Contrariamente al calco, que siempre vuelve a lo mismo, un mapa tiene múltiples entradas: abierto, desmontable, alterable, se adapta a distintos montajes. Como especie de performance cartográfica, los poemas de “Metraje encontrado” exploran alguna de esas entradas, de esas posibilidades, al sugerir modos de acercarse a las dimensiones del espacio y del tiempo que no buscan aprehender la realidad física de territorios geográficos cerrados sobre si mismos, ni establecer una historia coherente detrás de los múltiplos fragmentos extraídos de viejas cintas familiares compradas en mercados persas.

La memoria no es en “Metraje encontrado” necesariamente una operación de montaje. No hay un ordenamiento de planos en busca de un sentido unívoco sino la invitación a intuir sus potencialidades ocultas. A partir de desplazamientos físicos, la observación y el visionado de esas películas, los poemas descubren nuevos mundos entre los presentes y los pasados al develar no sólo eventos históricos, memorias personales o familiares y su sobrevivencia o su carácter de basural del recuerdo; también sugieren aquello que escapa a la causalidad, activando sensaciones espectrales y anacrónicas. Tanto el territorio y el texto poético operan como palimpsestos móviles y el poeta, más que un editor, es quien hace girar un caleidoscopio donde las imágenes –visuales o literarias— reactivan sus efectos y afectos en el ahora. Antes que evocar o restituir en la descripción la materialidad del objeto contemplado, el poeta chasqui nos invita a revivir un acto de visión, la lectura poética es entregarse a una hipnosis que reactiva los sentidos: la posibilidad de la palabra de producir una experiencia estética, epistémica y afectiva.

Los fotogramas de las películas caseras registran hitos de la cotidianidad de las familias de clases acomodadas y dejan fuera de campo otros sujetos y espacios. Carrasco es el transeúnte –que observa y reinventa espacios reales o imaginarios—, el espectador irrespetuoso de imágenes –que no siempre se reproducen en el libro—, pero, sobre todo, es el oyente de un otro marginal que nunca es objeto de la grandilocuencia de una épica. Los espacios, las imágenes y las voces se superponen en la textualidad de los poemas y generan una circulación indecorosa de afectos: nostalgia, rabia, ironía, humor y ternura. A contrapelo del monumento, los poemas no comunican discursos de memoria, evocan solo sus sensaciones. Por entre las grietas del metraje encontrado, microhistorias afloran como rumores de seres que podrían habitar este mundo, el del sueño, o el de los muertos. Pero, si los poemas dan visibilidad y sonoridad a los silencios y omisiones de los fotogramas, el poeta no toma para sí el lugar condescendiente del historiador burócrata sino que explora lúdicamente la labor del ventrílocuo: desde el centro de su estómago emergen susurros de seres y espacios otros. Por eso, quizás, los poemas de este libro pueden ser leídos en voz alta solo si, lejos de todo gesto pretencioso, se asume la acústica de una resonancia baja.

Irene Depetris

Última modificación: 4 agosto, 2019