PUMAS EN LA ALAMEDA (Poesía, Germán Carrasco, 2020, Libros Tadeys, Santiago, 84 páginas)

Durante el apogeo de la pandemia, cuando el relato de la prensa era reforzado con gráficos y cifras, día a día, en todos los medios, cuando se luchaba por el acaparamiento del confort y el alcohol gel en el comercio, al mismo tiempo que el ministro de salud se erigía en una especie de médico de pesadilla-cabecera nacional, se comenzaron a avistar animales en las ciudades, de esos que llamamos salvajes: jabalíes en Osorno, cisnes de cuello negro en canales de regadío, delfines saltando frente a las playas de Reñaca, y como no: pumas. Pumas en Futalefú, en un patio de Molina, pumas en Las Condes, hambrientos y asustados, fotografiados por nanas desde las ventanas de las cocinas de sus patronas, saltando desde los jardines casa-y-decoración a los potreros que colindan con cerros y rutas de trekking, también abandonadas.

En este libro de Germán Carrasco, los pumas tratan de mantener su orgullo salvaje antes de ser convertidos en gatas de chalet o eunucos de departamento. Los pumas que aparecen en este libro tienen dotes del salvajismo, son fieros para la sobrevivencia, venden agua mineral en los carros del metro, son garzonas y garzones en locales rancios, tratan de dominar la mente en una ciudad de velocidad vacía, de inercia mecánica, de sobrevivencia, repiten el mantra: Camina como hiphopero, respira como monje, y tratan de pasar piola, al otro extremo del autobombo que tanta vergüenza ajena derrocha por redes.

Un libro odioso, comienza diciendo el mismo autor en el inicio, y los enemigos saltan a la vista: aseguradxs (este me lo pones en inclusivo, Ger (Pág.78)), académicxs a mil metros de la superficie terrestre, las nuevas vacas sagradas de la literatura (animitas en este caso), el cuiquerío prepotente que considera el campo cultural su parcela de agrado. Los enemigos. Pero como en toda guerra —como en esta que es estética—, también están los aliados: la gente piola que no se sube al carro de la victoria, quienes le hacen el quite al estereotipo. Por ahí aparece la primera dialéctica de este libro, el contrapunto de lo piola y lo alumbrado: El rumor y el susurro son cripsis, intentan confundirse con el viento. Son áfonos. Son poéticas que aspiran al silencio. El aposematismo es de colores vivos, como un pavo real. Barroco (Pág. 15). Hay dos modos entonces, al menos, de entender la escritura, el silencio Vs lo barroco, en una época que predomina el grito, según la mirada del libro.

La diatriba contra la academia también está presente, pero ya no es la misma de antes, cuando se la acusaba de bizantina, o de ocultar la información para mantener la distancia, o de generar un lenguaje de burbuja, la crítica de Carrasco apunta al uso de la clasificación como preludio para convertirse en mercancía, por eso en estas páginas, a la manera de un entrenador de barrio, el hablante azuza a los lectores para mantenerse vivos en medio de esa corriente que todo lo normaliza, o pretende hacerlo: Sus artes han esquivado todos los tackleos. / y no los han podido bajar. Vamos, sonrían / y a echarle. El pique es largo (pág. 29). Academia se dice, en general, pero se podría precisar: estudios culturales, élites de la información, universidades privadas, y gente aspiracional allí, la eterna oligarquía, diciendo qué es lo válido, qué la lleva, quién sí, quién no, con un autoritarismo apenas camuflado de amor universal y corrección política, como en la prosa que describe jocosamente un congreso de literatura en la Estación Mapocho, un coloquio sobre minorías que son la mercadería.

Dice Germán interpelando a cierto tipo de estudios: La ciencia clasifica a la natura / -clase, sub clase, especie, subespecie, etc- / para dominarla y destruirla / y lo mismo hacen Uds. (Pág. 13). Un negocio en función del uso y desecho de la mercancía, entonces no transformarse en abarrote, salirse del estereotipo, arrancar de la chapa, son los mantras, como su imagen de manguerear la vereda, refrescar el aire viciado del medio cultural, es uno de los pilares de este libro.

Las tensiones sociales se apoderan de muchas páginas, la contingencia, los usos y abusos del poder: La peste fue una campana / que salvó al poder replegado / en alianzas de última hora. / Su alimento: el pánico. / Su arma: expandirlo (Pág. 20). Los y las jóvenes de la revuelta —muchos aún presos—, son entonces también los pumas que se desplazan por la Alameda y generan vínculos, se cuidan, hacen contactos, no quieren ir a parar al zoológico de la normalidad y salen del plano de un salto, desaparecen, se van al silencio, la cripsis, sobreviven, no quieren aparecer en la postal, respiran.

Discrepar en Chile es más grave de lo que podría ser, los mecanismos de la retórica parecieran olvidarse de enriquecer una idea comunitaria. El lugar común y la normalización, se imponen a empujones. Si no estamos de acuerdo es porque: no entiendo nada, soy tonto, momio, colonial, absurdo, indio, maricón, zurdo, facho, lacra, macho, nazi, basura, feminazi, humanoide, alienígena, delincuente. Algún tipo de elemento, del cual la sociedad (y la cultura) debiera limpiarse. Cosas así no son difíciles de leer en el ánimo de la época. Pareciera ser que cuando el poder determina el lenguaje de la normalidad, la intolerancia es parte del trámite. El límite que impone la intolerancia al debate, parece una cuña en medio de la política y de la vida cotidiana en el país. La lucha individual por la razón, por tomar las determinaciones y administrar los recursos del resto, pareciera ser más importante que los objetivos de una comunidad. En ese panorama, político-subjetivo, la poesía puede desformatear los discursos, operar como un virus —perdón lo manido de la imagen— que mute y genere nuevos puntos de acuerdo y/o desacuerdo. Desarticular, para poner en duda los discursos prefabricados que se lanzan a la vida social del laboratorio Chile, podría ser, una de las cualidades de cierta poesía. Este libro de pumas y perseguidores, lo leo en esa clave.

Estos poemas están situados: en un territorio / en donde la institución y los formatos / son adorados como dioses (Pág. 80).Frente a ese formateo general de la realidad por el modelo económico, que llega hasta los últimos ramales de la vida social y cultural, el hablante sucumbe sin heroísmo en las leyes de la época: Da cosa escribir en primera persona / pero la lleva. Es todo tan obvio. / Luego de la muerte del autor / inviable debido al tamaño de los egos, / la onda es la primera persona, / el diario íntimo, las cartas, esas cosas. / Pero todo es, como sabemos, impostura (Pág. 43). Así, tomando la lección de Pessoa (el poeta es un fingidor) se desplaza opinando, a la vez que cuestionando las jerarquías: Quienes constituyen el canon, o sea los padres / eran un montón de conchas de su madre. / No hay razón para afear más el mundo / Lean a Couve, y a Donoso: un no rotundo (Pág. 63). Esas invitaciones a abandonar la gravedad son frecuentes, parece recordarnos que el humor sigue siendo una posibilidad en una atmósfera de ajusticiamiento y cancelación, Germán prefiere “ensuciar el poema” de usos coloquiales, de signos, transformar las muletillas en modos rítmicos, sumar la anécdota, se sitúa por momentos cerca de la crónica cultural, remueve los carbones de la metapoética, se mueve en sus canchas y se nota cómodo como un hiphopero en una placita de pobla, tirando versos sobre la sobrevivencia y la repre.

En este libro la lucha de clases sigue viva, en cuanto sigue determinando las posibilidades a la que puede aspirar una persona, dependiendo de donde nació y/o de los vínculos que cultiva. En la trilogía de poemas titulados respectivamente: De ustedes no dirán, De ustedes dirán, Dado lo anterior, perfila un tipo de poema (asimilables también a persona) que no se ubica en los modos de consagración social, y que funcionan como una especie de ética en cuanto búsqueda del dominio de la percepción, donde se podría leer entre líneas un tipo de espiritualidad, en cuanto enfrentar los conflictos de la existencia en medio de la complejidad, una espiritualidad de ritos callejeros, al estilo del budista chino P’ang Yun (740-808), para quien los poderes sobrenaturales y actos maravillosos son del tipo sacar agua y transportar leña. Esa actitud que consiste en intentar estar despiertos al presente y despojarse de las ilusiones, que en el mundo de la cultura suelen ser muchas veces el objetivo.

De las diatribas versus el cosmos aspiracional ya hablamos, en este párrafo me gustaría abordar el otro lado de la lucha, los elementos del mundo popular que se enuncian y describen, los retratos que abundan en el libro, como las garzonas y garzones ya mencionados, vendedores callejeros, amistades (Chinoy, Víctor López, Andru, Ezequiel Zeidenwerg), entre ellos me gustaría destacar el retrato de un maestro yesero en que lo presenta como si fuera un artista a su modo: un maestro yesero / debe ser rápido / con la espátula y el platacho / porque el yeso se fragua y seca / muy rápido y se puede perder / mezcla, o sea tiempo y dinero. / Son veloces, y cuando emparejan / la loza del cielorraso / con varas de madera / parecen danzar o hacer / alguna especie de asana, / taichi o tarantela (Pág. 45). Un obrero de Hong Kong aparece en el final de un poema, una existencia ajena, inimaginable, la otredad extrema, una cifra cuyo pensamiento en el campo cultural no inquieta a nuestra galucha nacional tratando de levantar y bajar animitas con las estrategias de Maquiavelo. Fijar ahí la atención, lejos del heroísmo neoliberal que exige mitos individuales, aunque sean virtuales.

Volvamos a los pumas y la memoria personal.

Dos veces he sabido directamente de pumas. Una vez vi huellas en la nieve, en un sector de montaña llamado Piedras Blancas, era septiembre y dolía ver el sol llenando el azul del aire y el blanco del hielo hacía lagrimear. Impresiona esa marca de gato gigante cerca de un barranco, logra que el neanderthal que nos habita en un rincón, agudice el olfato y se le erice la piel. La otra vez fue de mochilero adolescente, dormí en una caseta de madera que dejó la construcción de la carretera austral. A medianoche me despertó un gruñido rondando el lugar, y me quedé hasta el alba escuchando mis propios latidos en la garganta. Pudo ser otro animal pero dejémoslo en que es mi puma personal. Solo dos veces entonces, por la huella y el gruñido.

La tercera anécdota de pumas se remonta a cuando viví un par de temporadas en unos blocks poblacionales entre La Pintana y La Florida, mi vecino era un tatita delgado que oficiaba de pintor de brocha gorda, pasaba de vez en cuando en las noches, de vuelta a su departamento que compartía con hijos y la familia de sus hijos, todo esto en dos dormitorios. Le gustaba quedarse conversando en la puerta donde hacíamos payas urbanas y tomábamos vino en caja, envases galácticos de aquella época. Parlamentando me contó que era peñi, y que cuando huaina caminaba una noche por un sendero cerca del río Budi, antes del terremoto del 60 y empezó a oír un puma seguirlo ¿qué hizo? comenzó a golpear la vegetación con su bastón de coligue y a gritar, tal cual le habían dicho que hiciera en un caso así, el resultado era que estaba vivo para contarlo.

Muchas veces, andando por senderos de cerro, o durmiendo por ahí al descampado, se me venía el recuerdo de esa historia y me gustaba la idea de ver al puma, lejos del celo de quien cuida sus animales domésticos, verlo soberano en medio de lo que vamos dejando de mundo. Ese tatita, obrero pintor, se parece también un poco al maestro yesero que menciona Carrasco, o a ese obrero de una ciudad lejana, de la que no sabes nada. Dime qué piensa el obrero que sube / la antena de la torre más alta / de Hong Kong (Pág. 63), se pregunta en el poema Germán.

A ver si entre toda esa basura que deja la obsesión por la personalidad, hay un espacio para vivir un presente que se pueda caminar usando palabras que fluyan sin tropiezo de imposturas, más allá de la histeria de una época en que el individuo da sus coletazos de merluza atrapada en una red, o si se quiere, de puma que huye de sus “salvadores”, regresando al anonimato donde está, o puede llegar a estar, la plenitud de la percepción.

Felipe Moncada Talca, 30 noviembre 2020

Felipe Moncada Mijic, Quellón, 1973. Ha publicado los libros de poesía: Irreal (Ediciones El Brazo de Cervantes, Santiago, 2003); Carta de Navegación (Imprenta Almendral, San Felipe, 2006); Río Babel (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2007); Músico de la Corte (Ediciones Fuga, Valparaíso, 2008). Salones (Manual Ediciones, Rancagua, 2009). Mimus (Edición del autor, Valparaíso, 2012). Silvestre (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2015); Migratorio (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2018). En el género ensayo ha publicado Territorios Invisibles (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2015).

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Última modificación: 2 diciembre, 2020