Inmóvil y visible como una gran desgracia
Neruda

Voy en el auto de un amigo que se estaciona en el centro y me cuenta que alguien dejó un auto abandonado hace veinte años en ese estacionamiento. No existe una necesidad real de sacarlo porque siempre hay espacio para otros autos o porque no se han molestado en gastar en una camioneta con grúa, pero además hay que hacer un trámite legal y dar aviso a los dueños que desaparecieron sin dejar rastro. De las personas que están a cargo de ese estacionamiento en forma de edificio de caracol en pleno centro de Santiago, todos ponen caras raras cuando uno les pregunta por el auto. Hasta que finalmente y con algo de maña uno les puede sacar cierta información: dicen que se fueron del país, dicen que ese auto tiene una historia trágica, otro dice que no, que todo lo contrario, que la dueña de ese auto se enamoró de un extranjero y la cosa fue tan fulminante que se mandó cambiar a Europa sin que le importara nada. Ni un par de calzones extra dicen que se llevó, me cuenta el cuidador haciéndose el vivo. Uno no sabe, dice otro, quizás huyeron por deudas o por amor o algo así. Los escucho y trato de sacarles un apellido, pero no me quieren dar el nombre de la dueña del auto. Pienso por un momento en llamar y preguntarle a una amiga poeta y policía de la PDI qué puedo hacer, tal vez ella pueda recomendarme cómo conseguir el nombre y saber cuál de las historias que cuentan los encargados del estacionamiento es cierta.
Por superstición, nadie ha querido tocar ese auto supuestamente cargado, y por eso está cubierto de polvo. El único que debe haberlo tocado en años debo haber sido yo. Con un pañuelo desechable limpié un poco la ventana para ver qué había adentro, tratar de imaginar qué recuerdos tan especiales eran los que habitaban fantasmales los asientos de ese auto, qué paseos fuera de Santiago con la esposa o la familia y el cooler color naranja con sándwiches, cocacolas y cervezas frías que tomaron en algún lugar en las afueras junto al aire limpio, arrebatador y afrodisíaco de la natura, qué traslados al hospital o la clínica con la mujer gritando las alegrías de las contracciones, qué encuentros sexuales del hijo o la hija tuvieron lugar ahí. Llamo a un amigo fotógrafo para que haga un registro de este auto con esa cámara fotográfica que parece un bazooka. No lo encuentro. Creo que estos edificios caracol de estacionamientos son una versión del Guggenheim, y el auto es una instalación. O quizás alguien hizo todo este montaje para medir las reacciones de la gente que se queda mirando este auto como si fuera propio, como yo. Miro alrededor por si hay alguna cámara escondida. Yo no manejo, pero le digo a mi amigo que se detenga porque quiero bajarme y contemplar otra vez este auto.

Última modificación: 13 abril, 2019