En un poema político sobre los años sesenta llamado “In memoriam”, el poeta peruano Antonio Cisneros escribe el siguiente verso “hay un animal noble y hermoso rodeado de ballestas”. Imaginé un animal hermoso zafando de los ataques camuflada en los árboles y la noche, porque la wiña es cazadora nocturna, y una de las subespecies, la Wiña Melania es negra. La especie más común es manchada, un leopardo pequeño. Sus hábitos solitarios, su cacería nocturna, su sigilosidad, la ternura de sus ojos un poco más juntos que el resto de los otros felinos provoca una simpatía inmediata: es muy similar a un gato doméstico, especialmente cuando los gatos domésticos sienten el peligro y agrandan su aspecto activando su pelaje. Habitan, cazan y se camuflan entre los árboles, como monos o ninjas y están en peligro de extinción debido a la desaparición de los árboles y de su fuente de alimentos: roedores, perdices, marsupiales. Los animales pequeños siempre me han llamado la atención quizás porque en la poética nacional abunda el delirio de grandeza: el tamaño de los libros, el tamaño de la letra de los libros. El personaje tipo Superman que es Altazor siempre me pareció ridículo, al igual que toda esa cosa inmensista de portaviones, cordilleras y aviones. Lo más fácil sería hablar de complejo de inferioridad. Pero los aviones –la máquina, la tecnología– que fascinó a las vanguardias históricas y a algunos afiebrados actuales no trae ningún buen recuerdo: hagan memoria, piensen en el uso de los aviones en el Cono Sur. Cuando uno lleva a un niño a ver la inmensidad de la cordillera, este se queda inspeccionando semillas y piedras de colores inéditos aunque tenga el Plomo o el Aconcagua Nevado como un gigante a su lado.

En una ocasión vino una poeta española a Chile y se quedó muy impresionada con el pudú, el cérvido más pequeño que existe. El colibrí de Arica (Eulidia yarrellii) es también el ave más pequeña de Chile, 70-90 mm. Y está este leopardo enano, la wiña (leopardus guigna) que a veces los montañistas y caminantes tienen la infinita suerte de ver. Mistral escribe en “Menos cóndor y más huemul” lo siguiente sobre otro cérvido, enorme: “El huemul tiene parentesco con la gacela, lo cual es estar emparentado con lo perfecto. Su fuerza está en su agilidad. Lo defiende la finura de sus sentidos: el oído delicado, el ojo de agua atenta, el olfato agudo. Él, como los ciervos, se salva a menudo sin combate, con la inteligencia, que se le vuelve un poder inefable. Delgado y palpitante su hocico, la mirada verdosa de recoger el bosque circundante; el cuello del dibujo más puro, los costados movidos de aliento, la pezuña dura, como de plata. En él se olvida la bestia, porque llega a parecer un motivo floral. Vive en la luz verde de los matorrales y tiene algo de la luz en su rapidez de flecha”. Y tomaría el testimonio o testigo –esa barra cilíndrica que se utiliza en las carreras de relevo o postas. Tiene una longitud de 30 centímetros, un diámetro de 12 milímetros y un peso mínimo de 50 gramos– de Gabriela Mistral e iría más lejos.

Diría incluso:

Menos huemul, más pudú.

Menos inmensismo y más motricidad fina. Menos carpetazos y más susurros. Menos megáfono y más rumor. Menos poeta único menos. Menos poeta y más poemas, de quien sean.

Desdictadurizarse.

Eso no les haría mal a algunos histéricos.

No derrochen su energía.

Hay que racionar el agua para que alcance para todos.

Hasta con la voz alta dejé de tener tolerancia y comencé a usar tapones de espuma, excepto en ciertos lugares en donde hay aves canoras. Lo de la voz alta lamentablemente me pasa también con el teatro. He hecho varios intentos y los sigo haciendo. Voy a ver las obras de Manuela Infante, las que me datean. Persisto. Pero no hay caso, me pasa lo que a los niños con los payasos: se asustan de manera irracional y huyen despavoridos como ciervos, como pudúes asustados o como esos leopardos enanos, extremadamente elusivos y paranoicos, las wiñas, que algunos montañistas o arrieros a veces tienen la infinita suerte de ver. Y que algún fotógrafo también camuflado en la natura y con largos momentos de meditación, logra fotografiar. Respecto al teatro, traduje una obra de Shakespeare que quizás re-traduciría y leí un par de autores. A Wolf te lo hacían leer en el colegio, Los invasores. Wolf calculaba bien, sabía lo que se venía, que venía una asolada, sentía el famoso olor a combos del que se habla en lengua de calle, váyanse tranqui, no tanto viva la pepa, que la oligarquía no está contenta y puede avecinarse una paliza. Hubo ingenuidad y muchos que azuzaron no hicieron mea culpa considerando que el pato lo pagan los de siempre, que los que tienen que pelear son otros mientras ellos estaban en París. Un gran error de la voz alta, de la cultura del discurso a estadio lleno, del megáfono que trae sólo problemas. Me pasa eso con el teatro, una especie de fobia. Pero encontré consuelo en la oscuridad del cinematógrafo. Abracé eso y dejé las artes dramáticas para otra vuelta, para otra dolorosa re-encarnación. Porque no se puede con todo. No alcanza.

Veamos:

la wiña cruza

como una flecha

el follaje

Hay gente que se opone con tenacidad a la escritura de haykúes en Occidente o sea no creen en el trasplante como los que se oponen al trasplante de órganos, wiña en mapudungun significa: cambio de morada. ¿Por eso la gente por acá desconfía de todo el que migra? Todos son considerados algo así como vagabundos de hostal. Si hay una cualidad interesante que debería identificar a este territorio que habitamos es su capacidad receptiva. He estado en hostales repletos de maleantes: lo que los argentinos llaman aguantaderos o bancaderos. El café o bar de descanso de los delincuentes. Ahí comen, descansan, y salen de nuevo a la calle. Pero algunas hostales son mezcla de guantaderos y de manicomios a cielo abierto. Yo suelo dormir con la billetera dentro del bóxer, el dinero al lado del sexo, un clásico, hay hasta poemas sobre eso. Bancadero se denomina también un centro de psicólogos en Abasto.

El hecho es que la mala fama de la palabra wiña termina con la cuasi extinción de ese animal bello.

La mala fama de una palabra casi termina con una especie. Pero eso también pasa al revés. Hay que cambiar la reputación de ciertas palabras o instalar ciertas palabras para que una especie no se extinga.

También ocurre el siguiente problema. La clase media y el mundo ilustrado las emprendían contra los campesinos inculpándolos y tratándolos de fachos pobres, machistas, alcohólicos, paletos que votan por la ultraderecha. Pero los campesinos mataban a las wiñas para cuidar los gallineros que los sustentaban. De otra manera, no comían. También, en una mezcla de desesperación económica, avivada e ignorancia, no faltó el cazador come conejos que vendió wiñas como mascotas, resultando de esto niños gravemente heridos. La palabra wiña terminó significando: MALEANTE por la velocidad y audacia del robo que las wiñas a su vez hacían cuando extinguieron a sus presas originales: roedores, marsupiales y el temible ratón de cola larga. El 5% de la población de estos ratones transmite Hantavirus, el otro 95% dispersa semillas, mata insectos, oxigena la tierra y mantiene una vida de ciudadano medio, pero el 100% de esos ratones viven en un justificado pánico (“Hay que matarlos a todos”. ¿Cuántas veces escuchamos esa frase?).

Hay algo loable, sagrado y subversivo en quienes logran cambiar la reputación de las palabras, lavarlas del prejuicio o darle nuevos usos. O sacarlas del destierro y ponerlas en circulación. Porque hay demasiados prejuicios. Pero se puede empezar por algo: por ejemplo, devolver a la palabra wiña su significado original: la que cambia de morada, la que se muda.

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Última modificación: 1 marzo, 2020