica de una resonancia baja”. Irene Depetris Chauvin.

foto extraída de Hueders.cl

Última modificación: 4 agosto, 2019