En un balneario del litoral central en la época en que estaban apareciendo los primeros edificios de departamentos para democratización de una clase en ascenso y desgracia de una clase en descenso, había un sol radiante y con algo de brisa, no una canícula achicharrante sino un sol menos obsesivo, con brisa, de esos que la gente se siente afortunada de coincidir. Había poca gente.

En la caleta de pescadores había una niñita rubia viendo cómo un pescador limpiaba una lisa.

La lisa es un pez de escamas generosas. Ella miraba la escena con fascinación casi hipnótica mientras saltaban las escamas transparentes bajo el sol, y el pescador le decía “con esto en mi época los niños hacían collares” mientras con un cuchillo enorme, filoso, destellante, le daba otra repasada a la lisa y saltaba otra oleada de escamas relucientes. Ella estaba en su propio mundo, inmersa en una escena espectacular y única que iba a quedar grabada en su memoria de forma indeleble. O quizás quedaría oculta en su memoria como algo en potencia, operante.

No dependía de nadie cercano para tener ese recuerdo, excepto del pescador y faenador que parecía, él mismo, un pez. Todo tenía olor a brisa marina, a mariscos, a pescados frescos o en descomposición. A sus nueve años no se le habría ni siquiera pasado por la cabeza sacar un celular para hacer un registro de la situación.

Estaba en un presente puro.

Sus papás estaban asustados, nerviosos, a punto de llevársela de un tirón. Gente temerosa, ignorante y conservadora, el tipo de personas que se endeuda y habla sólo de dinero, que encuentra olores en todas partes y en cuyas casas jamás hay un cuchillo afilado porque le temen a todo y disfrutan decir que no a cualquier cosa.

Estaban a punto de jalarla de un brazo y llevársela bruscamente, no sabían cómo reaccionar ante la niña felizmente hipnotizada y sin ningún asco a olores, asintiendo medio automática a su amigo ocasional que le hablaba mientras blandía un cuchillo enorme y sacaba de un raspón una lluvia de escamas que parecían diamantes, pero también sacaba huevos, o cortaba una cabeza con un golpe limpio y certero. Ella se veía feliz, sonriendo a veces boquiabierta, abriendo los ojos, aquietando el corazón para no perderse ningún detalle.

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Última modificación: 29 febrero, 2020