En los noventa nos dio por el jazz, entre otras cuestiones, y como yo vendía cosas en el persa y el Chico Figueroa trabajaba de chispita o medidor del estado de la luz, cada vez que había dinero había cds nuevos y cervezas importadas. De esa manera, nos amanecíamos escuchando Christopher Hollyday o Branford, por ejemplo, y luego leíamos nuestras cosas.

Pero al otro día él tenía que irse al trabajo y yo a la Facultad de Filosofía, así que nos despertábamos y él ponía «Eye of The Tiger», y con eso nos duchábamos y hacíamos boxeo frente al espejo para afrontar el día y salíamos a la realidad casi sin haber dormido y de comer ni hablar. Nuestro oído llegó a niveles tales de afinación que distinguíamos cada solo, cada trompetista similar a su imitador En una ocasión, en un invierno, se dibujó el rostro de Miles Davis con esas gafas oscuras en una ventana. Nos asustamos, pensamos que estaba penando Había otra gente presente que puede dar fe de esa aparición Dirán que uno ve lo que quiere ver o que uno llama a las imágenes, pero como quiera que sea, se apareció el rostro de Miles Davis dibujado en la ventana con el calor interior de la casa. Pero lo que recuerdo de esos carretes eternos escuchando a Ornette Coleman y hablando de música y leyendo cosas, es que había un amigo del Chico, un chascón de barrio, pero re lúcido. Y lo que hacía él era analizar e ironizar la alta cultura. Una vez vimos un documental de Octavio Paz, y el Chewbacca, que ese era el apodo de nuestro amigo thrasher, hacía una versión exagerada de Paz mientras los demás se desternillaban de risa «Vivo en una casa que no es una casa. En una realidad que no es una realidad . Me fumo un pito que no es un pito…» Un poco coincidía con todo porque teníamos novias que no eran novias, trabajos que no eran trabajos y en definitiva: vidas que no eran vidas Le cantaban de vuelta, parafraseando el tema pop: Maldito Chewbacca, maldito latino, inmundo chileno, peruano, argentino.

Y luego nosotros leyendo poesía, haciéndole un zapping a una ruma de libros de poesía, un zapping muy parecido al que hacían Beavis y Butthead con las bandas de rock Leíamos un par de versos y los enviábamos de inmediato al acantilado, o al contrario, decíamos: «acá le pone bueno», «acá se nota que está enamorado», «esta es una mierda, un sampleo parriano, pasemos a otra cosa» o, al estilo del gran Chewbacca, comenzábamos a ironizar el poema, a cambiarle partes. Puro hueveo, pero aun así le encontrábamos el sabor y recorríamos la literatura chilena Claro que leíamos con seriedad lo que nos gustaba, La visión comunicable de Rosamel del Valle, por ejemplo, Distancias u Ova completa de Susana Thénon, Rilke, Eliot, Auden, etc, pero había una manera en que pasábamos revista a todo muertos de la risa. A veces no había dinero y recolectábamos las botellas vacías de la casa para comprar unas cervezas, y una vez pensamos ir a «Cuánto Vale el show» con narices de payaso, hasta ensayamos en esa casa en donde el Chico vivía solo, pero por supuesto no lo hicimos debido a que un poeta que no nos gustaba nada de nada ya lo había hecho con anterioridad. Hacía frío a veces. Pienso ahora que ese esquema de análisis de los poemas habría servido para un programa de radio o para dos perso- najes, como Bouvard y Pécuchet, algo por el estilo.

Última modificación: 17 diciembre, 2021