Hay un dojo o centro de artes marciales en Larraín con Tobalaba, muy bien administrado por su dueño, Sebastian Van Yurick Rementería. Siempre escogí gimnasios que no fueran de cadena, que suelen tener malas prácticas En muchos gimnasios de cadena hay trainers y profesores de artes marciales extranjeros a los que les pagan muy poco. Una vez conocí a un venezolano que dormía en esas colchonetas para hacer abdominales en los camarines. No era monótono con el tema político, de hecho había sido chavista, decepcionado con Maduro Pero vivía y comía en el gimnasio «No vamos a hablar del tema político», le dije, «pero al parecer los beneficios del sistema chileno no son tantos» Nos reíamos y me decía cosas relativas al comandante Chávez u otras similares mientras me pedía hacer planchas o burpees (llamados así por el fisiólogo Royal H. Burpee, quien los creó en 1939; se comenzaron a usar como prueba física en el ejército durante la década de 1940 de forma incorrecta —la mayor cantidad de burpees por segundo sin considerar la condición de los reclutas; y luego además se utilizaron como castigo—, lo que hizo al fisiólogo replantear el prólogo de su libro) de esas cosas hablábamos con el venezolano, también de los hijos y de qué consola de juego o artefacto electrónico les íbamos a regalar para navidad. El gimnasio tenía todo nuevo, sacos, desinfectantes de manos, dos rings profesionales. Yo pensaba que los años noventa habían pasado de moda, pero me di cuenta de que seguían algunas prácticas de esos tiempos: un día desmantelaron el gimnasio con camiones de una noche para otra y no le pagaron a ningún trabajador ni le devolvieron nada a los alumnos que habían pagado anualidades.

El centro de artes marciales de Larraín es completamente distinto, con un profesor preocupado de todos los detalles y de sus alumnos, «cuide al compañero», decía durante los estresantes sparrings. La especialidad era kick boxing, pero había muay thai, BJJ y box. Luego de sacarse los zapatos, hay a la entrada un casilllero para dejar la mochila, las mudas de ropa, las vendas y guantes. El tatami es impecable y lo desinfectan todas las noches Entre la adrenalina de los sparrings y lo duro del entrenamiento, todos los días, señala él, a la gente se le olvidan cosas en los casilleros. Uno queda tiritando después de los sparrings, luego de eso una ducha caliente es algo glorioso, una verdadera tortilla de benzodiacepinas. Terminada la sesión, él no se hace el menor problema. Así como no se puede andar por ahí perdiendo combates con su grupo de elite, tampoco se puede andar perdiendo cosas por la vida, de manera que junta todas las cosas que los practicantes olvidan, las mete en una bolsa y las tira a la basura, incluso si son de marca Y todos saben y a nadie se le pierde nada.

En ese mismo dojo escuché a uno de los instructores hablar de «dispositivos de transición» en el combate o de «cesura» entre dos o tres combinaciones de golpes. Ese detalle directamente me convenció.Usar esos términos en la disciplina me dejó claro que además de ser profesionales, sabían de lo que hablaban y además tenían pedagogía para explicar algo que no es fácil, porque todos los cuerpos y ritmos son distintos. Y darse golpes requiere conocimiento del cuerpo, respeto, resistencia .

Frente a ese lugar está el canal san Carlos con una ladera de pasto en donde la gente trota y se reúnen algunos mendigos a tomar sol. Un día, mientras yo leía en un banco, uno de ellos encontró en la basura vendas, bucales, cuerdas para saltar y hasta guantes. Uno de los mendigos había practicado artes marciales antes de que el alcohol lo dejara en la calle, al revés de lo que ocurre con mucha gente que precisamente se salva de los excesos practicando esta actividad, conozco muchos casos. Hay también quienes sobrellevan ambos caminos —excesos y deporte—, pero la juventud merma y las facultades del cuerpo declinan. Hasta lutos y depresiones los llevan a practicar. Quiebres amorosos, manías, en fin, muchos terminan en ese lugar. Hay ganadores natos o zorrones, pero en la mayoría se aprecia una fragilidad, una sensibilidad que los llevó ahí. Lo que más hay, me di cuenta una vez, son jóvenes que tuvieron problemas de conducta en el colegio, recetados con ritalín, etc. Los padres prueban todo con sus hijos, les cambian la silla por una bola medicinal para que tengan que entretenerse en el equilibro y así concentrarse en lo que dicen los profesores, eso y cuanta terapia se nos pueda ocurrir hasta que por fin llegan a un juego divertido en donde la motricidad y el cuerpo son importantes.

Como estamos en La Reina, es frecuente oír ciertos nombres de pila: Dominga, Salvador, Paloma, Ivanka, Isidora, Isadora, etc. En el dojo de Independencia los nombres son: Juan, Emmanuel, Johnattan, Mulder, Elías y mucho nombre bíblico que habla de la procedencia evangélica.

Cuando se despedían los últimos soles de abril, yo me sentaba en el banco en la ladera del canal a leer. En una ocasión ocurrió lo siguiente.

Uno de los mendigos vio las cosas en la basura. Desenredó las vendas hechas un bollo, ordenó todo, tomó un bucal y le pidió a otro mendigo un vaso de aguardiente o pisco que toman en latas de cerveza o cocacola a la que les sacan la parte superior con un abrelatas . Zambulló el bucal ahí para esterilizarlo y se lo puso. Lo mismo le hizo hacer a uno de sus compañeros . Luego se puso unos guantes e hizo que los demás homeless se vendaran mientras él usaba los guantes a modo de paragolpes o focos. Les enseñó algunas combinaciones mientras yo estaba al lado fingiendo leer pero no daba más de la impresión, de las ganas de que alguien más viera eso, de que alguien filmara, en fin, reproducir eso sería imposible, una ficción saldría pésima con los mismos actores impostados de siempre y un documental tiene el problema de la cámara que condiciona a los modelos, a los filmados, en fin. Quizás solo quede reproducir la escena según

testimonios y de paso hacer un ejercicio de precisión lingüística y testimonial con la ilusión de reproducir el momento con la mayor fidelidad. Esa esperanza es el cine en esa obra maestra que es After Life de Hirokazu Koreeda.

Uno de ellos dijo «yo no hago esa huevá, yo saco un cuchillo y se acaba el problema». Pero los demás, parecían niños felices que practicaban bajo el sol. Algunos tenían evidentes problemas de coordinación, otros alguna gracia de movimiento . Había algo divertido y angelical y por momentos aparecía el grotesco como en las escenas de mendigos en Viridiana de Buñuel.

La escena me recordó de inmediato a un profesor de castellano que tuve en el liceo. El único profesor que valía algo la pena. Los profesores de matemática no sabían dar ni siquiera un sinónimo de conmutación o una explicación mínima de absolutamente nada. Este hombre sabía de lo que hablaba sin engolamiento y lo quise seguir, pero primero fui a la biblioteca del Instituto Norteamericano de la calle Moneda a preguntar por un libro de métrica. Aún no circulaba The poem’s Heartbeat de Alfred Corn, del que me enteré más tarde a través de una amiga gringa. No iba a preguntar por eso, así que esperé que la encargada me preguntara qué buscaba, cuál era el tema. Métrica. No conocía el término, como tampoco saben mucho los editores de casi todas las editoriales independientes que afloraron como callampas con los fondos del Estado. Alguna vez alguien me corrigió cripsis (capacidad de camuflaje) por crisis o cambian épico por ético, te dicen que la palabra panda no existe (me pasó una vez) y que la capacidad críptica (de camuflaje) no existe, entonces reemplazan capacidad críptica por capacidad crítica .

Cualquierismo total o simplemente aplican el techito colonial del corrector de word. Algunos de ellos deforman y dejan en la morgue de las palabras a la pobre prosa.

Así que decidí proponerle a ese profe que me hiciera una especie de taller extra, por unos pesos. A mi madre le gustaba verme leyendo cosas, revistas culturales del tiempo de los milicos, etc. Mi hermano mayor intentaba que yo leyera Juan Salvador Gaviota o cursilerías de esa índole, pero cuando traía para su propia lectura cosas como Baudelaire, Alcoholes de Apollinaire, Residencia, Eliot, etc, me deslizaba a leer a su pieza en su ausencia, lo que por algún motivo lo hacía enojar. Pero mi madre pensaba que la idea de una clase extra estaba bien y entonces me fomentó el proyecto. En el liceo les hacía los análisis a casi todos mis compañeros de clase Este profesor se daba cuenta de que yo hacía los trabajos ajenos, pero alguna vez triunfé en el arte ninja del camuflaje haciendo travestismo escritural y dispersando un par de datos que él jamás podría asociar conmigo. Por otro de los trabajos me dijo «este es el mejor análisis que le hiciste . Muy buen análisis de la villanela “If I could tell you” de Auden, señorita Roxana Pérez» Me dijo «¿te gusta ella, no?» Bajé la cabeza Y mintió, canchero, «a mí también» Caminamos por el pasillo. «Y también la profe de filosofía», dije. Alguna vez a la profesora de filosofía se le quedó un pañuelo en el escritorio y me preocupé de guardárselo no sin antes olerlo con los ojos cerrados, imaginándola. Ni hablar de esos tiempos, varios alumnos de ese liceo fueron asesinados, por eso insisto en decir que los años noventa no fueron lo mismo para todos y que hay lagunas imperdonables que la misma Concertación se dedicó a ocultar o que directamente ejecutó. Mejor a otra cosa. Lo convencí de que me hiciera una especie de taller o clase extra por unos pesos que le pedí a mi madre, que me pasaba unas bolsas de té Liptón y unas galletas Tritón «para el joven» Vivía en la calle Altamirano, cerca de Vivaceta, en una casona de techos altos en donde hacía frío Entre el Hipódromo y la calle Coronel Alvarado, donde estuvo la imprenta de literatura más importante durante los cincuenta y sesenta.

Tenía esos bloques de concreto con tablas, esa manera de armar los libros era muy común, era como un código de nomadía y espontaneidad. Nunca los encontré prácticos se caían o los libros quedaban apretados y se le salía granito al concreto de los bloques o la arcilla a los ladrillos. Tenía también guantes de box, paragolpes o focos. «Esto es mejor que una estufa, ya te voy a explicar por qué» Luego me di cuenta que era costumbre en muchas personas sacarse el frío haciendo cuerda, jabs, rectos, cruzados y ganchos o hook de izquierda al hígado y gancho de derecha al vaso. Lo hacían solo para calentar el cuerpo, sin pegar fuerte a los focos para no dañarse las muñecas, y sin música. Yo mejoré bastante mi coordinación. De esa manera Andrés Gutiérrez me enseñó los golpes básicos primero para pasar el frío, pero luego me hizo una clase de métrica con guantes y focos Lope, Garcilaso, Sor Juana, Shakespeare, de todos esos agarrábamos algún verso «Mira, Roxana Pérez», me decía, «estos son algunos secretos con la poesía: no engrupirse, tomárselo como un sudoku o un crucigrama; el otro secreto es no dejar que nadie te intimide con el colegio en que estudió, su capital cultural de hijo de exiliado o su biblioteca paterna, que ningún profe universitario ni poeta de peso medio te baje jamás el ánimo. Lo demás es leer y escribir con alegría».

De esa manera comprendí lo que era un iambic pentámeter, que hacíamos con un jab y un recto fuerte. El jab era lo no acentuado y el recto tenía que sonar fuerte porque era el acento. Los detalles —como devolver de inmediato la mano a la guardia— no podían olvidarse porque los detalles hacen el poema

Pentámetro yámbico:
PaPAF paPAF paPAF paPAF pa PAF,
What lips my lips have kissed and where and why (Edna st Vincent)

Y luego
Tetrámetro yámbico:
Your man and dad they fuck you up (Larkin) paPAF paPAF paPAF paPAF

soneto melódico puro:
un soneto me manda a hacer Violante (Lope) un soNEtome MANda hacer vioLANte
tss tss PAF tss tss PAF tss tss tss PAF tss

Los golpes a los focos eran los acentos y los esquives a izquierda y derecha representaban los espacios no acentuados del poema emitiendo el sondo tss .Ejemplo:

Amago de la humana arquitectura (sor Juana) Tss PAF tss tss tss PAF tss tss tss PAF tss

El siguiente es un sáfico puro según la tabla de Andrés Bello:

Dulce vecino de la verde selva (Villegas)
tsss tss tss PAF tss tss tss PAF tss PAF tss
tss: movimientos de cintura con la guardia
PAF: golpes al paragolpe (o foco o guante de foco)

Los golpes en el foco o paragolpes eran el acento y las partes no acentuadas o los casilleros en blanco eran movimientos de cintura acompañados de un sonido con la boca. Un sonido africado alveolar sordo, tsss tss. Me acordé nítido de él y recordé a la profesora de filosofía rubia, crespa, de nariz grande y no muy alta, con jeans ceñidos y botas de cuero negras apretadas con la que eternamente me mataba a pajas obvio que se sabía deseada y se daba cuenta que dos varones del curso competíamos con los ensayos para impresionarla, un amigo y yo. No era una belleza exactamente convencional . Entregaba conceptos de filosofía y debíamos redactar ensayos. Competíamos por su mirada, su aprobación, su sonrisa. A puro ensayo. Y a pura paja luego en casa.

Cuando me acostumbraba al método, me lo cambiaba. Me enseñaba también otras maneras de aprender métrica, motricidad y combinaciones. Una era con números (jab: 1 recto: 2 cruzado de izquierda: 3 etc ) Entonces dictaba:

U-no-Dos-LoW izquiErD (7 sílabas, acento en 1,3 y 7)
o simplemente menorizando por el sonido y los acentos las secuencias:

JAB- rEC-to-rECto-CrUzo-CrUzo Upper- Upper LoW rECto MIDkick- rECto CrUzo-tss- CrUzo-MIDkick

Las mayúsculas son las acentuadas y las no acentuadas van en minúsculas. La gracia en este caso era aprenderse la secuencia como un poema en otro idioma Es Pound quien recomienda aprender poemas en otro idioma sin entender qué dicen para ver solamente donde caen los golpes acentuales Aunque no relacionó la métrica con el box, hay que agregar un dato importante: Pound boxeaba con Hemingway.

Los espacios no acentuados van en minúsculas, los espacios no acentuados muchas veces se hacen con un esquive pronunciando un sonido similar a ¡tss!

Una vez me hizo meditar y luego cuando estaba concentrándome leyó completo Primero sueño de sor Juana. En otra ocasión subimos unos cerros Yo no tenía calzado adecuado para eso. Él tampoco. Tenía unos zapatos de seguridad que en ese tiempo no eran como ahora, sino duros como la cabeza de un editor de diario chileno «Hay que leer prensa argentina, Roxana», me decía o «anda al Norteamericano o al Británico y lee prensa de esos países» En ese tiempo no había internet y los institutos extranjeros parchaban las necesidades culturales a la vez que eran a abiertos focos de resistencia contra los milicos.

Me acordé de todo eso, pero especialmente de Roxana Pérez y de la profe de filosofía cerrando los ojos como un jubilado bajo los últimos soles de abril y sintiendo u observando de reojo a los mendigos que jugaban como niños en la ladera del canal san Carlos en un día hermoso, no una mañana fría como las que el profesor de métrica calefaccionaba con su particular estilo.

La gente de los autos miraba y les gritaba cosas, «buena, Van Damme, ¡vamos, vamos!» Y hasta la bocina les tocaban con alegría a los homeless-boxers quienes pasaban por ahí .

https://www.buscalibre.cl/libro-prestar-ropa/9789566058083/p/53225436

Última modificación: 8 diciembre, 2021